George Mario Ángel Quintero: Otro animal, otro vivir



Por Aleisa Ribalta

A. R. : Hace tiempo que quiero hacerte una entrevista. Empiezo como el gato, muerta de curiosidad. ¿Cómo es que tienes tantos nombres? ¿Hubo poco consenso en la decisión de tus padres o fue premeditado todo eso?

G. M. A. Q. : Es como si uno hubiera nacido en la corriente sobre la parte más honda del río, en esas aguas turbias de lo irremediablemente revuelto, que se deslizan por su lecho como huyendo y que de repente halan hacia una ribera, y luego, sin ceremonia, ni dar siquiera seña alguna, hacia la otra. Haber nacido entre países, entre culturas, y entre idiomas, tuvo la consecuencia inescapable de luego vivir como un ser que se identifica, o más bien se radica, entre nombres. Pero hay muchas y muchos que comparten mi condición.

En mi caso, mi etiqueta resultó de una discusión entre mis padres. Desde su ternura de paisa, colombiana, mi madre quería que yo tuviera un nombre que le sonara conocido, algo reconfortante, otro Jorge Mario, como tantos que caminaban su ciudad natal, y aún la caminan hoy. Mi padre, en cambio, era la voz de la razón. Era por él que estaban viviendo en un país al norte, entre gente extraña que hablaba un idioma lleno de bulla e indiferencia. Fue mi padre el que dijo que sería cruel y perverso, ya que vivían allá, darle un nombre al niño que los estadounidenses nunca pronunciarían como debe ser. Si sus amigos le dirían George a la larga de todas maneras, ¿por qué no nombrarlo así de una vez?

Esas fueron las circunstancias bajo las cuales fui rotulado George Mario Angel. Esto solo se empeoró después, cuando vine a vivir a Colombia, y adquirí mi segundo apellido, y nací de nuevo como George Mario Angel Quintero. 

A. R. : Y entonces, cuando empezaste a escribir y publicar, ¿cómo resolviste este asunto de identidad?

G. M. A. Q. : Llegó el momento que, en un intento de controlar el caos, dividí mi identidad artística en dos. George Angel era el escritor que publicaba narrativa y poesía en inglés, y Mario Angel Quintero era un poeta, dramaturgo, y director de teatro colombiano. Luego G. A. se metió con la música, e imágenes dibujadas y pintadas por M. A. Q. empezaron a aparecer en las portadas de libros y en los afiches.

A. R. : ¿Hay algún otro nombre que usas para tus actividades literarias y artísticas?

G. M. A. Q. : Por ahí tambien se sabe de un tal G. Leogena, que se gana su vida efímera como traductor literario, y que es dado a compartir sus reflexiones en ensayos cortos y en reseñas sobre las actividades teatrales de su ciudad. Hay un Arno Geelegg, que publica textos cortos, surrealistas e irónicos. Finalmente, se asomó alguna vez una E. Leona Gregg que publicó un par de reseñas (American Book Review) de libros en inglés.

A. R. : Curioso eso que cuentas, eres una suerte de Pessoa con muchos heterónimos. ¿Y en qué se diferencian esos alter-egos tuyos? 

G. M. A. Q. : Curiosamente, hay diferencias de personalidad entre el poeta en inglés y el poeta en español. Alguien en Struga dijo que yo usaba el poeta estadounidense para poder navegar entre la gente, y que así podía proteger al poeta colombiano que tenía por dentro. Pero en términos de los textos, la verdad es la opuesta. Descubrí con los años que George Angel es un poeta mucho más íntimo e interno que Mario Angel Quintero. M. Angel Quintero es más de la calle, más juguetón, y más social en general. (No uso la tilde en Ángel porque mi padre no la usaba). George Angel es dado, en cambio, a capturar momentos sintéticos de experiencia. MAQ busca el contacto y crear conexiones entre la gente. Fue idea de MAQ hacer el vidnic que se hizo con el libro La Materialidad. MAQ es el que se metió al teatro, con todos los choques y la mediación de personalidades que eso implica. A diferencia de GA, quien se mete a la música como una especie de comunión con armonías elevadas más allá de lo humano. Estos dos poetas suelen usar vocabularios muy diferentes.

A. R. : Y hablando de traducciones cuando ves un libro tuyo a otro idioma, ¿qué sientes? ¿cómo lo has experimentado?

G. M. A. Q. : Es difícil explicar la liberación que se siente cuando sale un libro de traducciones a un tercer idioma. En esas ediciones, vuelven a casa (aunque sea en una cultura extranjera) todas las voces fragmentadas y se supone que todo el contenido fue escrito por el mismo ser, y todos los impulsos son incluidos. Termina siendo que al alejar una poesía, paralelamente muy autóctona, de sus dos idiomas de raíz,  se logra sanar una expresión parcial e inconclusa.

A. R. : Siguiendo con tus dualidades, háblame de California y de Medellín vistas por los ojos de un hombre como tú, que ha navegado en dos aguas, dos culturas.

G. M. A. Q. : Mi sangre, mi ADN, viene de Medellín, Antioquia. Aún se ve la estatua para la cual mi abuelo fue modelo. La montaña está llena de muertos y cubierta de flores. Es una ciudad industrial como muchas. Pero el aire está lleno de pájaros y las carretas en la calle rebosan de frutas. La gente es abierta, generosa, amigable, y animada, pero al mismo tiempo es cerrada y recelosa. Es una ciudad inquieta, en busca de transformaciones. Es una ciudad joven, donde cualquier cosa puede pasar, y eso la hace atrevida al mismo tiempo que es profundamente conservadora. Ciudad de bulla y parranda. En Medellín, se vive el destierro al quedarse. La ciudad se encarga de desorientar y desubicar al residente. Es una ciudad que no se resiste a tener que revolverse la viceras cada día, y que fácilmente se desarticula en sectores y familias formadas por historias de provincia.

A. R. : ¿Y San Francisco?

G. M. A. Q. : Aunque nací en todo el centro de San Francisco, California, debo decir que es una ciudad donde uno nunca llega del todo. Es una ciudad que se ve a sí misma pero que no quiere sacar conclusiones. Es una península al borde de un continente. Ha sido la capital mundial de la libertad y una coordenada de la imaginación. Desafortunadamente, hoy vive de la nostalgia al ser inundada por capital tecnológico, y ha perdido casi todo lo salvaje y apasionado de lo que fue cuando viví allá. Sin embargo, como ciudad innovadora, como ciudad asiática, San Francisco sigue siendo un más allá, perpetuamente a punto de ser tapada por la llegada de la neblina.

A. R. : ¿Y cómo eres tú de lector? ¿De dónde se supone que has bebido? ¿Qué lees y qué no lees?

G. M. A. Q. : Lo que leo tiene mucho que ver con cómo leo. Leo para que me sorprenda el texto, para presenciar el acontecimiento. Quiero que cada texto me enseñe una nueva manera de sentir el mundo. No necesariamente otra manera de pensar el mundo. Para mí pensar es un proceso emocional. La razón es un juego al cual el pensamiento se somete a ratos. La semilla del misterio viene más bien de percibir, de las reacciones que vivimos en el mundo de la sensación. Aquí incluyo de una vez por todas las sensaciones de la imaginación y de la memoria. La sensación del tiempo, la sensación que el ser llena el cuerpo, la sensación de ser fugaz e insignificante, la sensación cuando se acerca otro ser, la sinestesia, la sensación de contacto, que siempre nos evade.

El resto son gustos, como los sabores de helado. Me gustan los poemas que rompen el mundo, quizás porque empecé leyendo Vallejo y Huidobro, Stevens y Dickinson, Valery y Ponge, Mayrocker y Celan, Bracho y de Greiff, Dante, Leopardi, y Montale, Mandelstam y Khlebnikov, Cesaire y Walcott.

A. R. : ¿Pero lees prosa?

Me gusta la prosa que asume los rigores de la poesía, como en Raymond Queneau, Arno Schmidt, Virginia Woolf, Bruno Schulz, Mary Butts, Amos Tutuola, Robert Pinget, Barbara Comyns, José Lezama Lima, Sasha Sokolov, Virgilio Piñera, Yasunari Kawabata, Sei Shonagon, Samuel Beckett, y muchos más.

A. R. : No me has dicho lo que no lees, y sé que se te quedan muchos de esa lista, pero quiero saber qué es lo que no te gusta de lo que se publica, sin nombres pero con argumentos. 

G. M. A. Q. : Al hacer la lista pensé en todos los que no estaba mencionando. A Yeats, a Nicanor Parra, a Roberto Juarroz, a Lezama y Piñera como poetas, a Severo Sarduy, a Borges, un Gran poeta de la muerte. A Pizarnik.

La poesía que no me interesa es la «poesía», es decir en la que ves el resultado de intentar escribir poesía. Ya centro y suramérica se están contagiando de la plaga del poeta profesional. Estos son seres que aprenden en talleres y en estudios de creación literaria a construir un contenedor para poemas, como si fuera un pocillo para el café, y lo que  quepa ahí por definición es un poema. Y así se arman fábricas de poemas en todo el mundo. No me molesta que la gente lo haga, pero no leo ese tipo de poesía cuando me encuentro con ella. Hay poetas muy conocidos y conocidas que escriben de esta manera. Otro animal, otro vivir.

A. R. : Bien, he comprendido, y por esta vez me permito estar de acuerdo. Entonces,  ¿de qué se ha nutrido la tuya, cómo te alimentas poéticamente hablando? ¿Qué hay de una tradición y escuela?

G. M. A. Q. : Admiro el trabajo de muchas y muchos poetas, la lista es demasiado larga. Siento afinidades con algunas y algunos poetas colombianos. Pero la verdad es que mi práctica poética en español se ha alimentado mucho más de vivir en mi ciudad con sus ritmos y bulla, y de escuchar el habla de la gente a mi alrededor, sus expresiones, su humor, su profundo sarcasmo e ironía. Si le preguntas a un paisa si es optimista o pesimista, te dirá que optimista. Si le preguntas por qué dice eso, te dirá, «Toca.»

Mi trabajo no tiene nada de costumbrismo ni de folclor, pero participa en un vivir, en un estar jodidos juntos, que informa de sus ritmos, metáforas, y construcción. Así que su semejanza a otra poesía colombiana es de raíz y no de escuela.

A. R. : Bueno, entonces, hablemos del viajero, del tipo que se maravilla ante los paisajes y la gente, que conoce a otros e interactúa. Recuerdo que una vez me contaste que estuviste en Estocolmo, la capital del país donde vivo ¿qué impresiones te causó asistir a ese festival de poesía?

G. M. A. Q. : Cuando llegué al Stockholm International Poetry Festival a fines de noviembre del 2016, me llevaron directamente del aeropuerto a Drottninggatan, la Calle de la Reina en el centro viejo en la ciudad. Yo, seguramente, tengo una idea totalmente equivocada de cómo es esa ciudad, y de cómo es Suecia. Me dejaron al frente del museo de los premios Nobel. ¿O será que Suecia es un país donde las palabras de Stringberg están encrustadas en la misma calle? Será que en todo el país uno pasa por puentes de piedra de un castillo de hadas a otro y que se encuentra con los bloques gigantes de hielo atravesando la vía. Me acuerdo que pensé, «¿Bajó qué especie de encanto está este sitio?»

El hotel donde me hospedaron era amplio y antiguo, y mi habitación tenía un balcón hacia adentro, donde uno veía las personas conversando en la recepción y el restaurante. Me acuerdo que salimos a comer cocina sueca tradicional en un restaurante a unas cuadras del hotel, y que mi cena fue una preparación con sabor y sazón de la carne de algún animal que en vida había lucido cuernos.

La sede del festival era un teatro a la vuelta de la esquina del hotel. Me sentí en casa en ese ambiente, y la atmósfera de un espectáculo continuo por tres días le dio al festival un aire particular, casi de vaudeville y de los espectáculos de tablas a comienzos del siglo veinte. Hubo música, teatro, y mucha poesía. Estoy muy agradecido con Madeleine Grive, la Directora del festival, por haberme invitado. Me encontré con algunos amigos, y conocí poetas brillantes como Aase Berg, y el poeta joven británico, Harry Man.

A. R. : Así que una cuidad y un país encantado, eso me pasa, me pasa a mí también. Tanta belleza, y una naturaleza que casi habla, además. Tienes que volver, te espero acá. Gracias, te quedó mucho por contar, así que vuelve. 




Mario Angel Quintero. (San Francisco, Estados Unidos, 1964). Poeta y artista multifacético colombiano. Hijo de padres colombianos, George Mario Angel Quintero vive sus primeros treinta años en San Francisco. Estudia literatura en la Universidad de California y es becado en creación literaria en la Universidad de Stanford. Como George Angel, publica poemas, prosas y ensayos en revistas literarias estadounidenses; también publica los libros en inglés: Globo (1996), The Fifth Season (1996), y On the Voice (2016). Desde 1995 reside en Medellín, Colombia, donde bajo el nombre Mario Angel Quintero, publica los libros de poesía Mapa de lo claro (1996), Muestra (1998), Tentenelaire (2006), El desvanecimiento del alma en camino al limbo (2009), Keselazboga (2014), Mapa de las palabras (2014) y los libros de dramaturgia Cómo morir en un solar ajeno (2009), La sabiduría de los limones (2013), y Calamidad Doméstica (2016). Es integrante de los grupos musicales Underflavour y Sell the Elephant. Es co-director y dramaturgo del grupo Párpado Teatro, con quien ha llevado más de veinte obras a escena. Publica sus ensayos en las revistas colombianas Babel, Diverciudad, Interregno, A Teatro, y Revista de Extensión Cultural (Universidad Nacional Sede Medellín).

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