Lluvia de agujas

Luces fúnebres cubren el cielo 
y un estruendo sacude la tierra.
La pólvora se diluye en el aire
y los cuerpos caen
como las paredes de un viejo edificio
los niños lloran con sus pieles ensangrentadas
la muerte lo incinera todo
las oraciones no detienen las balas
–lluvia de agujas que traspasan los cuerpos–.

Dios olvida los frutos de su huerto
los deja pudrirse
y la tierra se llena de cadáveres
como un mar de peces intoxicados.
La sangre tiñe el suelo
y otra ciudad arde
sin la esperanza de un próximo día.




Inerte

Frío
hace frío
no afuera, sino dentro, aquí en el alma.
Congela y se esparce en las entrañas
se acomoda para quedarse.

Se apaga
aquel fuego voraz
ya sólo es una chispa.

Quema, pero no alumbra.
Oscuridad en el fuego.

No hay fuego
no hay luz
no hay salvación.

Borra y reescribe.



Enero

No se le escribe a enero por el frío
no es motivo para que el invierno
tenga tantos poemas.
Se le escribe a enero
por la ausencia
poco le importa al cazador el frío
cuando lleva
la piel del oso puesta.



En algún muelle canadiense

Para Andrea Silos
Canadá y su soledad acostumbrada
árboles congelados y calles vacías
ya no cantan los pájaros
solo el llanto de una mujer
que extraña a su familia.

Un ciego ve amor en la tragedia
ella lo ve junto al muelle
ya es de noche
y dos amantes se extrañan
y están sin estar
en una cabaña poblada
por el furor
de
dos
cuerpos
paralelos.



Congregación de los condenados

Los santos lloran en trance
y se escucha el canto
de las hermanas muertas.

Tú no llores por mí
hazlo por los miles
de niños sin nacer
y estas guerras inútiles
de las que pretendo escapar
mientras cae Dios en polvo
como ceniza de invierno
y es frágil el respiro
del silencio
como un adorno de escombros
que renacen en la eternidad.

Hacemos culto a la crucifixión
mientras nuestras alas se queman
y yo sufro
-ciego de lágrimas-
la furia de los condenados.



Aula de niños

El ritmo de la vida me abruma
me deja vacío
y tenso
como un arco
cuando dispara su flecha.

Me absorben la monotonía
y el tintineo de las voces
que hablan cosas absurdas.

La gente pierde la vida
y no lo sabe.

No pertenezco a ellos
los veo a lo lejos
y no pretendo acercarme.

Mi mente gira y gira
como un aula de niños
que no conocen el sosiego.



MI TERMÓMETRO
buscó medir
la temperatura de tus piernas
y todo el piso
se convirtió en mar de mercurio.

Y no quedó más que ser un navegante
de los que están más en las aguas
que en la tierra -casi ahogado.
De no ser por mi lengua
-buen salvavidas-
no estaría yo flotando
en los arpegios
de tu guitarra de agua.






Christian Encarnación (Santo Domingo, República Dominicana, 1997). Estudia Licenciatura en Informática en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Algunos de sus poemas aparecen publicados en revistas digitales. Escribe su primer

Share this Post