Ceremonias de la pérdida

No hay extensión más grande que mi herida.
Miguel Hernández


Ya soy la tierra

Ya no soy el canto.

Ahora soy perro que se estrella con la nieve
con el aire en el alma de los grillos.

Ahora piedra
piedra de una patria alma centenaria.

Agonía de la delicada tierra
de semillas vendadas.

El silencio de las ramas ya no dice
nada. En el óvalo del reflejo han
castigado la sangre que no tengo.

En mis manos sucede
un suicidio de capullo.

Aquella amante del agua
perdió los colores del viento.
Papel, abanico del dolor.

Grietas en el ruido
que pudrieron el verde color.

Perdimos el fuego y el horror tuvo
mar.




Ciclo negro

Vida.

Amanecer fetal
que traza desde el simbólico horizonte
hasta una multitud de ocasos.

Mismo sol cruza el abismo elevado
para ver arder nuestra carne.

Los ojos estallan en un montón de nubes,
los cráneos irrompibles se van perdiendo
en la lejanía de lo que se está yendo.

El ardor de nuestros pies conducirá
a ese lugar fuera del mapa, donde habita
la densa belleza.

En el medio giro llega la danza ebria y dejamos
todo en herencia del Gusano que ve helar
nuestra carne.

Multitud de madrugadas donde todo
lo trazado queda, donde todo se ha sabido en el
Anochecer maduro.

Muerte.




Elegía a Lorca

A María Clemencia Sánchez y Carolina Gómez

Te vio nacer la luna
y el nardo a la cinco
de la tarde.

Absoluta criatura en
flor de aire.

Madre, ¿lo estás viendo?
El fin lo trae del viaje
con sus mariposas adheridas
a la carne.

El mismo viento corre
en Granada.
El mismo río corre
devorado por el tejido
de ese momento.

La silueta de un niño
se siente al otro lado
de su alma.

Madre, se está muriendo.
Un blanco aroma cubre su pecho,
los lirios de sus dedos
se los traga la tierra.

¡Qué mugidos de dolor a las
cinco de la tarde!

Las bocas escupían al cielo
mientras corceles negros lo invadían.
¿De quién es esta noche?
No la quiero ver.
Pobres alas verdes que hacen temblar el campo
y la muerte es un abanico de gestos y de cantares.

Aquellos ojos consumieron el temblor de Granada
y despiertas cuando ya no eres ni un hombre, ni un poeta,
ni las hojas, sino el pulso herido de un perro,
que te vio morir en un montón de huesos apagados.




Reina de espadas

Acaso eres la habitante del silencio
que me atrevo a recordar desde las
moribundas cruces del moho.

Luz sin luz cerca del mar donde nos
derramamos, como el esperma seco
de las noches.

Ni las flores se atreven a pudrirse en nuestras
garras de tierra seca. Nadie se atreva a besar esta
calavera viva o muerta.

¿Cómo mirarte desde la tormenta con los
ojos desatentos y el ruido que despierta
la sombra de los labios?

Ni el olvido puede tocar esa frágil silueta
que alguien grita. Eres la dicha infinita
de la hierba y el miedo.

Amanecemos eternamente,
expulsados de la ceniza de la noche.
Solo acertamos a ver como tu cabello
camina por el cielo y nuestra alma
no tiene el rumbo, ni el infierno.



Santiago Galeano Muriel nació en 1997 en Colombia (Medellín). Actualmente está estudiando el pregrado de estudios literarios en la UPB. Se ha visto envuelto en la poesía de Dante, García Lorca, Lautreámont y León de Greiff. Desempeñándose en la poesía, ha podido publicar en la editorial ITA, en Paradoja ediciones, en la revista Sinestesia, la revista digital Al Poniente y la editorial Arnica y se encuentra actualmente en la batalla de publicar su primer libro de poesía.

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