Ileana Álvarez: La travesía




Fuente de la foto: 14ymedio




(Prólogo a Volver de Magali Alabau publicado por Ediciones Betania, Madrid, 2012.)

Los mundos dramáticos que Magali Alabau(2), (Cienfuegos, 1945) ha construido a lo largo de su creación poética alcanzan en Volver una máxima expresión. Cuando ha llegado al clímax, quizás sólo le queda, entonces, este juego peligroso del retorno, un viaje que es en sí una forma de retomar su pasado y, por tanto, afirmarse. Que toda separación elabora un enlace, parece demostrarlo aquí, como lo ha afirmado Simone Weil —Every separation is a link—, incluso cuando esto implique tratar de comunicarse a través de un muro infinito de contradicciones, recuerdos y miedos, profundas batallas; incluso cuando deba superar oscuros abismos que laten en la memoria, pues siempre trascenderá con sus signos el interés de encontrar o producir ese necesario enlace hacia adelante, configurar un nuevo peldaño.


El yo y el otro, el doble que habita como antagonista, complemento y sostén, parece ser una obsesión en la poesía de Magali Alabau. Ya aparecía como centro temático de su anterior libro, Dos mujeres, en múltiples gradaciones, y aquí no le abandona. Aunque esta vez muestra nuevas texturas, arribando a vértices metafísicos. Todo libro es de alguna forma para su autor un libro necesario, pero los hay que lo son más. Cuando ha cumplido un largo trayecto vital y creativo, la poeta cubana hace reverberar la niebla de la palabra para ofrecer un poemario imprescindible en la conservación de su integridad, luego de experimentar la herida del destierro. Dice: «Ahora ya soy / la exiliada del mundo», y esto inevitablemente nos hace recordar versos de Raúl Hernández Novás y en especial la definición dada a aquella mujer ideal, Gelsomina, personaje de la película La Strada de Fellini, llamada por él «la exiliada del mundo». ¿Pura coincidencia? Vasos comunicantes que tienen el denominador común de un cerco social, exactamente un disparo, auntoinfligido en el caso de Novás. Tal vez no sea más que otra forma de aflorar el signo de un destino manifiesto, el de un momento de la cultura y la historia, pero también el de un pueblo específico, pues el problema del exilio, además de inscribirse en la naturaleza insular de la tragedia de Cuba, cuando en este país se ha cebado en generaciones arrasadas por el conflicto de la revolución, es en última instancia esencialmente una condición espiritual que compete a la poesía universal. No de otra forma puede sublimarse grosso modo esta tragedia particular, la de una persona, la de un pueblo como el cubano, hasta hacerse metáfora comprensible a los ojos de un lector desprejuiciado, libre de ataduras temporales, como una relectura de un relato cosmogónico o un misterio órfico, el del constante renacimiento que alcanza la iluminación desde las cenizas.


A darle cuerpo a esta gramática de los sentimientos se va a dedicar la poesía de Magali, que viene de regreso desde lo general y más abstracto, desde los grandes dilemas humanos —asimilados por su lectura de los textos clásicos y por su formación teatral—, al dilema cotidiano, al extracto de la vida que significan las minucias, el poso del café y las sobras del diario existir; vestigios que pueden quedar apenas para representar el mayor escenario al que un individuo haya pertenecido. Su poesía, lejos de apocarse, gana en fineza y poder de sugestión, en la medida que la voz de un estro trágico se va transparentando con las resonancias y los ruidos que traen los días, la cotidianidad más simple, hasta sentir hablar a una mujer, verla habitar el texto alambicado hasta el puro hueso con la fuerza dramática de quien escoge lo auténtico indispensable para poner orden en el caos de la neurosis de la modernidad, y expresar su verdad en términos minimalistas: «Exilio, esa palabra ex ex ex X / xilio ilio hilo, hilo cortado.»
Pero se impone, no obstante, esa trabazón con lo mundano y trivial del diario acontecer, del énfasis en lo doméstico, el aliento de las heroínas trágicas; y esta respiración se manifiesta siempre como una expresión de dignidad, siendo, desde las propias quebraduras de que nos hace partícipes, autoafirmación, jamás el derroche que conduce al desamparo y al desdibujo identitario. La poeta despojada de toda vestimenta, penetra en el bosque espeso de sus recuerdos, y la escuchamos por veces extraviada, alucinada, interrogándose y asaeteando: «¿Qué pasos siguen los perdidos?», «¿Qué soy en esta bruma?» En su viaje, no está sola, perdura el diálogo inquisitivo, provocador, con el lector y consigo misma, que aspira, más que a escuchar una respuesta, a elaborar nuevas preguntas incluso más difíciles. Así, en la medida que avanza con su coloquio entre los árboles y las criaturas que pueblan su «selva oscura», se sumerge en un lirismo sorprendente e impactante por la fuerza de sus imágenes, plasticidad y dramatismo, sin renunciar a la objetividad: «¿En qué mancha yo vivo? / ¿En qué álbum de las manchas / del colchón?»


En pocos poetas cubanos actuales he visto esta efectividad, sincronía alcanzada en el manejo de diversos modos de expresión poética, como en Magali Alabau, lo que la hace portadora de una manera muy singular de enfrentarse a la «ciudad letrada», peculiar hibridez, distintiva en la poesía cubana que abarca los posibles «adentros» y «afueras» de la Isla. No debe serle fácil al lector abandonar a medio camino este libro, pues la poeta consigue arrastrarnos en su propia marcha, con recursos del drama y la narrativa, el testimonio y la crónica, deviniendo ella misma personaje que se abre como caja de pandora y hace transitar al texto del monólogo a la épica, del canto al fraseo coral, del diario al libro de bitácora. Poema extenso, conformado por poemas de intenso aliento que actúan como un texto único de ritmo entrecortado, a ratos asfixiante, agónico, donde el manejo de la ironía —raya en la autoparodia, el sarcasmo y el cinismo— es audaz y, a la vez que apunta a la lucidez de un sueño más vívido, escalofriante.


Su búsqueda no se limita a tratar de hurgar dentro de sí, explicar su origen o su lugar en el mundo, el porqué de su destierro, pues en realidad no hay desarraigo cuando una persona es apartada por una política excluyente, y expulsada de la vida social y cultural de su país debido a cuestiones tan naturales como las preferencias sexuales o ideológicas —recordemos que a Magali la privaron de sus estudios en la escuela de arte Cubanacán, en 1965, y este proceso de represalias tuvo para ella especial corolario cuando fue condenada a no trabajar más en el teatro, a raíz de su puesta en escena de Los mangos de Caín, de Abelardo Estorino—. «¿Tuve un nombre? / ¿Un apellido? / ¿Una dirección completa?», «¿No sé quién soy / despierta ni / dormida?»,«¿Dónde vas? / ¿Dónde estoy? / ¿En qué árbol?». La
reconstrucción de un rostro a partir de los fragmentos que le devuelve el abismo en que se ha mirado, resulta también de índole expresiva, está muy aposentada en el lenguaje, el sujeto de la poesía intenta dinamitar desde su mismo centro los recursos a los que tradicionalmente se ha sujetado el género —evita las terminaciones elegantes y equilibradas, pues el «ruido» forma parte de su mensaje más claro y significativo—, para dejar al verso en pulsaciones esenciales, primigenias, sin que por ello pierda el dramatismo y la plasticidad a que nos referíamos. Ahora en Volver se potencia la comunión necesaria entre la memoria y la palabra que la justifica.


Escarbar en el pasado, quitadas las máscaras, para con ello cimentar un porvenir menos incierto, es otro de los propósitos que se advierten en este poemario. Aquí late la voz del que ha perdido algo más que un sitio propio. Volver es un regreso, no por nostálgico, cuestionador, al ayer, a los espacios ensalzados por la distancia, espacios que ayudaron a llenar unos ojos, que conocieron las huellas de unos pies, humores y asombros, y que ya no existen más allá del lenguaje. Lugares irremediablemente vaciados, reprimidos hasta las ruinas; plazas, calles, cuartos, rincones, junto a gestos, rostros sin facciones, cuerpos etiquetados por la sinrazón de la oscuridad y la intolerancia. Asistimos, entonces, a una poética que se empeña no tanto en rescatar como en refundar sobre los laberintos de la pérdida. Magali Alabau invita a un universo transparentado por su expresión (representación) catártica y testimonial. Y este acto violento, que implica una dolorosa travesía hacia el centro de su ser para tomar constancia de sus pensamientos, frustraciones, agonías cotidianas, es siempre de naturaleza amorosa: «Aquí yo, / no pienses que no te abro mi corazón».


Poesía dura y abierta la de Volver, como la boca de un pez que dialoga fuera de su elemento con el sol del mediodía, donde la poeta batalla tenazmente por imantar los vislumbres que han quedado desperdigados en la Isla que la vio nombrar, amar y temer. Trozos de su cuerpo y de sus sueños arrojados al mar físico y al mar de la ausencia, que se alzan con pujanza contra los responsables de su partida y de las vejaciones, tan o más profundas, causadas a otros. Esquirlas de su ser proyectadas a la manera de un expresionismo lacerante, como un grito de
Munch, pero que ambicionan en lo profundo el enlace cálido con el otro inocente, la reconciliación, por supuesto, la caricia.


(2) Magali Alabau: Escritora, poeta, actriz y directora de teatro. Reside en los Estados Unidos desde 1967. Actualmente vive en Woodstock, donde desde hace años realiza, junto a la artista visual Sylvia Baldeón, una labor de adopción y protección de animales. Entre sus obras poéticas se encuentran: Electra y Clitemnestra (1986), La extremaunción diaria (1986), Hermana (1989), Hemos llegado a Ilión (1992), Liebe (1993), Dos mujeres (2011).




Ileana Álvarez (Ciego de Ávila, Cuba, 1966). Graduada de Filología en la Universidad Central de Las Villas (1989). Máster en Cultura Latinoamericana. Directora editorial de la revista Videncia. Tiene publicados, entre otros, los títulos: Libro de lo inasible (1996), Oscura cicatriz (1999), El protoidioma en el horizonte nos existe (2000), Los ojos de Dios me están soñando (2001), Desprendimientos del alba (2001), Inscripciones sobre un viejo tapete deshilado (2001), Los inciertos umbrales (premio “Sed de Belleza”, 2004), Consagración de las trampas (premio “Eliseo Diego”, 2004), Trazado con cenizas (Antología personal. Ed. Unión, 2007), El tigre en las entrañas (Crítica, 2009), Escribir la noche (2011), Trama tenaz (2011) y Profanación de una intimidad (ensayo, 2012). Realizó Catedral sumergida, antología de poesía cubana escrita por mujeres (Ed. Letras Cubanas, 2014), donde por primera vez se publicó, en Cuba, un panorama tan amplio de autoras residentes dentro y fuera del país.

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