Pasado un rato, abrigados y ya tranquilos frente a las ventanas, el viento que arreciaba los vidrios no impidió que escucháramos el revuelo que venía de la calle. No era el ejército de ficus que avanzaba en escuadrones, atropellando a su paso las hojas y agitando sus ramas secas para amedrentar a los valientes como los molinos de viento con don Quijote; aunque en sentido figurado lo era: vimos a decenas de jóvenes, con camisetas negras y haciendo vivas con las manos, cruzar la acera en dirección a la avenida Principal.

Rosana nos había comentado, antes de la reunión de esa tarde, que en la noche se iniciaría en el centro un plantón con antorchas y carteles.

Una cosa era que los bancos se aprovecharan de la ilusión de la gente, inflando perspectivas con multiplicidad de préstamos exorbitantes y, luego, en medio del caos financiero que sobrevino, fueran los mismos contribuyentes quienes los rescataran de la ruina; pero otra, vergonzosa y por fin inadmisible, era que los trabajadores más humildes junto con los desempleados tuvieran que sufrir por los aletazos de superviviente de las entidades financieras: desalojos, remates, empinados intereses. Y, además, que la clase política no solo le diera la espalda al drama de los ciudadanos por prestar atención a las pataletas de los banqueros, sino que, mediante leyes y normas, allanaran el camino para el atropello de la mayoría de sus compatriotas.

La indignación de Rosana era la de muchos; por lo menos de decenas de jóvenes que ese viernes, luego de salir de la universidad, dejar para otro día el rato de fútbol con los colegas o postergar la madrugada de rumba, se instalarían en la plaza central de la ciudad para mostrarle al país que no se dejarían avasallar. Rosana nos había adelantado que ninguno estaba amargado ni se caería en la violencia; lo que advertía era una profunda decepción y no poca repugnancia. En el único cartel que pudimos leer se divulgaba: “No soy tu estadística, soy una persona”.

Cuando el teléfono timbró, sospechamos que era Cassandra. La habíamos llamado en dos ocasiones antes, pero no contestó; ahora le tocaba dar con nosotros para conocer los detalles de nuestra reunión laboral y preguntar, quizá, cómo se ajustarían nuestros días a la buena nueva del trabajo. Lo que no imaginábamos era que la conversación también alternaría con las ideas de libertad y muerte, que rondaron nuestra tarde en el bosque de ficus.

—Contó que estaba por llegar a la avenida Principal; se notaba recontra emocionada, avanzando con los de negro —me refirió Morita—. ¿Tú sabes que ahora me llama San Francisco, no? Pues bien, me dijo: “San Francisco, avísale al peruano que el domingo les daré mi versión de la camiseta sangrona: una novela”. Celebraremos mi chamba, te mandó un abrazo y me dejó besos.

La imaginé con ropa oscura, algo elegante y algo casual, leyendo los carteles como si fueran un libro revelador, apurada por comprar bocadillos o bebidas para los pocos retraídos y animada por presenciar, en una noche que podría haber sido trivial, a una cadena humana que estaría por llegar a la centena, paso a paso.

Esa madrugada que ya calaba como de invierno, ciento cuarenta y dos personas, donde trece eran ancianos y cuatro eran niños, inauguraron una vigila que se inició formalmente a la medianoche; si bien ninguno de los presentes ni las decenas de muchachos que se sumaron al día siguiente sabía cuándo iba a terminar.

Mi mente de historiador se puso a recordar varias iniciativas similares que no pasaron de un día, y otras, las más, que entusiasmaron naciones por semanas, meses, años. Tantas se parecen entre sí, vencidas; tantas son diferentes, triunfantes. O viceversa. Muchas tienen ya nombres célebres, que llevan a cualquiera a evocar solo el romanticismo de las intenciones y no lo trágico de los sucesos o las consecuencias. ¿Cuánto distorsionan o camuflan los nombres? La prensa radial, que brindó la información entre las noticias de la mañana, los etiquetó bajo el mayor rasgo de la vestimenta que llevaban: “Los de negro, de luto por el sistema”; sin embargo, cuando las cámaras de televisión interrumpieron la programación sabatina de películas de acción protagonizadas por Chuck Norris y Van Damme para ocuparse de los hechos, ya casi nadie lucía el color que los distinguió al principio, ni siquiera una cinta o pañuelo que los homogenizara, salvo un matiz que parecía calcarse en los semblantes de los jóvenes: esperanza.

(Fragmento del capítulo IV de Cassi, el verano (Planeta, 2019) de Juan Manuel Chávez)







Juan Manuel Chávez (Lima, 1976) se licenció en Literatura en la Universidad Mayor de San Marcos, después de seguir unos años la carrera de Ingeniería Civil. Es máster en Derechos Humanos y diplomado en Docencia en Educación Superior. Actualmente, sigue el doctorado en la Universidad de Valencia y es investigador de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona.

Es autor de numerosas obras que abarcan distintos géneros, desde la narrativa breve hasta la novela, pasando por el ensayo y también el cuento infantil. A lo largo de su trayectoria literaria ha recibido prestigiosos premios literarios en cada uno de esos géneros, como la mención especial del Premio Nacional de Literatura en Perú (2017). Entre los títulos publicados figuran: La derrota de Pallardelle (novela, 2004); Sonríen los desamparados (cuentos, 2006); Lima. Un camaleonte tra due specchi (ensayos, 2006); Ahí va el señor G (novela, 2009 y 2017); La guerra del Pacífico y la idea de nación (investigación, 2010); Limanerías (ensayos, 2012); Latinos y otros peregrinos(crónicas, 2013), que además recoge su trabajo de fotógrafo. La Fundación CeiMigra y el Ayuntamiento de Valencia lanzaron en España su exploración interdisciplinaria Un idioma para la integración social(investigación, 2015). Sus ficciones más recientes son El barco de San Martín (novela, 2016) en la Colección del Bicentenario y El rinoceronte que quería ser unicornio (historia para niños, 2017). Su última novela es Cassi, el verano, publicada por Editorial Planeta de la que ofrecemos un fragmento.

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