En un templo de la antigua Kyoto
miro hacia el jardín.

Pacientemente fue adornado,
barridö y peinado,
para darle formä y serenidad
al gris y blanco de las piedras diminutas.

Cada cosa está por algo.
Nada está de más.

No hay agua pero hay cascadas.
No hay agua pero hay un río y este forma un delta con el mar.

Todo el mundo nace en los tesoros,
que son árboles pequeños.
La tortuga es decepciones y la garza la alegría.

Una piedra enorme representa a Buda.

Extendiendo todo el largo de mi cuerpo sobre la madera noble,
como un reptil antiguo alimentándose del sol

respiro.

Otra vez miro al jardín,
otra vez pregunto al cielo

¿qué hago
yo acá?




***

Cae la tarde y soy un niño
chapoteando en un morado mar de cielo.

Antes de ascender hacia mi nube roja,
las doradas ramas del divino árbol
confeccionan mis vestidos con la fina luz del sol.

Practicando mis mejores reverencias,
me impaciento ante el espejo de la luna,
pues visitaré al antiguo Dios del cielo.

Tengo miles de años y la cara tersa como el jade,
pero sé que soy mortal–
y quiero vivir por siempre en juventud.

Abrazando mi destino altivo, renegando el mundo humano,
velozmente subo al lomo de mi nube
que ahora es gentil gaviota y juntos
recorremos todo el universo.

Han pasado miles de años en el calendario humano.
¿Para qué volver hacia el lugar donde nací?
Siempre he de seguir al viento que no cesa,
navegar sin rumbo y a placer
por las estrellas de los cielos.



***

Mostrando un papel
la gente me grita:
¡Las vacas son mías!
¡El árbol es mío!
¡Los campos son míos!

Pero las vacas me siguen alegres,
el árbol me ofrece sus frutos,
los campos me dan su cereal.

Los guardias me apresan mas
nada pueden contra mi sonrisa:

Los vientos son míos,
las nubes son mías,

y mío es el sol.



***

Retirado en lo profundo, al declinar mi vida,
voy dichosö, olvidando
estas huellas de ciudad que hay en mis manos.

Apartado del camino
por más de tres montañas,
encontré un estanque limpio.
¡A sentarme y a pescar!

Vendo mis pescados por un litro de vino:
ebrio el cuerpo, sobria el alma.
Ahuyento mis preocupaciones
al ritmo de mi flauta.

Mi morada está en las nubes,
solo las gaviotas de la orilla la conocen.



***

Con un soplo rápido,
la primavera floreciente infunde el verde en las montañas.
Despierto suavemente al canto fresco de las aves.

Escribiendo en la ribera,
rememoro todos mis fracasos.

Desempolvo mis raídas vestimentas,
bebo el agua transparente del remanso,
la brisa agita mis cabellos y disfruto,
cayendo leve entre las hojas,
la luz del sol como cascada.



***

Una y otra vez las hojas secas
se han caído de lo alto de mi árbol.

Hace mucho tiempo no te veo,
es inevitable para mi
llorar al recordarte.
Ya te habrás casado
o habrá reverdecido el sauce de tu pecho en la alegría de otro amor.
En el canto de una alondra
quizás mi voz te alcance…

Cuéntame si alguna vez, entonces,
han floreado los cerezos para ti.



***

Ramas secas y desnudas
surcan el espejo de la luna.
Mi suspiro es una nuble blanca al viento.

Miro al fondo de mi copa
y me alegro de saber
que mañana en la mañana, diáfano va a ser el día,
con sus nubes gordas trashumando el prado de los cielos.

Imagino pleno de rocío el universo de las hierbas -digo-
ciertamente, amigo mío,
verdes van a ser las hojas verdes.



(Estos poemas inéditos seleccionados por el autor pertenecen al poemario de próxima publicación En el principio era la maravilla)




Omar Pinedo (Lima, 1988): Autor de artículos sobre secuencias pseudo y cuasi-aleatorias, política y economía china, y meditaciones sobre el quehacer poético. Poemas y artículos suyos han aparecido en revistas de Perú y Colombia. En el 2016 publicó Mitologías Individuales, su primer poemario. Actualmente trabaja en Diez Toros y En el Principio era la Maravilla, sus próximas publicaciones.

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