Daniel Araya Tortós: seré pez si me llama el mar

 

 

SALMO DE INSURRECCIÓN

Aún no abro los ojos

Malditas sean tus palabras.

No hay túnel ni luz en aquella senda, Señor.

Solo una vibración que se ahoga.

No, no pesan tus lloros;

pero tu capricho escupe mi polvo.

¿Quién por mi historia aboga?

Aún no abro los ojos.

Malditas sean tus palabras.

¿Era urgente levantarme?

Nuestra carne, sí, es débil;

pero más aún tu poder de preguntar.

No pondré pies en la tierra.

La muerte no es el calvario;

sino tener voz infértil.

Aún no abro los ojos.

Malditas sean tus palabras.

¿Hacia dónde andaré?

Pondré otro clavo en tu cuerpo

en frente de tus enemigos.

Mi copa y la de miles solo rebosa

de bocas agrias, vinagre y tierra.

¿Era necesario que resucitara,

levantarme para echarme a andar?

He abierto los ojos.

Malditas sean tus palabras.

 

 

TAREAS PENDIENTES

Si los abrazos vuelven,

si el calor algún día renace.

Que la pasión tenga cabeza;

los egos se cuestionen

y la luz nos alcance

para todas las manos.

Si la normalidad regresa,

recordemos que no funciona.

En Pejibaye, la muerte

es un dominó.

Cuando muere alguien,

todos compran ataúd,

alistan el pan, el aguadulce

y los abrazos falsos necesarios.

Hay fosas que parieron selvas;

Nunca entran veinte ladrillos exactos

y tiran cemento para que las almas

permanezcan fugitivas y las mentiras sigan.

Verán niños correteando sobre los nichos,

bajando las gradas y

gritándonos que el llanto es monosílabo

e igual necesita cesuras.

Veinte ladrillos pueden cubrir un

nicho en el cementerio de Pejibaye;

una sola muerte basta para saber

que vendrá pronto el alud de cadáveres.

La gente cierra las ventanas,

abraza a sus enfermos,

cuida los fósforos de encenderse

demasiado pronto, demasiado tarde.

Cuando abren un ataúd, el recuerdo

se viste del viento que ondea las banderas

y los temores.

La muerte aquí tiene el pelo rugoso

y las manos de adolescente.

Camina con cinco mil identidades

y un nombre tibio, cotidiano:

Juana, Mario, Eduardo.

Poco importa su rostro, su andar

o la estúpida idea de temerle.

En Pejibaye, la muerte

es un dominó y huir de ella

es tan inútil como dudar más

de la navaja, de la casa propia

que del grito de los niños.

 

 

REMODELAR EN MALA HORA

Amanecí en la sala;

no… bueno, sí, sobre la cama.

Había que desalojar la habitación.

Desnudo, pero debo empezar.

Desde el desabrigo se nace,

se muere y se renace.

Hay que correr la basura:

mesas, cajas, escritorio, muebles;

la cama estuvo fuera desde siempre.

Sobra el polvo, hay que barrer una hora,

sacudir los relojes para que haya tiempo.

Atrapo monedas; una alergia, dos alergias;

poemas en llamas y cenizas en blanco.

Un muñeco mal vestido y el gato de la infancia.

Veo un rodapié tan estorboso como una planta.

Urge arrancarlo. Duermo con comején entre los dientes.

Saco barrenillo, más polvo, otras cinco alergias.

Donde estuvo una cama encuentro lágrimas

Para las noches en que sean necesarias.

Hay paredes rotas, un juguete con frío;

Libros desechados y cartas de febrero sin destinatario.

Caras para ocasiones imposibles,

un hoyo que llega a otras diez habitaciones

y silencios que se filtraron hasta la prensa.

Aquí todo está roto.

¿Y con la habitación?

No, aún no empezado.

Sigo desnudo en la cama.

 

 

RE-TORNARE

Los caminos a Patria del pez

siempre abrazan con bramidos de verde

y el uroboros de lo amado que nos desconoce.

Desconozco cual pacto con dios

o gota de sangre de Urano

dio parto a esta palabra cerámica

donde siempre está nublado.

Solo noto, al buscar un significado

a los tallos, que un niño observa

al mismo punto que yo

y pregunta.

Sí, las mismas preguntas que hice

y ahora me parecen estúpidas:

“¿Ya casi llegamos, mami?”.

“¿Cuál es ese árbol?”.

“¿Viste esa montaña tan alta?”.

Tenemos las mismas facciones.

Él tiene las manos más frescas

y yo la conciencia más cargada

y unos cuantos pies que no me llevaron

a sitio alguno más que a mi vientre.

Ahora, también tenemos las mismas preguntas.

Le pregunto por la mujer que no sabe que existo;

por qué algunos motociclistas tienen

la necesidad de hacer tanto ruido;

por qué a la poesía le va tan mal cotizando en bolsa

y desde cuándo se ve el otoño

en pleno centro de América.

Su mirada me dice nada.

Nada, la misma respuesta que tengo.

Sus pequeños dedos de percusionista

me recuerdan que quizás debería bajarme

de aquí bailando, con los pies de frente

y terminar con vuelta carnera.

No sé terminar un poema como no sé

cuál pie bajarme del autobús,

plantarme ante una audiencia

o pedir perdón.

El niño me mira a los ojos

y lo sé ahora.

Me bajaré saltando de la ventana,

sin pedir parada ni auxilio.

Apenas empiezo el viaje

y en una curva ciega podría terminarse.

Total.

Los poetas, los choferes de autobús

y los recién nacidos

andamos tan lejos para volver a nada.

 

 

REGENERACIÓN

Donde no haya tierra,

haré polvo lo que me quede.

En gran altura y aire escaso,

mi alma será pulmón;

aire mis pies.

De vivir no quiero salvarme;

si la vida se vuelve puñalada,

con el llanto me arranco el puñal

y el abrazo fiel me suturará la herida.

Lapidaré el silencio con mi canto

y lo invocaré cuando me pese el camino.

Aprendo a hacer agua con mi sonrisa,

raíces con mis manos, semilla el corazón.

Soy el árbol que cae mil veces en la noche

y se levanta con el rocío, deshojado y fuerte.

No le temo a no volver de una caída,

seré decenas de ramas, flores y cigarras.

Seré pez si me llama el mar,

nube donde me diga el cielo;

alas donde encuentre un colibrí herido,

lava cuando el volcán quiera hablar.

Quiero ser abrazo donde duele estar roto.

Antes necesito mi propio beso,

romper la asfixia de mis palabras,

el silencio en mi garganta,

la duda tras el acto.

Donde no haya tierra,

haré polvo lo que me quede.

Lapidaré el silencio con mi canto.

 

 

Daniel Araya Tortós, (Pejibaye, Costa Rica, el 22 de agosto de 1998). Es estudiante de la carrera de Filología Española en la Universidad de Costa Rica.  Ha formado parte de varios talleres literarios y participado en varios recitales de poesía a lo largo del país.

En el año 2019, con el poema “Sobre una última caminata en el mar”, apareció publicado en la Antología Y2K de poesía y microcuento, organizada por la Editorial de la Universidad de Costa Rica. Asimismo, varios de sus textos fueron publicados en las revistas Altazor y Campos de plumas

Ha facilitado el Taller de encantamientos literarios de Turrialba Literaria y participado como jurado en diversas etapas del Festival Estudiantil de las Artes en Costa Rica.

Actualmente, es parte del equipo editorial de Nueva York Poetry Press, editorial con la cual publicó Reposo entre agujas, su ópera prima, en el año 2019.

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