(Una foto de Omar Sanz. @lenguajedemudos)

A David Trueba

Hubo una vez, una tarde de aire caliente y promesa de aguacero en la vieja cinemateca de Casablanca, La Habana, en la que a las cinco de la tarde iban a proyectar una de mis películas cortas antes de la película larga, protagonista de la tarde. Hacia tanto calor que las puertas del cine estaban abiertas, la claridad entraba por doquier al viejo teatro de varios pisos y muchas plateas. El cine estaba lleno, lleno de gente obediente que miraba a la pantalla. Pero también había muchas personas interesadas en tocarse mirando a las señoritas de al lado. No sé por qué la función empezó a demorarse y no empezaba. Todos mirando a la pantalla esperaban y se entretenían hablando entre ellos o mirando las pequeñas broncas y trifulcas que se formaban entre el público decente y los señores calurosos, una especie de desamparados sucios, que no paraban de tocarse el pantalón. Cada cuatro segundos los voyeurs eran descubiertos y no les quedaba otra opción que huir. Ante los ojos de todos se escuchaba un grito mientras salía uno y otro. Mi entrada me la había comprado Claudia, mi ex mujer, que me estaba esperando en una silla de platea. Cuando me siento a su lado, ansiosos por ver el resultado de mi corto, me doy cuenta que a mi izquierda y detrás estaba este director de cine español tan gracioso, ameno, delgado, de unos sesenta años que no parecía tan mayor. David no me había visto, lo saludo.

¿Estás en Cuba? No me habías avisado. Le digo que un día de estos salimos y lo llevo a algún lugar de La Habana de noche, que no conozca. Me viro y sigo mirando a la pantalla, en espera. La función se demora y David me pregunta por un lugar cercano para comer algo ya que tiene un hambre tremenda. Claudia que sabe de buenos sitios le recomienda Don Julio, un lugar cerca, en precio y sabroso. La gente, muy obediente, seguía mirando a la pantalla, pero no había película, nadie hacía nada: ni se movían, ni se quejaban por el retraso. A cada rato un policía pasaba y vigilaba que los que se tocaban estuvieran tranquilos, si no, se los llevaban. El resto miraba adelante, conversaba bajito. Por las puertas entraba un aire cálido casi de Sahara, naranja, polvoriento. Las construcciones de la sala estaban bien oxidadas… ¿Estábamos en Cuba o en la India? Dilatado el tiempo, pesado el aire. Aburridos. La espera. No empezaba nada. En la pantalla no había imagen. De repente David se levanta, se va al extremo final derecho del cine y empieza a hablarles a todos. Entretiene a la peña. Hace una historia muy bella. El público se gira, sin saber bien quién es este señor, lo escucha y se deja llevar por la bella anécdota que él hace de cuando venía a Cuba en los noventa porque tenía un proyecto con una cantante llamada María Antonieta; y María Antonieta pa’ acá y pa’ allá. Ahora no recuerdo bien como era el relato, pero qué lindo era. Todos en la sala encantados con el cuento, riendo. Claudia y yo nos mirábamos y decíamos: qué buena onda David. De repente del lado derecho del fondo escuchamos una voz que interrumpe, y vemos a una mujer delgada, misteriosa, femme fatale, con una chambra verde enroscada en la cabeza, como un faquir y unas gafas redonditas oscuras. Era ella, la actriz…

Que evidentemente conocía de atrás a David, por algo que desconozco quería hacerse la graciosa. Intervenir. Ser parte. Y le empieza a preguntar si no recuerda esos años de La Habana, que estaba ella también y un gordito misterioso llamado Pablo… David, no sé por qué, con mucha educación trataba de evitar la conversación con la misteriosa mujer que estaba ahí de casualidad.

Algo se me escapaba, entre estos dos había pasado algo. El tal Pablo habría tenido que ver seguro. No sé. No sé bien por qué me los imaginé a los tres en un apartamento de micro brigadas con cigarros y ron barato, asomados al balcón frente a la bahía, cerca de la iglesia de Yemayá.

Una época que ya no está. David, un poco dolido por algo, corta suavemente a la actriz y como un Humphrey Bogart la va alejando, se va deshaciendo de ella para seguir su historia. Aplausos.

Se acaba ya el cuento y David vuelve a su silla. Seguimos todos mirando al frente. No acaba de empezar la película. De repente uno de los espectadores de la primera fila se levanta cansado de esperar, como sabiendo que ya no va a haber peli, y otro tras él, y otro, y todos van llenado el pasillo y las salidas. Se van satisfechos, sin haber visto nada, pero con la actitud de que esa tarde pasearon, ahora hay que enfrentarse a la realidad, a qué se va a comer hoy, a las colas, las guaguas… Salimos del cine, no sé por qué no pudimos ver nada, ¿un fallo técnico?, da igual, nos vamos satisfechos, obedientes.




Carlos Lechuga. La Habana 1983. Director, guionista, script doctor, ghostwriter y muy cinéfilo. Estudiante de la FAMCA del ISA y de la EICTV. Ha dirigido hasta ahora varios cortos y dos largos. Ha trabajado con cineastas como Humberto Solas, Juan Carlos Tabío, Iciar Bollain. Sus obras han estado en varios festivales internacionales como Toronto, Rotterdam, San Sebastian y en museos como el Moma.

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