“Siempre que se encuentra un diario íntimo —porque un diario nunca aparece: se lo encuentra, se tropieza o se cae sobre él, incluso cuando se lo ha buscado antes con desesperación—”, dice Alan Pauls en Cómo se escribe. El diario íntimo, “hay, junto a sus páginas, muchas veces manchándolas, un cadáver”.

El cadáver que mancha Diario (1951-1957) es el de Alejo Carpentier.

Voy a ser lo más objetivo posible para evitar la histeria colectiva: 1) sobra decir que el tipo es grande. Es un Godzilla. Treinta y cinco años después de su muerte, da lo mismo cualquier perorata porque sus libros siguen ahí como azabaches. Y aunque me había prometido no hacer comparaciones, deténganme si soy el único al que le parece que Cien años de soledad, de Gabriel García Marketing, existe porque en 1949 se publicó El reino de este mundo. Estas cosas tienen su cábala. Por ejemplo, no deja de ser inquietante que a solo cuatro años del Triunfo la Revolución —el primer reality show de las letras cubanas—, Carpentier se aparezca con un libro (El siglo de las luces, Ediciones R., 1963) que es peligrosamente oracular: la historia de un joven intelectual, Esteban, que termina profundamente defraudado de la Revolución —francesa—, arrastrado por su fuerza de gravedad inconfesable. Una Revolución que se había traicionado a sí misma más veces de las aconsejables: “Yo soñaba con una Revolución tan distinta”, decía Esteban a finales del siglo XVIII. “¿Y quién te mandaba creer en lo que no era?”, inquiría Víctor Hugues. El futuro de Cuba habría sido otro si le hubiésemos puesto más atención a El siglo de las luces.

Habiendo dicho esto: 2) su Diario [Letras Cubanas, 2013] es uno de los peores libros que he leído en mucho tiempo. Lo recomiendo justamente por eso. Porque es tan malo que vale la pena leerlo: el ir y venir de un hombre enfrascado en algunas de las opiniones más mezquinas que he conocido; la cara B de un escritor que cambió la literatura cubana para siempre. El Diario de Alejo Carpentier es tan malo que es memorable.

Lo sabe cualquier narrador: la belleza de la literatura de un gran autor no necesita ser casi descrita, con dos o tres trazos la imaginamos perfectamente; la fealdad en cambio, o la mediocridad, tiene que sernos descrita con precisión, con cuidado, para que la creamos.

Manos a la autopsia: hace más o menos dos años, Diario (1951-1957) irrumpía en nuestro panorama editorial con un cóctel de homofobia, algún que otro chisme de salón y, sobre todo, un montón de escombros deslizándose sobre el despeñadero. Ojo: Les aviso que gran parte de las psicologías interiores de Carpentier parecen sacadas del programa de Oprah: lo vemos lidiando con su ominosa homofobia (“lástima que a veces su humorismo”, nos dice a propósito de Sigi Weissenberg, “responda a un cierto espíritu homosexual que detesto cada vez más [… como] cuando toca el primer pasaje de la Rapsodia de espaldas al piano, con el culo sobre las teclas”); con una idea del amor gay digna de Walt Disney (“yo creía que, al menos, había una recompensa de tipo espiritual, por vías de una mayor comprensión posible entre dos seres más semejantes a lo que son la mujer y el hombre”); con dictámenes literarios que apestan y se descomponen solos (“¿cómo un escritor se permite la osadía de mover un personaje ciego sin haber estado ciego? […] Un escritor consciente solo debe hablar de oficios que ha practicado, de enfermedades que ha padecido, de idiomas que habla, de lugares que ha visitado, de personajes —mujeres sobre todo— que ha conocido íntimamente, lo demás es mala literatura”); subrayando a lápiz frasecitas de André Gide que bien podrían pertenecer a libros de autoayuda (“no es lo que hemos hecho lo que […] lamentamos; sino lo que no hemos hecho y que hubiéramos podido hacer”); y aquí viene lo más interesante de todo: su autocensura. Una mirada a los fragmentos escondidos bajo el colchón por Alejo Carpentier, resucitados gracias al puntillismo y la manía de exactitud de Rinaldo Acosta y los investigadores Armando Raggi & Rafael Rodríguez, es más que suficiente: “Si nos ponemos a ver, los comunistas de las nuevas hornadas negaron a Kafka, a Stravinski, a Schoenberg, a Berg, a Claudel, a Hindemith… A todo el que inventó algo en este siglo”. (Tachado en el mecanuscrito original.) Tiembla el Reino.

Carpentier saltando la valla de la egolatría: todo el diario está infectado de ese “amor propio” que respiran los superdotados (no hay que olvidar que Alejo Carpentier pertenecía a una secta que se hacía llamar el “Sindicato de la Inteligencia”); cosas del tipo: “me asombra esta comprobación de mi sorprendente memoria”. O esta otra, para un perfil en myspace: “dudo que muchos hombres de mi edad puedan haber pasado por tantas experiencias humanas, como yo”. También podemos pensar en aquella ocasión en que confiesa que su mayor júbilo —y aquí todos los clones carpenterianos deberían taparse los oídos— era estar desnudo y “sentirse existir” (lo que sea que eso signifique): “Ayer, Navidad. A las 12 y media, desnudo, al sol, junto a la piscina, conocí un momento de joie de vivre […] Especie de borrachera de ser, de existir, de sentirme existir. Creo que […] no había conocido un momento de tan absoluto amor a la vida, de tanta fe. Fue durante una hora…”. Da igual. Pero lo cierto es que —y tal vez sea una impresión mía— el Carpentier de Diario (1951-1957) no tiene mucho que ver con ese escritor de estampa, de santoral, que nos han dibujado los acólitos de lo carpenteriano o, incluso, él mismo. (Se sabe: Carpentier controló tanto sus memorias que se convirtió él mismo en un personaje arrancado de sus propias visiones.)

Nada más sano que la desmitificación. Lo hizo Ricardo Palma con Simón Bolívar en Tradiciones peruanas (véase: “La pinga del Libertador”); Washington Cucurto en su novela 1810, donde José de San Martín baila música tropical, se acuesta indistintamente con hombres y mujeres, y termina desvirgando a su propia hija. En el Diario, Carpentier da perfectamente el casting para macho cabrío: “El 18 —la fecha es exacta— tuve la famosa alarma: se me creyó diabético por un tiempo […]. Los días de depresión moral que pasé durante esa crisis, fueron atroces. Y, sobre todo, porque me creí menguado en mi vigor sexual… Depuis alors, les choses se sont arrangées… et comment! (Desde entonces, las cosas se arreglaron… ¡y cómo!)”. Otro ejemplo pertinente: “…de los famosos amores de Gide solo quedan noches, escasas, dispersas, de voluptuosidad mecánica (algo semejante a lo que he ido a buscar, por higiene, muchas veces, a un prostíbulo)”. Un cortapalos. Cero hagiografía.

El Diario está lleno de incoherencias: en una entrada del 26 de marzo de 1952, se lee: “soy adverso a la literatura onírica. (Recuerdo mi tremendo aburrimiento —pese a las razones de Desnos— ante las descripciones de sueños que se publicaban en La Révolution surréaliste)”. Pero, apenas unos párrafos después, nos desembucha —fascinado— un sueño húmedo pesadillesco: “… de súbito, comprendo que mi habitación está en tinieblas […] y que la luz eléctrica se ha encendido en la de al lado. Segundo de terror. Pero, en el acto voy al frente del peligro —¿ladrones?— y encuentro, en la habitación contigua, una desconocida, trigueña, que está comenzando a desnudarse. Recuerdo que tiene los tirantes de las medias sobre los muslos […] Se justifica con una sola frase: —`Acabo de regresar de los Balkanes´”.

De numerología y ocultismo: “22—33—17—20. Esa es la ecuación. Con un fuerte acento —prodigioso— en el 17. Y sin embargo, hay quiebra, interrupción, sobre el 20. Tal vez el ciclo se haya colmado. Raro mecanismo de los números en mi vida”.

De oraciones que no conducen a ningún sitio: “Ahora comprendo la misteriosa necesidad que me hizo releer toda la picaresca española”.

Y, por favor, dejemos eso de que no quería publicar su diario para los maestritos rurales: el tipo lo dejó escrito a máquina, con indicaciones al margen, corregido y actualizado y, para aquellos que quieran ir más lejos, pasado en limpio dentro de un sobre.

Sin embargo, no todo es desafortunado. Lo mejor del Diario —aparte de verlo presentir historias que después serían patadas en el pecho— es la adjetivación, es decir: los epítetos y calificativos casi homéricos. Toda la potencia de Alejo Carpentier está concentrada en ese gesto de nombrar: por ejemplo, cuando dice que Pío Baroja parece un “tendero amargado que se hubiera pasado medio siglo frecuentando peñas literarias”, o cuando define a los “comunistas folklóricos” —especie endémica de Cuba— como tipos que “hacen la revolución para enseñar los pelos del pecho”; a las pianistas “que sufren de mucho maquillaje”; y a cierta fauna intelectual como “bohemia de sablistas, poetas malditos, edificadores de `teorías´, gente de casas de huéspedes” que hoy reconocemos, sin mucho esfuerzo, en la inmediaciones de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Para los que somos lectores asiduos, esto no es nada nuevo. Recordemos, por solo citar un ejemplo, cuando en El siglo de las luces se dice que Maximiliano Robespierre era “algo así como un Don Juan para machos”. Hay más literatura ahí que en cualquiera de los bad boys que se lamen las heridas en las novelas de Pedro Juan Gutiérrez.

Por último, resulta sorprendente que el mecanuscrito del diario se mantuviera solapado por tanto tiempo dentro de la papelería del escritor. Puede especularse con la inocencia o la culpabilidad de Lilia Esteban de Carpentier. No importa demasiado. Lo que sí importa es que a la Fundación Alejo Carpentier le tomó aproximadamente 33 años publicar el Diario. En menos tiempo se escribió el Quijote.




Gilberto Padilla Cárdenas (La Habana, 1984). Ensayista y profesor de Teoría Literaria de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. 
Ha obtenido, entre otros, los siguientes premios: Premio ALBA de ensayo 2011, auspiciado por el Programa de Investigaciones sobre las culturas de América Latina y el Caribe. Premio Internacional de Ensayo Temas 2012, en la modalidad de Estudios sobre arte y literatura. Premio de Investigación Fotográfica 2014, que otorga la Fototeca de Cuba. Dador 2014.

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