El árbol y la altivez de la madera

Un árbol es un sendero inaugurado en el aire,
eterno amasijo de ciclos en pugna
por imponer la brevedad de los anillos.
Sobre un árbol se derraman las simientes
de la fe confiada en la madera;
pero un árbol es más que madera,
más que añoranza por los nidos,
más que maraña de hojas compitiendo por la altura.
También el árbol es súplica altiva ante el hacha,
es bochorno por el mango del látigo
y la intercepción culpable de la cruz
en el Monte del Calvario.
La alegría del árbol se manifiesta
en las vetas gentiles de su cuerpo.
Cada árbol sabe del retorno sorprendido de la tierra,
sabe de su conversación con la luz y el tiempo,
del inteligente y circular hallazgo de la flor.
Los árboles perdieron el vínculo con la brisa
cuando en su tristeza de gigantes derrotados
deshicieron sus contornos
con el clamor demente de la ira.



Que habita en mi corazón

Duerme la noche que habita en mi corazón,
duerme con un sopor largo,
de soledad que grita en plena noche.

Junto a mi corazón han sembrado
los penetrantes hallazgos del silencio,
la rumorosa idea del agua,
que no llega nunca, demorada y sutil.

En los recodos más intactos de mi corazón,
aunque suene raro, han descubierto las huellas
del fuego que deja la tristeza
cuando la noche acuna a la muerte.



Lirios de montaña

Tengo la percepción de quien agrieta el mar,
oteando desde la claridad fría de mis manos
el arrepentimiento de no haber sembrado
más lirios de montaña;
esos lirios que se confunden
con la sosegada alegría
de una noche de luna llena.




Exhortación de las piedras

Cada piedra es llamada silenciosa.
Las piedras viven y cada una es dolmen,
apocalipsis renovado.
Las piedras son mejillas que disipan
el festejo de mis antepasados,
pulcra conmemoración que llama
al convite en las arenas magras de mi voz.
Existen piedras lisas como un verso
y piedras de mar ominoso.
En la danza caliginosa de las piedras
me conjuran los montículos carecientes del verde,
pródigos en el renovador juramento de los años.
Hay piedras del sur para adornar los espejos
y piedras del poniente en función de paladear el otro yo,
quien acaso abjure de la piedra que otros sembraron en mi corazón.
Las piedras escalan la providencia,
la literatura de sábados marinos y calles pálidas,
piedras para el sillón del poder
y el frontispicio retenido en medio de la muerte,
en las llanuras de la ira.
Las piedras viven el corro brutal de las provincias,

como ellas, tienen el aliento manchado de soborno
y huyen del mercadeo de las palabras huecas.
Las piedras: lisas, ásperas, laterales piedras,
tienen un aire a dictamen emanado de una ciénaga.
Hay piedras de laberinto memorioso,
de guerra exhausta.
Existen piedras para las trincheras del alma:
crepitaciones que el destierro implantó en mi garganta.

(Poemas pertenecientes al poemario Como el musgo en la tarde)




Manuel Alberto García Alonso (Trinidad, Cuba, 1964). Ha publicado los poemarios: Evocaciones y erotemas, Editorial Luminaria, Sancti Spíritus, 1992; Filiales del alma, Ediciones ARTex, Trinidad, 1999; Nulla rosa est, Editorial Luminaria, Sancti Spíritus, 2000; Donde aniden mis mareas, Ediciones Vitral, Pinar del Río, 2006; Cuban Heart, Blackberry Editions, Maine, USA, 2006; y la obra de teatro Monólogo por un mechón de pelos, Suplemento Cultural Vitrales, Sancti Spíritus, 1992. Aparece además en las antologías poéticas: Poesía espirituana, Editorial Luminaria, Sancti Spíritus, 1994; Un canto de mis ojos nace, Editorial Luminaria, Sancti Spíritus, 2007; y Trinidad de Cuba. Ciudad que me habita, Ediciones Luminaria, 2014.

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