Por: Aleisa Ribalta

Fue por allá por los diez años. Los míos, digo. Los de los demás no sé. Aunque sé que algunos amigos también los tuvieron. Y nada, los dejé de ver a esa edad, por eso para mí siguen teniendo todos ellos, aún, diez años. En las fotos de la escuela, en las de mis cumpleaños, allí se quedaron congelados a esa edad, nunca más volví a verlos. Nunca más es una expresión demasiado larga y dolorosa, pero es la medida de los sueños, los que se fueron por el mar y no volvieron. Así como los barcos cuando se van al pairo, como los papalotes a bolina, así se fueron los amigos y los primos y los sueños con ellos. Y de barcos se llenó, por cierto, el pueblo…

El pueblo donde yo nací, donde viví toda mi vida, se hizo famoso por algo tan terrible como un éxodo masivo, el más conocido de la historia de mi país, que para los que allí nacimos es la historia de nuestro pueblo, la historia de nosotros mismos. No olvidemos la trocha aquella con Maceo y hasta Majana, ni la caída estruendosa del avión de Agustin Parlá. Pero el éxodo llegó como película, a la mente de los niños que fuimos y no como hecho histórico, hasta mucho después de sucedido. Todavía al recordarlo sigue siendo el largometraje más tremendo que allí se filmara. Allí hasta sale un tal Dávalos que hizo muchas fotos y publicó un libro que yo compré y le pedí su firma.  

Los recuerdos, esos que no nos abandonan ni a palos, siempre como el cine, así de recurrentes. De vez en cuando, uno no quiere ni verlos, no está para eso, hasta que se te activan en el coco y te pasan la película completa. 

Para nosotros ver tantos barcos juntos en un pueblo de mar, era una alegría. Éramos niños, nos encantaba verlos llegar, cada vez más y más. Aquellos mástiles de lejos parecían un cementerio, pero no lo sabíamos, no presentíamos que lo que se moría allí era la unidad. Se fue llenando el mar de todo, flotaba lo que fuera. Cada día íbamos a ver qué traía la marea, una nata de artilugios desconocidos. Fosforeras, tubitos de desodorante, botellas y latas de coca-cola, ”ah, la yuma”, decíamos… Las fosforeras las volvíamos a llenar, al desodorante le aprovechábamos lo que quedaba, a la coca-cola no podíamos hacerle nada pero bueno, ya era bastante verla por primera vez así, aunque solo fuera el envase. 

El lío era entrar y salir del pueblo, nos parecía raro pero era el protocolo establecido. Si ibas a la Habana o a La Boca, lo que fuera, si pasabas por el entronque de La Panamericana, a los padres les pedían el carnet, las tarjetas del menor de los hijos, nos teníamos que identificar. ”O sea, parece que si no eres de aquí no puedes entrar”, pensábamos. Y eso también nos resultaba interesante, a los niños que fuimos nos gustaba. El pueblo solo para nosotros, para mirar los barcos, para recoger después lo que trajera el mar. 

Nadie nos contó exactamente de qué trataba la cosa, pero bobos no éramos. Se fueron yendo los amigos, les gritábamos de todo a los que se iban. Había mítines diarios, se puso de moda escribir la palabra ”Cabrón” en las fachadas de las casas y tirar huevo pa’ aquí, huevo pa’ allá, que dejaran muchas marcas, mientras más marcas mejor. Aquello era un problema para los que se mudaban a aquellas casas, primero clausuradas y luego otorgadas, porque los nuevos inquilinos podrían tener casa pero no podían borrar aquellas marcas con nada, eran para siempre, el huevo y el carbón más que indelebles. 

Tampoco se borraban los gritos, todavía uno tiene esos días de cine, en que se le proyecta el peliculón con pin pon fuera y todo. ”Carter no tiene madre porque lo parió una mona” y con diez años no lo piensas, pero qué darwinismo el de este compositor, y lo de ”aé la chambelona” ya es el no va más de la banda sonora del horror. Recordar es volver a vivir, y aquí estamos, cuarenta años después, remake tras remake. Y cada vez que alguien saca eso, se levantan ampollas. Basta que un joven cineasta se saque las imágenes de la manga, o del archivo del ICAIC, o del coco de todos los que lo vivimos, porque tan joven es que tal vez no las tiene en sus recuerdos pero uno sabe que hay genética hasta en el acto de hacer cine. Las imágenes no tiene derechos en la mente, son como decía Jung: parte de todos. A todas estas el Instituto no quiere dar la aprobación para su uso, o primero las autoriza y luego las censura. El Instituto cree que eso le pertenece, que además podría borrarlo, que es como negarlo cuando ellos estimen conveniente. 

Pero resulta que no, que lo tenemos clarito, que no se nos olvidó a los cincuentones que hoy somos, que para nosotros esa es la primera vez que el cine entró al pueblo. Porque para nosotros en el ochenta, y después de las tandas infinitas de Bruce Lee, aquella era La película. Cambió tanto la vida de un pueblo apacible de la costa norte. Un pueblo que ya de por sí tenía un enorme castillo, unas montañas, un manantial, un río con afluentes, una fábrica de cemento, un puerto y una bahía con barcos, un pueblo bello y tranquilo. La película se fue poniendo cada vez peor, el final fue abierto. Se fueron los amigos, la familia, los primos más hermanos. No les podíamos escribir, no supimos más de ellos, aunque como protagonistas de la película recordábamos aquellos gritos del guión, repetidos una y otra vez, el pin pon fuera de nunca acabar. 

La verdad que el mío es un pueblo cinematográfico, el cine volvió a aquel pueblo dos veces más. Casi ocho años después volvió el cine, en la forma más inverosímil, Un señor muy viejo con unas alas enormes(1988) se filmó allí, y la verdad que el pajarraco daba grima, íbamos todos a verlo, era lastimero. En el 92 volvió y otra vez por El Henequén, la locación preferida de los cineastas. Con El elefante y la bicicleta(1992) trajeron un carromato y muchos actores conocidos, nos parecía mentira pero era el cine de nuevo y en aquel pueblo. Y nos apuntamos todos de extras. 

Después no sé cuántas veces ha vuelto el cine a mi pueblo, pero en el ochenta aquella película, la de los gusanos que se iban con los sueños al pairo, fue la más taquillera.




Aleisa Ribalta (La Habana, 1971). Nacida en Cuba, reside en Suecia desde 1998. Poeta, traductora y coordinadora cultural. Ha publicado Talud (Ekelecuá Ediciones, 2018), poemario traducido también al catalán en edición bilingüe (bokeh, 2018) y Tablero (Verbo Desnudo, 2019). Ha participado en las antologías Poesía escrita por mujeres (Verbo(des)nudo, 2018) y Todas las mujeres (de fulanas y menganas) (Fundacionarte, 2018). Coordina el cuaderno digital La Libélula Vaga (www.lalibelulavaga.com), donde se difunde autores de todo el mundo.

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