BEETHOVEN


La vejez entra en el rostro del joven Rembrandt, la vejez
urdida por manos invisibles en un panal de violetas y silencio,
a la búsqueda enloquecida del resplandor, más allá de la sombra,
como un pez luminoso en tus ojos almendrados,
a la búsqueda de la piedra filosofal,
construida por el temblor de las aguas,
girando de un cielo hospitalario, a un verano negro, 
y arrancando las parejas en el polvo. ¿Lo recuerdas?      
                                                 
No creo en las violetas del silencio, ni en el resplandor,
pero ellos creen en mí. No
hay unidad en la cara oculta de la luna,   
ni en la curva de tus hermosos pechos. Tú sonreías
con el vino elemental. Pero en las bondades del engaño
se pudren los ciclones. La vejez entraba
en el rostro del joven Rembrandt,
arrancaba los frutos del Árbol de la Sabiduría
y descansaba en la cocina, junto a una llama palpitante.
Y tú cantabas: La vida es sueño,
despertar es lo que mata.  
                                                                                                      
Me dices que Beethoven perdió el oído, era cruel,
pero tenía talento. Era un alivio para el cuerpo, 
no para el alma, muerta de miedo,
extraviada en aquel verano negro. ¿Lo recuerdas?                              
Qué cruel era el futuro del hombre:
comprar el pan a precio de carbón.
En la advertencia del amanecer,                                                        
la unidad del destino en lo universal.



HA MUERTO EDUARDO GARCÍA

Ha muerto demasiado joven Eduardo García.
Los amigos estamos desconsolados, no podemos creerlo.
No podemos aceptarlo por nada del mundo.
Era demasiado joven, estaba lleno de vida.
Los amigos no podemos encajar su muerte,
porque todavía no ha muerto. No vencerá el olvido. 

En la copa de un árbol construyó una casa
como refugio, con cuartos en penumbra, muchachas verdes,
donde obra el azar el don de los encuentros. 
Una casa donde se es feliz de algún modo, 
donde las estaciones crujen y crecen, 
con secretos pasadizos que conducen 
a la profundidad de la noche;
y si miras por la ventana, de pronto amanece.

Quizá su alma se fundió en el último amanecer,
y ya es el mismo ser de la alegría,
el mismo cielo.

Me dijo con su último aliento: ¡Vive y sé feliz,
disfruta todo lo que puedas de la gran belleza de la vida,
antes que a tu cuerpo se lo coman los gusanos,
antes que tu tiempo acabe, porque el mío ha llegado a su fin!

Eduardo no ha muerto, Eduardo vive.
Ahora vive en el cielo y en un anaquel de biblioteca,
sus libros lo mantienen con vida,
sobre la tierra, bajo la tierra.


                                           (A la memoria de Eduardo García
                                         (Sâo Paulo,1965- Córdoba. 2016)



HELENA

Me encontré con Helena, la que vende el pan, 
en una calle estrecha como sus medias negras,
 la que invita al viaje.                                    
                                      Helena, 
tengo hambre de piedras, hambre de árboles.
El cielo siente nostalgia por el cielo. La tierra está seca.
Necesita lluvia, tu pura lluvia.
                                                  ¿Brotará
el agua de tus pechos de azucena,
para que el árbol seco no muera?                    
                                                      ¿Podrías
tú levantar el olor del pan
hasta la azotea, hasta un país lejano
y eclipsar las rapsodias de Homero?
                                                             Helena,
qué crueles eran los griegos, (en la plaza salvaje, 
el olor se hizo añicos), qué estúpido era Ulises, errando por puro placer 
                                                                                   [en la rosa de fuego.


Y Helena responde: la guerra de Troya no tuvo lugar, 
no existió nunca, no.
                                   Pero sí la lluvia,
la pura lluvia, brotó de mis pechos de azucena,
en la calle estrecha como mis medias negras,
donde vendo el pan de oro.




HOY ES LUNES

Hoy es lunes entre dos viernes. Los refugiados oyen en la cripta del corazón el pájaro de la barbarie y arriendan su nombre a la compasión.  Los refugiados gritan contra el cielo lo que Dios no escucha, motivos del corazón entre dos mitades de sombra y de peligro y que lentamente se hunden como un buque.  Mujer universal, estoy cansado de morir solo. En otro tiempo amé a una piedra, pero la piedra era el salvaje capitalismo de este país, mi país, donde el ser está condenado a no ser. Entré adonde nadie entra, en el pozo sagrado de mí mismo, donde carcome la herrumbre, donde no hay ángel, ni diamante, ni verano; sino el dolor, la corrupción, la avaricia, la usura, la infamia, la guerra y hasta la misma muerte. Desperté envuelto en sábanas mortales, con la herida sexual del enigma de una mujer universal, bebí hidras y pájaros sangrientos en la oscuridad. Los refugiados arrendaron su nombre a la compasión, cavaron una zanja muda, era la prisión de la pobreza. La sublevación es inútil. Las mujeres rojas saben que Pushkin tiene toda la culpa de animales que nadie vio. Nadie es nadie. Hoy es lunes entre dos viernes. 



EL ÁNGEL DEL DOLOR

EL ángel sube a las habitaciones de la sangre donde pesa la sombra y sabe que vive porque oye llorar a los muertos. Lo que dice la noche, sólo el ángel sabe descifrarlo. Ninguna noche se avergüenza de su oscuridad y cada muerto lleva su pan al otro muerto. El ángel en la frontera del bosque de los sueños y los planetas y el armario de las palabras dobles. Lo que dice el día, sólo el ángel sabe descifrarlo. El ángel yace en un lecho de amor, de tres mil mujeres en una sola mujer, que amó hasta el delirio. El ángel del dolor quería ser silencio de campana, el caballo que llora en la multitud enterrada. El ángel del dolor se pregunta quién soy yo. 



DEL CAOS A LA ESPERANZA

Hablo de amor, de los cuadros del sufrimiento; 
del hombre que ha caído en desgracia,
y regresa cansado y con un gran dolor
después del entierro de su padre.

Hablo de música que crece en la calle vacía
del domingo, de la roja iglesia neogótica,
de los dos miserables restaurantes, de la fiesta
que parecía la celebración de la tortura.

Hablo del relámpago amarillo de los narcisos
que florecieron con éxtasis, bellos y perfectos,
del brillo de la luna como el de una alcancía,
de los jóvenes aburridos de los juegos olímpicos.

Hablo de María Zambrano muerta de miedo
por las ratas, del terror de las largas tardes,
de las altas conversaciones, de pesadas botas,
del griterío astral en la geometría del abismo.

Hablo de la locura de don Quijote en la Cueva de Montesinos,
de Quevedo que cruzará el agua fría y será polvo enamorado,
de San Juan de la Cruz en éxtasis. Hablo de las cicatrices
de una Belleza extraña, que nos sana dañándonos.

Hablo de las mujeres florecidas en el amor, de los hombres
que tienen amistad con el Rey y con los Presidentes.
Hablo de un mundo que gira del caos a la esperanza, 
de una España indivisible, con libertad y justicia para todos.



NADIE VIO LAS DOS CARAS DE LA LUNA

Nadie vio las dos caras de la Luna.
Nadie vio los rostros amados en la unión
del negro vértigo y la dicha de ser. Nadie,
si vas con mucho amor te dora el aire,
la pulsación de su voz única.
¿Quién canta las delicias que soñamos?
¿Quién nos cambia de sitio el corazón?
La Belleza es el Ángel caído que respira en
tu espalda, existe y no existe en los astros.
En la Casa de las Palabras Blancas,
hay rostros que se fueron sin decir adiós.



ÚLTIMA LUZ                                           

Oh Dios del viaje inevitable, Dios del destino.
Oh el volcán errante en la danza sagrada.
Oh Dios deseado y deseante, la última luz.

Oh la inspiración de abrir tus ojos.
Dios de la tierra de fuego, el aire adormecido
por el espesor del verano: un nudo negro.
¿He amado yo un sueño?
                                           No

 sé. Oh palabra que se hizo carne; y habitó entre nosotros, y hemos visto  
su gloria: la gloria del unigénito Padre, lleno de gracia y de verdad.


Oh casa de las palabras blancas, extraviadas
en la geometría ardiente del relámpago,

                                             o escondidas bajo las alas del Ángel de la Guarda;
                                              el que riega los huertos con baldosas de oro,
                                              el que escribe del nacimiento hacia adelante,
                                              la arquitectura de la memoria, la metalírica.


Oh el Árbol del Pan, eterno enjambre del deseo,
Dios del verano negro como las urnas
de las que se arrancan las constelaciones. 

                                                        Oh poderoso astro de ebriedad, 
                                                        oh jardín de las delicias que ahora reverdece
                                                        con espasmos crujientes.

Oh el maestro del pincel vertical:
aprendiendo a aprender,
el Sol de las contradicciones.

                                                 Oh el médico del racismo científico
                                                 que observa a un insecto en el ámbar, y duda

si lo va a devolver a la choza de perejil
o lo va a dejar entrar en el nuevo capítulo del plan milenario.

Oh tú que pasas como un rumor de girasoles y hélices.
Oh el estómago de la utopía,
el cuello de vasija para el corazón del escribano.

                                                                Oh química roja del corazón,
                                                                mi semejante, mi hermano invernal,
                                                                la luminaria última del frío.

Oh Dios de los espíritus levantados y de la danza sagrada.
Dios de las flores que arden en tu vejez,
la traición ideal de las rosas.

                                                                  Oh tú, el gran decisor,
                                                                  el que crea y concede la vida.
                                                                  Oh el sabelotodo, oh felicidad.

Uno al fin, en el pozo sagrado de mí mismo,
el grito de mi corazón que le habla a los muertos
en la geometría clamorosa del abismo.

                                                            Oh Dios de los navíos naufragados
                                                             y de la negra enfermedad,
                                                             mendicidad de rostros invisibles.

Oh pájaro azul que cantas y te alimentas en mis venas.
                                                                                         Tú eres mi enfermedad
                                                                                          y tú me salvas.


                                                   (A Alfredo García, del Monasterio
                                                   de San Miguel de Escalada. León)

(Poemas seleccionados por su autor del libro: El Atleta del Abismo)



Antonio Ángel Agudelo (Villaviciosa, Córdoba, 1968) es poeta, antólogo, ensayista e investigador literario. Estudió en la Universidad Laboral de Córdoba. Cada nuevo libro de este poeta inclasificable que ejerce la poesía como un sacerdocio, retirado en la soledad de los bosques, es todo un acontecimiento. En su obra destacan: El Sueño de Ibiza, (1ª y 2ª edición Diputación Provincial de Córdoba, 2008 y 2011), (3ª Ed. 2012, Ediciones Depapel); la antología Paisajes Corchúos, (2009, Diputación Provincial de Córdoba); Madreagua, (2012, Ediciones Depapel); La Central Térmica. Haikús, (2012, Ediciones Depapel); El Mundo Líquido, (2014, Editorial Celya), que viajó hasta la Biblioteca del Congreso de Washington, El Cielo Ajedrez (2016, Editorial El sastre de Apollinaire); y la antología bilingüe: El Cielo Ajedrez. Sky Chess, (2ª edición) traducido al inglés por Claudia Routon (University of North Dakota (EE. UU.), y El Atleta del Abismo, (2019, Editorial Catorcebis). Agudelo ha sido traducido al inglés por Claudia Routon y al portugués por Aurora Cuevas Cerveró. Habitualmente participa en los Ciclos “Citas Literarias”, de la Diputación Provincial de Córdoba, y “Letras Capitales”, del Centro Andaluz de las Letras, y en los programas de la Comunidad de Artistas “Debajo del Sombrero, Punto y Seguido”, de Radio Miami (EE.UU.). Paralelamente, Agudelo ha cultivado el ensayo en torno a la experiencia poética con La palabra inicial, teorías del mundo. Ha sido jurado de los prestigiosos premios de poesía Acordes y Vicente Núñez. Ha sido incluido en las Antologías: En pie de paz (Javier Fernández, Plurabelle, Córdoba, 2003; La Luna en Verso (Francisco Acuyo, Granada, 2013); MapucheZenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez (País Vasco, 2014); Quejío, (Córdoba con Grito de Mujer 2015); Poesía en la Bodega (Antonio Flores, Ateneo de Córdoba, 2017); y Versos para bailar o no (Javier Irigaray, ed. Almuzara, Almería, 2019). Ha participado en las revistas: «Noche Laberinto» (Colombia), «Desván» (Madrid), «Sopa de Ornitorrinco», «Suspiro de Artemisa» (Córdoba), El vuelo del flamenco (Cartagena) etc. Ha participado en el Festival Internacional «Cosmopoética, Poetas del Mundo en Córdoba (2011 y 20012)»; en «La Noche en Blanco de Granada (2013)»; en el III Encuentro Internacional de Poesía Ciudad de Úbeda (Jaén, 2016); y en el VIII Encuentro de Poesía Mística en el Monasterio San Miguel de Escalada (León, 2017). Actualmente colabora en la Revista Internacional de Cultura Visítame Magazine, de Nueva York (EE. UU.)

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