La vecina 

La escoba ponía detrás de la puerta. Recelosa. Que las visitas se fueran pronto. Devota, no fuera cosa que llegara a cumplirse. No barría de noche ni se cortaba las uñas. Iguales motivos. Puntillosa y puntual, no fuera que se muriera la madre, ave maría, el esposo. La madre empezó a irse, de a poco, entre recuerdos de su propia madre, la abuela, con tabaco negro armado al sol y miel de caña. Y detrás, al fondo, la brisa seca y sanadora de eucalipto. Escoba en mano, la hija volvía, punto atrás, a oír el cuento. Para el esposo no hubo espera. Se fue de medianoche, sin que ella pudiera despertarlo. Solo un último pedido, con una bolsita de seda llena de hojas redondas entre la alianza y el rosario: no quieras morirte hoy, no de noche. Espera a que yo lo sepa mañana. Nadie la vio volver a salir. Cauta, machaca los cogollos de la planta en un mortero, prepara un ungüento y se unta con él al sol. Desde la medianera de alambres llega siempre el fresco de eucalipto que hierve de día y, más tarde, quema en el hogar. De noche, la fragancia sube por el hueco de la chimenea. La mujer no sale. Desesperados, leemos en el humo sus nuevas ceremonias. Sobre todas sus señales en el vecindario hacemos correr la voz.

El maestro

Apoya la parte alta de la cabeza sobre el piso. No te muevas. Cuerpo derecho, como de caminar llevando un libro. Al revés. Intenta vaciarte de ideas. Busca que ceda la presión, que el cuerpo no sea ya un peso. Libre, fruta madura. Cae. Hojas de un otoño que se mecen en las tejas de una casa; un sol partido de pena en una de playa desolada; el calor del mediodía que, de una punzada, abre la cabeza en dos; un dejo de gardenias en una tienda olvidada. Y en los paisajes, tú. Deja pasar toda razón. Los antebrazos en el piso. Las gotas de sudor del coxis a la cabeza. Una lágrima, solitaria, desde el ojo del lado del corazón. Busca empujar los paisajes, respira. De cabeza, el fuego. Sol pálido en los techos y cayéndose. La lluvia desde una terraza sobre las iglesias y, al costado, un pájaro que se quiere ir. Hemisferio derecho, izquierdo. Gautama: en ti, en mí, en todo. Un brillo con talante del más allá. Cree en la belleza que puedes ver. Girasol gigante. Los ojos cerrados resurgen de la oscuridad; de la planta, el brillo. Balancéate, brusca, atrévete a entrar en la turbulencia. Aliviada, ve tus ojos mirándote. Vive dentro tuyo. Haz que salga.

El cliente

Déjà vu. Es la quinta, quizá la cuarta vez, que el hombre viene. Grandes las manos, como los pies grandes. Luego, lo usual, pies y manos limpios que hay que acomodar. Quitar el esmalte transparente. Luego cortar, pulir, humectar… Y volver a pintar. Voilà. De niña, su padre le hizo prometer que la costumbre de las pantuflas terminaría. Ni a él ni a su marido debería ella ponerle el calzado, como sí lo hizo con su abuelo. Costumbre que pasó —como sucede a veces— de generación en generación: primero la abuela, luego la madre, después ella. El abuelo no se levantaba de la cama sin que una mujer le pusiera las pantuflas. Pero al morir él, las cosas cambiaron. Por el padre cambiaron. Ahora, con este hombre que viene cada semana, lo de siempre, el trabajo es sencillo: el usual. Tiene las manos y los pies suaves, casi sin callos, solo esas partes de piel seca que es necesario sacar. Alguna vez, alguien le dijo que le sorprendía ver en el salón a tantos hombres. En otras ciudades no es lo usual. Ella bajó la cabeza. Lo que se usa, se hace. No se pregunta ni explica. Las manos de los hombres, de las mujeres, son iguales. El trabajo, el mismo. Cambia al pintar. El esmalte de ellos es transparente. Sin rastros. Sus manos, las propias, por las noches están cansadas. La piel de las mejillas, mustias. Déjà vu: desmaquillar, hidratar. Voilà. A él no va a alcanzarle las pantuflas. Se lo juró a su padre. Como no olvidar el francés. Y el juramento ante el padre tiene el valor del matrimonio. Hasta la muerte. Hasta que la muerte al fin los separe. A él no toca pintarle. Dice él que lo de los hombres del salón es cosa de débiles. El golpe suele ser seco, limpio. Lo suficientemente fuerte para amedrentar, lo bastante suave para no dejar marcas. Mano abierta, pulcra, sin humectar ni pintar. Cada vez que sucede, ella mira las pantuflas, las suyas, y jamás llora. Las mujeres fuertes no lloran. Es palabra del padre. Lo demás, lo usual, volver a pintarse, algunas veces más, mucho más que lo habitual, antes de ir a trabajar.

El enfermo

Imagina que algo te atenaza la cabeza, desde la nuca hacia arriba. Dos pinzas gigantes a punto de comprimirte. Fácil sería decir: exprimirte las ideas. No hay chance de pensar. ¿Será químico? El cerebro cabe en una mano. Pesa menos que el dolor. Imagina que tu cuerpo tiembla un espanto tan profundo que es como tener, conocer el alma, tintineante y húmeda, debajo de cada pedazo de piel. Escapar por esos cables verdes que sigues con la mirada bajo la palidez de tu cuerpo. ¿Será físico? Un hombre cansado y sudoroso ante un espejo. Puede dibujar un plano de sus venas. Si fueran vías, él sería un tren. Podría descarrilar. Algo cede. Todo él. El hombre se arroja a las vías. El reflejo de su cuerpo está borroso. Sube la mirada. Siente alivio en la humedad de sus ojos. Intenta meterse también en ellos. Se contempla ante el espejo como en una ermita. Reza. No por él. A él. ¿Acaso voy a morirme? El hombre mira el cristal queriendo entrar por otra ventana a sí mismo. Hacer foco. Atravesar solo una de las ventanas. Íntegro y vivo. La de color más pleno. Y ya no volver.

La turista 

El primer gran recuerdo de mí misma sucede en un cementerio. Son las cuatro de la tarde, quizá las cinco. Lo sé por cómo cae el sol. Lo sueño, lo pienso, lo vuelvo a recordar. Estoy parada y frente a mí una estatua gris —pudiera ser de mármol— mucho más alta que yo. La veo inalcanzable. Base rectangular, situada justo en un vértice de un cruce de pequeños senderos. Hacia los costados, dos callecitas de baldosas grises. Faltan algunas, varias, por cuyos huecos crece un yuyo desmadrado. No las veo. Mi atención completa está sobre los dos angelitos abrazados que descansan encima del pedestal. Ese que es más alto que yo. Si solo pudiera moverme, tampoco los tocaría. Unas nubes blancas pasan y deslizan su sombra sobre algunas otras figuras. No las puedo ver. Mis ojos siguen fijos en las estatuas que miran. Inmóviles, nada hacen por mí. Ni con él. Un hombre que como un ánima se disuelve. ¿Veo ánimas también dormida? Nadie más que nosotros y los muertos en ese momento en el camposanto. Siempre es igual en el sueño. Cavilo. ¿Se sacan conclusiones al soñar? Muda, tengo la boca tapada. Sus manos son grandes. También él. Pero pasa y se va. No sé si no grito porque miro a los ángeles o porque no puedo. ¿Se sueña aquello que no se puede recordar? Siempre, con los angelitos, todo es gris salvo las nubes. La última vez, iba de turista por una ciudad en cuyo centro había un cementerio. Entraba. El lugar era entonces verde. Pequeño, una suerte de parque sin cruces ni monumentos. Atmósfera nítida. Era la hora del almuerzo y veía a una mujer, a unos metros de mí, que en un banco comía un croissant. Ya podía hablar. Lo sé porque me inquietaba, esa vez, no tener nada que decir.

(Estos textos pertenecientes a La timidez de los árboles(Colombia) fueron seleccionados por su autora)



Carolina Zamudio. Poeta, periodista y ensayista. Fundadora y actual Directora de la Fundación Cultural Esteros y de Esteros, Revista Literaria. Periodista por la Universidad Católica Argentina y Magister en Comunicación Institucional y Asuntos Públicos por la Universidad Argentina de la Empresa. Premio Universitarios Siglo XXI del Diario La Nación y Corona al Poeta en el Eiseddfod del Chubut, Premio ciudad de Trelew y Senado de la Nación. Publicó Seguir al viento (Argentina), La oscuridad de lo que brilla/The Darkness Of What Shines (USA), Doble fondo XII (Colombia), Rituales del azar/Rituels du hasard (Francia), Teoría sobre la belleza (Argentina) y La timidez de los árboles (Colombia).

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