Edesa Ramos llegó a Manila procedente de Cavite. Anticipándose a la espesa niebla del amanecer cruzó la bahía  en el ferri que inauguraba  la jornada, encargado de enlazar la vida de una ciudad  con la vida de la otra. Era el primer día del mes de Octubre de mil novecientos setenta y cinco, fecha marcada con unos parientes para hacer la exhumación de los restos  de su madre que falleció repentinamente hacía un poco más de tres años cuando una caprichosa  bacteria se le alojó en el cerebro. 

Edesa siempre fue una enamorada empedernida de la ciudad  que la vio nacer, quizás justamente por eso a raíz de la desgracia decidió  irse a vivir a Cavite. Sus ojos sorprendían y hasta llegaban a hechizar desde  la provocativa desproporcionalidad que proponían en comparación con su cuerpo pequeño, menudo, y avispado. 

La ceremonia en el cementerio sería alrededor de las dos de la tarde, por lo que  disponía de unas seis horas para hacer un paseo ligero, organizar su breve estancia en la ciudad, almorzar y comprar unas flores. Aunque aún  le quedaban varios familiares allegados viviendo en Manila que le brindaban sinceramente su hospitalidad, cada vez que regresaba ella  prefería  alquilar  la pieza de un hotel. 

Tomó un taxi para que la llevara hacia el barrio La Loma, en realidad quería estar cerca del sitio donde desde una circunstancia muy peculiar volvería a encontrarse con su madre, de ese  modo si perdía la noción del tiempo, como era común en ella, no habría  ningún tipo de sobresalto. Después de casi cuarenta minutos de recorrido en taxi caminó por  una calle estrecha,  angosta. Se detuvo ante un hotelito venido a menos  y, comprendió que solo le serviría para estar unas horas durante el día, bañarse y hacer una siesta, ya que concluido su compromiso en esa zona se movería hacia el centro donde seguramente indagaría por otro. 

Al asomarse  por la ventana  de la pequeña habitación percibió  algunos techos como extraños tableros donde sería posible desplegar partidas interesantes. Pero de repente su mirada fue mucho más lejos, tanto que posiblemente lo que estuviera mirando estaría fuera del alcance de la propia ciudad: algo había despertado de su pasado, y de su interior, quizás oprimido por un tálamo  perverso y robusto. Era una imagen del reverso, una suerte de mezcla entre lo que logra parecerse a una premonición, y  lo que es un deseo desaforado. Toda esa fuerza que la recorrió como un soplo la hizo sentir estimulada, firme, con la extraña  sensación de que no debía negarse  a nada de lo que su destino inmediato le presentara. Al regresar se dio cuenta que lo único que mediaba entre  la discreta ventana a la cual permanecía recostada y el cementerio era la Ave. Andrés Bonifacio, fue entonces que decidió  empezar a poner las cosas en orden. 

El cementerio mirado desde un mapa hacía recordar sin mucho  esfuerzo la forma de un hacha, vaya símbolo que decidió trazar a través de su acelerado crecimiento  esa pulcra institución que se enraizó en un extremo norte de Manila. Cercenar, talar, borrar, para dejar paso a inesperados retoños. 

En realidad la Necrópolis era pintoresca y atípica. Justo en la entrada por donde penetraría Edesa funcionaba un hospital chino, dispuesto tanto en el personal como en la tecnología de manera  impecable.  Parecían saltar a la vista las enfermeras  menudas con sus cofias blancas. Estas, miradas a la distancia que ofertaban los extensos y pulcros pasillos llegaban a semejar   mariposas que terminan por volverse legítimas tras una danza geométrica. Algunos pacientes que no recibían pase  durante los fines de semana permanecían en el hospital convirtiendo sus actividades recreativas en auténticos espectáculos.

Al ser miércoles  el centro asistenciario se encontraba sumergido en el ajetreo de un día   común. Los chinos fueron inventándose  aquel jardín que exhibía la gracia de una mezcla de agilidad y simetría. Antes de pasar por ese sitio ella sería sorprendida por acontecimientos  capaces de trastornar algunas  ideas que hasta ese  momento parecían ser firmes en ella.

La ciudad vivía una energía fuera de lo común, algo que ciertos habitantes interpretaban como  un frenesí y otros como una letanía, en realidad  no estaba  al tanto de aquello que iba a suceder para transformarse en el corazón áspero de la ciudad. Inusual en su bombeo, en su mariscada  irrigación de la sangre que al brotar  lo haría hasta mezclarse  con el agua de un buche que tiende a ser  amargo. El corazón estaría allí, inmerso en su forma de pugilato, un poco levantado del nivel donde  las olas rompen sin conseguir otra aspiración.

Cuando se percató que eran casi las nueve, sintió hambre y bajó nuevamente a la calle, sin mucha dificultad pudo comprender que algo extraordinario estaba por producirse. Un hermoso escarabajo se atravesó en su camino, la paró en seco, haciéndole olvidar la urgencia por los alimentos. El animal parecía rematado por un betún natural. Edesa lo colocó en la palma de la mano desde donde  el hallazgo saltó hacia un arbusto, casi completamente despoblado de hojas. Recordó un episodio cruel: varias cabezas de estos seres arrancadas por aburrimiento,  manera grotesca de incorporarse  a un grupo. Muchas  veces en diferentes etapas de su vida, sobre todo cuando experimentaba algún tipo de agresión o ultraje dichas cabezas brillaban en lo más recóndito de sus sensaciones.

Llegó a un sitio que se ajustaba a lo que estaba procurando para un desayuno  que le permitiera permanecer el resto del día inmersa en otras  actividades. Pasado unos treinta minutos  se sentía complacida, con un ánimo inmejorable, en lo que parecía la recta final de aquel banquete matutino.  En el momento que iba a pedir su cuenta para marcharse irrumpió un grupo de hombres jóvenes, fanáticos de un tipo de cosa que a primera vista, ella no logró descifrar. Entre todos sobresalía uno esbelto, de ojos bien azules, que no terminaban correspondiéndose con la piel inclinada hacia un indiscutible mestizaje, entonces algo la golpeó bien adentro. Parecía ser que su organismo se había detenido para intentar descifrar aquel signo que portaba un cuerpo extraño y para ella brutal. 

Cuerpo repentino, retorno de una historia que no estaba preparada para retomar, una especie de  mediano eslabón, que se expresaba a través de una mancha o lunar rampante en el rostro del joven, bien hacia arriba, casi donde  le comenzaba a nacer el cabello. 

Fue entonces a través de  palabras sueltas intercambiadas entre miembros del grupo, que logró percatarse de que aquella pandilla se aprestaba para  presenciar un  combate de boxeo profesional. Lo que no pudo comprender  en ese instante  fue que se trataría de una de las peleas más crueles y recordadas en la historia de ese deporte.

“Nunca presencié nada más parecido a la muerte”: dijo muchos años después el médico de Mohamed Alí. Pero cuando Edesa descubrió al hijo de Elker la pelea ni siquiera había comenzado, nada le interesaba más en ese instante que dejar al desnudo aquella sospecha que insistía en presentársele.

Fueron otros tiempos en los que ella era apenas una estudiante de segundo año de la carrera de arquitectura, apareció Elker con su esplendor,  llegado de Noruega, y dieron rienda suelta a una pasión iniciada una noche de invierno a través del Pasig River : un capricho del mar, que como si fuera un río atraviesa finamente la barriga de la ciudad, y allí donde  se bifurca dejando atrás su propio rastro de culebra infestada, en ese accidente crucial, parece haber ocurrido todo.

Ahora solo faltaban unos minutos para que comenzara el pleito entre Mohamed Alí y Joey Frazer. Edesa tenía que ser rápida y precisa, nunca más había pasado por su mente, ni siquiera en este momento la posibilidad de volver a buscar a Elker, fue  otro el impulso al que cedió con sorprendente disposición, el de poder acostarse  lo antes posible con aquel joven del cual no tenía la menor duda que era el descendiente filipino de su  antiguo amante. Pagó su cuenta, después de haber rasgado con discreción un pequeño extremo de la misma, donde aprovechó  para escribirle unas palabras al joven, al pasar por el lado del grupo se la entregó. El mensaje significaba exactamente que quería acostarse con él, y allí  también estaban todas las señas exactas para que pudiera encontrarla sin la menor dificultad. El joven experimentó una sensación brusca, algo así como si la tierra debajo de sus pies se moviera, pero en eso continuaría  pensando sólo después del combate, pues en ese momento disponían nada más que del tiempo justo para llegar al coliseo.

Al principio, todo quedaba dentro de lo creíble, pero parece  que apenas bien en el principio. Después las figuras reales que se golpeaban no lo fueron más, adquirieron una condición mítica de la cual no  lograron salir. Las cabezas eran dos orbitas, dos planetas .Una giraba desde el eje flamante del ataque, y la otra lo hacía desde el espacio heroico  de la resistencia como  si en esa circunstancia se convirtiera en una forma imborrable de la belleza. 

Después de catorce asaltos levantaron la mano de Alí, pero desde su propia esquina, y sentado ya que sus piernas no le permitieron incorporarse. Frazer quería proseguir pero sus ojos se cerraron de la hinchazón como si hubieran sido asediados por un persistente avispero.

La madre de Edesa no se había desintegrado de la forma calculada, por lo que fue una exhumación  engorrosa, en la cual la carne  casi diseca perseveraba en su pasión por el hueso, ella sintió el efecto de lo orbital, el pasado volvía a raspar bruscamente sus órganos, sus manos que también sostenían el nylon negro a donde ahora irían a parar los restos, percutían como si tuvieron ante sí un arpa. Terminada  la ceremonia caminó con sus parientes hasta la parte más elevada del cabo del hacha, lugar que de manera armónica cerraba las puertas del cementerio . Allí se separaron, ella regresó al hotelito, y desde allí llamó para hacer una reserva en otro situado hacia el centro de la ciudad, y recogió con ligereza las pertenencias que aún permanecían encima de la cama.

Instalada ya en un hotel más confortable, rozando la intensidad de la madrugada sonó en su teléfono la música celta que anunciaba una llamada desconocida, en efecto el joven había sido enganchado por la curiosidad y el atrevimiento; sin titubear lo convocó a la habitación donde se encontraba, concentrándose para esperarlo totalmente desnuda.

Pudo prescindir hasta de su nombre; solo pensaba  en cerrar un ciclo que en verdad la perturbaba, y debido a lo ardiente de su memoria la remitía a una constante frustración. Sintió que aquel hermoso miembro al que ahora se  enfrentaba  limpiaría todo la resaca dejada por una pasión inconclusa. Se lo acarició poniendo lo más puro de sí en ese acto, siendo recompensada por una abundancia francamente indescriptible; entonces tuvo el tino  disfrutar como le corría esa sustancia  por varias zonas del cuerpo, fue un tiempo denso, donde pareció multiplicarse el sentido de la existencia; ambos habían archivado una jornada memorable; un torbellino épico extendido sobre Manila como un molusco.        




Ricardo Alberto Pérez nació en Arroyo Naranjo en 1963. Sus libros de poemas más recientes son ¿Para qué el cine? (Unión, La Habana, 2011) y Vengan a ver las palomas de Varsovia (Letras Cubanas, La Habana, 2013). Publicó una antología personal, Los tuberculosos y otros poemas (Torre de Letras, La Habana, 2008). Ha traducido a Paulo Leminski y otros poetas brasileños. Es integrante del grupo literario Diáspora.

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