(Crédito de la foto del autor: Mario Ruiz)






Coralia llegó al basurero sudando, las tripas sonándole, los pies calientes y cansados. Lo vio y se detuvo. Abrió bien los ojos, para verlo. De inmediato se acordó del sueño que la había estado persiguiendo las últimas noches. Como en un cuadro de Magritte, hombres trajeados caían del cielo. Oscuros goterones de aguacero aterrizando en cámara lenta. Coralia estaba abajo y corría por un campo gris y sinuoso, eufórica, al encuentro de aquellas figuras, gritando:

—¡Maná! ¡Maná del cielo!

Entonces despertaba, confusa.

Un catre desvencijado. Ponchos viejos y apestosos. Su casa, una covacha de machimbre y láminas repletas de chapopote, al fondo de un barranco. Un par de tortillas convertidas en carbón sobre cenizas todavía humeantes. Ella se reprendía por quedarse dormida a cualquier hora y recreaba la imagen del sueño. Se desperezaba, absorta, moviendo los dedos de los pies, contemplando sus uñas largas y mugrientas, sin saber qué significaban las palabras que gritaba en sueños. No tenía qué comer, pero tenía sueños.

La luz del sol de mediodía atravesaba el miasma condensado a lo largo de todo el basurero —un vertedero de un par de hectáreas—, iluminando la escena como en los teatros. Arrastrando los pies, Coralia se acercó, con más ingenuidad que con cautela, y se embrocó para verlo mejor, para cerciorarse de que no sólo era ropa. Vio a su alrededor, presintiendo que alguien a su vez la estaba viendo. Estaba prácticamente sola, excepto por unos perros costilludos que hurgaban montones de basura a unos metros de ella y algunas gentes, muchísimo más lejos, rodeando un camión municipal que recién llegaba para la descarga.

El tipo había caído en uno de los agujeros, poco profundos, que los basureros usaban para acumular desechos inservibles, la mayoría de ellos orgánicos. Traje negro, camisa blanca, corbata oscura enrollada en el cuello y zapatos de charol. Un hombre de no más de cuarenta años, imberbe y con unas cejas casi imperceptibles; su piel parecía maquillada de palidez y frialdad mortuorias. Sus pómulos, como dos chinchones, y la escasez de carne en su cuello rebelaban delgadez, quizás finura.

¿Qué hacía un tipo como aquél, que desencajaba totalmente con la precariedad y el salvajismo de un gigantesco vertedero, a casi cien kilómetros de la ciudad, tirado entre pedazos de cartón mohoso, fruta podrida y desperdicios? El sentido común de Coralia, mujer adulta con cuerpo de niña, se debatía entre la incredulidad, la curiosidad y el miedo. Agarró su palo y se agachó para puyarle una pierna y ver si reaccionaba. Sus tímidos intentos fueron infructuosos, lo que la llevó a pensar en que si no estaba muerto, al menos sí inconsciente. Lo único que se movía sobre él era una irregular manada de mosquitos y alguna que otra mosca verdosa.

Como quien acaba de encontrar un fajo de billetes en la calle y sospecha que alguien más se ha dado cuenta del hallazgo, Coralia repasó aquel terreno desplegando con precisión su mirada vidriosa y ambarina. Distinguió a una pareja de andrajosos elevando costales de basura y vaciándolos con fuertes sacudidas, pero por suerte estaban lejos y no parecía que tuvieran intenciones de acercarse. Aunque fuera domingo, día en que la mayoría de los basureros descansaba, había que respetar los límites de «recolecta». Todos sabían más o menos dónde empezaba y terminaba el territorio del otro. Raquíticos pinos, agrupados como hermandad de espantapájaros tiznados, servían de mojones.

Alzó la vista y, aunque le parecía absurdo, no descartó que el tipo hubiese caído desde las alturas, donde incansables zopilotes hacían su ronda cotidiana, agudizando la vista, definiendo coordenadas

para descender y alimentarse. Retrocedió unos pasos y se sentó en su piedra. Recostando su frágil espalda en el tronco talado de un pino, dador de nula sombra, quedó a la espera. Paciencia le sobraba, pero optó por dormir un rato. Pretendía que al despertar no hubiera nada más que basura en el hoyo, que las cosas retomaran su rumbo. Seguramente eran espejismos. Seguramente era su imaginación. Seguramente estaba viendo mal. Un chiste sangrón. Una treta mental. Sí, al despertar sólo habría basura y ella le prendería fuego, para que el hoyo no se llenara. Y después buscaría cosas, objetos rescatables. Recolectaría algo para vender, algo para vender y poder comer. Algo.

Pero no pudo dormir. Ahora que quería, ahora que lo necesitaba. El tipo parecía tener un imán que hacía que Coralia no pudiera mantener los párpados cerrados, que hacía que, como hipnotizada, se acercara al hoyo para observarlo. No podía dejar de verlo ni de preguntarse quién era y por qué había caído ahí, en el agujero. Su semblante tranquilo y su halo de iluminada parecían revelar una especie de despreocupación, tomando en cuenta que podía estar frente a un cadáver. No pensó en las repercusiones. Al fin y al cabo, una pobre recogedora de basura era incapaz de hacerle daño a nadie. La debilidad en sus gestos y las manchas blancas en su cara y en sus brazos hablaban por ella; frente a un espejo, Coralia no era más que una figurita de barro descascarada con el pelo chamuscado.

Una cucaracha, como una costra oscura que cubre toda una rodilla, apareció entre un pedazo de pelota de plástico y un montículo de huesos de pollo y servilletas podridas. Se topó con la inerte cabeza del tipo y fue directamente a su oreja derecha, metiendo medio cuerpo en ella. El tipo no se movió. Fue la figura de Coralia, acercándose más, maximizada, la que asustó al insecto e hizo que se apartara y se perdiera entre la basura.

Una especie de corazonada le decía que el tipo no estaba muerto. Volvió a su piedra, a seguir esperando. Mientras pasaban las horas, recordó la última vez que había ido a la ciudad. Allí todos brillaban, olían diferente, tenían prisa. Iban como empapados, exhalando vapor como si fueran perros buscando el sol después de haberse revolcado en un charco. Iban como barnizados, nítidos, omnipresentes. La noche anterior había soñado que iba a la ciudad y algo así ocurría. Soñó que al verla, que al percatarse de que ella andaba por ahí, callejeando con su costal de recolecta lleno de cachivaches para venderlos, todos se tapaban la nariz, todos se cambiaban de acera, que la evitaban, que la veían de reojo.

Ahora estaba sola, en el confín de un basurero. Hilillos de humo, pestilencia y aves de rapiña. Estaba sola. Ella y el tipo que… ¿había caído del cielo? Viéndolo bien, era como la gente de la ciudad, era como uno de ellos. Ahora caía en la cuenta, con su traje y su brillo en el pelo, en los labios, en los zapatos.

Pasaron dos, tres, cuatro horas. Cansada de esperar, cansada de ver que él no mostraba señales de vida, se levantó, agarró su costal y se lo echó a la espalda. Antes de las cinco de la tarde, las nubes y el humo infectarían la tarde de una oscuridad precoz que solía servir de alarma para que los basureros juntaran sus cosas y se prepararan para volver a sus covachas.

Coralia caminó unos metros, titubeando. Una lechuza estaba escondida en la copa de uno de los pinos, dejándose mecer por el viento. Sus ojos cerrados por pobladas cejas. Coralia la vio y se detuvo. Había visto muchos pájaros, pero nunca una lechuza. Intentó seguir caminando, pero no pudo. Le pesaban las piernas. Sentía que sus pies se habían hundido en la tierra. Sin más remedio, cerró los ojos, temerosa, reprochándose ahora por su curiosidad, por su curiosidad de niña en cuerpo de mujer adulta. Entonces sintió que era la lechuza y que abría los ojos y que la luz no le molestaba. Lo que sucedió enseguida hizo que su corazón palpitara más rápido y con más fuerza. Sintió una ola de calor subiéndole por las piernas y luego escalofríos. Se vio a sí misma desde la copa del pino. Vio el horizonte y se vio allá abajo, paralizada, con su ropa sucia y remendada, con su costal de recolecta lleno de cosas que jamás vendía, agarrándolo fuerte, creyendo que era la mano de un niño que forcejeaba para escaparse de su lado.

Sintió cómo el viento la balanceaba de un lado a otro y que sus garras se aferraban fuerte a una de las ramas. Sintió que su pecho se inflaba, que en cualquier momento podía asfixiarse de oxígeno. Sintió un sonoro gorjeo en el buche y el piojillo recorriendo las profundidades de su plumaje. Una especie de hormiguero en su espalda y molestos pinchazos en su frente hicieron que volviera en sí. Abrió los ojos. Nada la sorprendió más como haber visto hacia arriba y darse cuenta de que no había lechuza. Coralia trató de entender lo que sucedía, pero no le alcanzaron las fuerzas. Su mente recreó una escena en donde ella, desnuda, era empalada y cocida a fuego lento, y un intenso mareo la llevó al suelo.

El cosquilleo de los mosquitos paseándose por su nariz la despertó del breve letargo. Coralia intentó sofocar un grito al notar que se encontraba hundida entre la basura, en el agujero. El tipo ya no estaba; en su lugar estaba ella. Asustada, trató de incorporarse y salir a la superficie. En su cabeza vagaba una lejana idea de lo que podía estar sucediendo. Difícil explicárselo. El vacío que llevaba en el estómago desde hacía días era real, pero casi ya no podía percibirlo. Salió y casi se fue de espaldas al ver al tipo afuera, sentado en su piedra, con los ojos cerrados y un palo —su palo de remover basura— descansando en sus piernas. De nuevo no parecía estar vivo. Ahora lo podía ver mejor. Sí, era alto, grande. Tenía un aspecto sereno e inocente. No daba la sensación de que fuera peligroso. Además de ese aire inofensivo, parecía que no respiraba. Era como un muñeco, rígido, imperturbable.

Coralia presintió que al cerrar los ojos de nuevo, algo extraño ocurriría. Pero no pudo evitarlo, el sopor podía más y ella seguía débil. Allí mismo volvió a quedarse dormida y se vio sentada en su piedra, con su costal y su palo. Y de pronto un fuerte dolor en el pecho le provocó despertar, moverse, revolcarse en el suelo. Pero ya no pudo. Sus oídos se taparon y empezó a ver que la imagen del basurero se difuminaba como un recuerdo remoto. Todo inmerso en niebla, acaso humo. Como si aquel campo abierto y agrietado estuviera ardiendo. Sus extremidades sin fuerzas, cuajadas de una incipiente oleada de frío. Con lágrimas estancadas, contempló la escena. Y todo le pareció… intacto. Del cielo cayó el maná para mitigar el hambre que ya no sentía, la náusea ahora caducada. Primero quietud; después oscuridad. Cinco o seis zopilotes bajaron, batiendo sus alas, y se acercaron a ella dando saltitos, en silencio, con sus ojos pletóricos y relucientes.





(Este cuento pertenece al libro Epifanía doméstica de la nostalgia pura)



Rafael Romero (Guatemala, 1978). Narrador y poeta. Licenciado en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Creador de la revista digital Te prometo anarquía. Sus textos han aparecido en revistas de Latinoamérica y España. Ha publicado: Distensión del ansia (Alambique, 2011), El convoy en el que habito se desplaza entre tinieblas (Ultramarina, 2013), Orgánica palabra (Sin Tecomates, 2014), Nadie advirtió el rencor de las precipitaciones (Círculo Cultural, 2015); Génesis y encierro (Cultura, 2011), Entelequias (E/x, 2015), Epifanía doméstica de la nostalgia pura (Tregolam, 2019) y la trilogía El elegido, Chichicaste y Zánganos (Alas de Barrilete, 2012-2014). En la actualidad, reside en Madrid y se desempeña en labores editoriales.

Share this Post