LITERATURA CUBANA Y GAME OF THRONES

Hay un libro de Jesús David Curbelo, Cuestiones de agua y tierra (Oriente, 2008), que autopsia, como pocos, el cadáver del campo intelectual cubano. Con el fin de obtener un diagnóstico clínico sobre el funcionamiento interno de ese walking dead, Curbelo centra su necropsia en cuatro poderosas escuelas literarias, motoras, por consiguiente, de premios, becas, publicaciones, mecenazgos, viajes e influencias de variados tipos. Vale la pena citarlo in extenso:

UNO: La escuela del realismo sociolista. (“Está compuesta por los autores que cultivan una poética apegada a los moldes artísticos del realismo y desprecian el resto de las modalidades escriturales. La mayoría de sus miembros ocupa puestos claves en editoriales, revistas e instituciones relacionadas con la promoción, y se comporta de manera implacable en la defensa de sus socios, incluso a riesgo de escándalo y las consabidas trifulcas que tal actitud genera. Esta academia patrocina un comportamiento acendradamente machista, y sus rivales también la llaman El Pene Club”.)

DOS: La mafia rosa. (“La principal característica de sus correligionarios es la homosexualidad […]. Sus acólitos están siempre en beligerante oposición a los círculos de autoridad delimitados por los realistas sociolistas. Defienden en su mayor parte la literatura fantástica y del absurdo, aunque muchos de sus libros giran alrededor del sujeto gay y las angustias que enfrentan en la búsqueda de un sitio en la sociedad y ante los ojos de Dios”.)

TRES: La colonia negra. (“Agrupa a los individuos de esta raza decididos a unirse para hacer valer sus derechos injusta y paradójicamente preteridos en una masa mestiza que anhela, a toda costa, pasar por aria, nórdica, eslava o latina, al decir de sus principales voceros. Las manifestaciones de su desacuerdo suelen ser bastante violentas desde el punto de vista cultural, y muchos los suponen capaces de llegar hasta la violencia física […]”.)

CUATRO: La escuela de las mujeres. (“Esta no es, de ningún modo, un colegio de señoritas, sino una entidad de feroz feminismo que preconiza el discurso genérico cual aparato para granjearse áreas de empuje sociocultural. Los jodedores de El Pene Club acostumbran nombrarla El Clítoris Hall, o Hell […]”.)

A casi medio siglo de que el sociólogo francés Pierre Bourdieu ofreciera su estratégica definición del campo intelectual como un “campo de fuerzas” en tensión, Curbelo se aparece con este numerito de las cuatro escuelas cubanas en pugna. Pero para aplicar la idea de Bourdieu al espacio insular hace falta algo menos teorizante: el campo intelectual cubano es un Game of Thrones, donde lo peligroso es que cada una de esas “escuelas del resentimiento” (resentniks, para robarle el nombrecito a Harold Bloom) genera y exige prácticas y conductas concretas de lectura. El problema aparece cuando los rabinos del sociolismo, los sacerdotes de la negritud, los mulás de la fresa y las pitonisas del código Beauvoir, reclaman interpretaciones tribales de José Lezama Lima, Virgilio Piñera o Alejo Carpentier. Se trata de una cuestión territorial: el canon literario cubano, entendido no solo como una lista de obras y autores que deben leerse, sino también como una determinada manera de leerlos.

En el oscuro pasado cubano —pienso en el año 1968— una obra literaria podía ser condenada por “contrarrevolucionaria” o “blasfema”, es decir, lo estético se juzgaba y definía desde los valores ideológicos. Hasta hace muy poco una novela podía ser criticada por “inmoral” (cierta editora de la revista Temas me sugirió omitir una cita de Te di la vida entera, de Zoé Valdés, no porque se tratara de Zoé “Pandemonium” Valdés, sino porque aparecía la palabra “singando”); nuevamente un criterio extraestético —la moral sexual de un sujeto determinado, por no decir de una revista— es invocado para juzgar el valor de una novela. Hoy nos vanagloriamos de haber dejado atrás esas oscuras épocas de censura, y, sin embargo, las “escuela del resentimiento” cubanas han reactualizado toda una batería de criterios morales —extraestéticos— para calificar una obra literaria. Acusaciones como “herética” o “inmoral” han pasado de moda, pero han sido reemplazadas por otras como “subversiva”, “disidente”, “machista”, “homofóbica”, etc.

A continuación, intento una brevísima caracterización —porque la brevedad es el mayor afrodisiaco— de las principales maneras de leer que preconizan cada una de estas “escuelas del resentimiento” cubanas:

LOS REALISTAS SOCIOLISTAS: La lectura sociolista es histórica, en el sentido de que intenta siempre reponer las condiciones de producción del texto, y si es posible, el protagonismo como garantía de su sentido: para entender a fondo Polémicas culturales de los 60, el libro rojo de Graziella Pogolotti, habría que conocer la historia, las costumbres, la demografía, la organización económica, cultural y política de la Cuba isabelina y jacobina, es decir, la Cuba en los albores del decenio negro. Habría, en suma, que haberla experimentado. Este libro también podría haberse titulado: Nosotros, los protagonistas. La crítica sociolista tiene una batería de insultos favoritos: el más común, aunque hoy algo pasado de moda, es “burgués”. Le siguen “disidente”, “subjetivo”, “subversivo”, y varios más. Los cófrades del sociolismo se hacen cortes con hojas de afeitar cuando nadie apuesta por el número de Onelio Jorge Cardoso en la lotería de las reediciones.

LA MAFIA ROSA: Lo más peligroso de esta congregación es su monologismo, es decir, la tendencia a leer, preferentemente, solo aquella literatura que ofrezca imágenes positivas de personajes y conductas homosexuales, como si una novela fuera una lección de anatomía para gayscouts. Allí donde Homero nombra, el homo rosa apellida: Aquiles & Patroclo: those gays dudes, a pesar de ser esto último completamente intrascendente para la literatura helénica. “Homófobico” es su término de descalificación más frecuente. Lo más interesante y transgresor de la crítica rosa es que discute sobre Virgilio Piñera en los mismos términos con los que discute sobre Ivette Cepeda.

LA COLONIA NEGRA: Sus apóstoles calificarían de rudimentaria una selección de títulos como: Árbol de humo (Denis Johnson), La soledad del lector (David Markson), El mapa y el territorio (Michel Houellebecq), Mi cerebro es una rosa (Leopoldo María Panero), y El sobrino de Wittgenstein (Thomas Bernhard), por estar compuesta solo por autores blancos caucásicos. La elección de Johnson, Markson, Houellebecq, Panero y Bernhard, obedecería, supuestamente, menos al valor intrínseco de sus obras que al color de su piel, a su condición de sujetos blancos y a la potencia —y violencia— material y cultural de sus países de origen, que los han impuesto como modelos de toda la literatura. Leer y ver con un ojo el texto y con el otro el color de su autor provoca el estrabismo de la colonia negra. Lo más peligroso que tienen como escuela es el biografismo. Los términos más usuales de desprestigio que este colegio puede arrojarle a una obra o autor son los de “racista”, “xenófobo”, “estereotipado”, etc. Aún se lamentan profundamente de que Fernando Ortiz y Lydia Cabrera no sean negros.

LA ESCUELA DE LAS MUJERES: Dos prácticas nocivas. Uno: la tendencia a sexuar el texto. Si los libros tuvieran sexo, Gustave Flaubert sería mujer. Dos: La supersticiosa ética de la intuición, el sexto sentido que ha llevado a algunas lectoras fundamentalistas a encontrar en los textos las marcas del ciclo menstrual, del estrógeno y otros delirios. Recordemos que la narradora cubana Laidi Fernández de Juan sostiene que la mujer escribe desde el núcleo hacia el citoplasma. (“¡Pero qué jodida y maldita mierda significa eso!”, gritan mis neuronas.) Pienso en La joven nacida, un clásico del feminismo radical francés que Hélène Cixous publicó en los años setenta: “Imposible […] definir una práctica femenina de la escritura, […] pues esa práctica nunca se podrá teorizar, encerrar, codificar, lo que no significa que no exista”. Después de leer esto, si alguien me preguntara, qué es la escritura femenina, mi respuesta sin duda sería: una especie de Trainspotting literario, una esencia mística inefable. Es imposible de teorizar. Todo lo demás sí lo es: el átomo, las nanopartículas, los agujeros negros, los estafilococos, la Escherichia coli, el vacío. ¿La escritura femenina? Nope. En ocasiones esta escuela sigue criterios tan científicos como el de Plinio cuando en su Historia natural apuntó que el cadáver de los hombres flota boca arriba, mientras que el de las mujeres boca abajo, “como si la naturaleza quisiera respetar el pudor de las mujeres muertas”. “Patriarcal”, “misógino”, “machista”, son algunos de los insultos favoritos a los que la crítica feminista es infelizmente adicta.

Después de este breve panorama, creo que si Pierre Bourdieu fuera un creativo de la Screen Junkies y tuviera que hacer un tráiler honesto dedicado a esa guía medieval pornopolítica que es el campo intelectual cubano, le echaría mano a Game of Thrones. Incorporando algunos anacronismos, tal vez su tráiler comenzaría así: Prepárate para una serie imprevisible… Llena de imágenes perturbadoras: expulsiones…, decapitaciones…, palabras a los intelectuales…, investiduras…, guerritas de emails…, navajazos…, más guerritas de emails…, destituciones… monólogos interminables… Adéntrate en un campo intelectual donde todo es cosa de

Descemer Bueno de la literatura cubana, el Maestro, etc., para ver como todos se pelean por pertenecer a uno de los diccionarios más inconsultos del mundo: el Diccionario de Autores Cubanos.

Y eso solo en el primer episodio.




Gilberto Padilla Cárdenas (La Habana, 1984). Ensayista y profesor de Teoría Literaria de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. 
Ha obtenido, entre otros, los siguientes premios: Premio ALBA de ensayo 2011, auspiciado por el Programa de Investigaciones sobre las culturas de América Latina y el Caribe. Premio Internacional de Ensayo Temas 2012, en la modalidad de Estudios sobre arte y literatura. Premio de Investigación Fotográfica 2014, que otorga la Fototeca de Cuba. Dador 2014.

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