“Yo te digo” dijo el sujeto, al acercarse a la barra y sentarse como en su casa en el taburete junto al tuyo.  “Yo sí que he aprendido a evitar odiarme a mí mismo por ser yo mismo como soy” siguió diciendo como si continuara una conversación que había suspendido momentáneamente debido a alguna banal interrupción.  No es que te estuviera mirando a ti, pues en sí le hacía señales al cantinero para que le sirviera algo de tomar.  Y aunque dijera estas cosas sin estar dirigiéndose a ti necesariamente, ¿a quién más sino a ti le hablaba?  No estaban sino solamente él y tú sentados en la barra…  Tuviste la sensación de que, aunque sus palabras parecían oscilar entre las que uno dice para sí y las que se dicen para iniciar una conversación con un extraño, te hablaba a ti como si fueran viejos amigos que continuaban una casual conversación en la barra de un bar.

Tú estabas ahí tomándote un trago para calentar el cuerpo o celebrar la primera nevada del invierno, ya que era tu primer invierno en esas partes y al parecer tú no estabas muy preparado para recibirlo.  Hacía poco tiempo que te habías ido a vivir allí, al “País Norte”, por causas laborales.  Fueron muchas las veces que te dijeron que los inviernos allí podían ser brutales.  Para qué negarlo, tú sabías muy bien que había una tormenta de camino que les traería por lo menos treinta y seis pulgadas de nieve para ese día; pues en la televisión y por la radio no se hablaba de otra cosa.  Sin embargo, a pesar de que el día anterior habías ido a la ferretería a comprar cola para unas mesas que se te había dado por construir (ahora que tenías espacio en donde ensayar carpintería), no se te ocurrió en lo más remoto de tu ser el comprar una pala de nieve; las cuales tenían esparcidas por cada centímetro de la ferretería como hace el sombrillero en los días de lluvia alrededor de su puesto.  Que conste que ese que no vio las palas de nieve, ese no eras tú; pues eres de las personas precavidas.  Pero, era como si inconscientemente habías decidido que al no pensar en ello, al rehusarte a reconocerlo y encararlo, o al ignorarlo y no prepararte para su llegada, ibas a prevenir que viniera.  Pero la nieve vino y cayó en desmesura, a pesar de tu denegación a aceptar lo evidente e inevitable.

Esa mañana al levantarte miraste por la ventana y viste que ya había caído por lo menos once pulgadas, y que seguía nevando copiosamente.  Viste a los vecinos del frente, que paleaban la nieve en la entrada de su marquesina, y no te afrontó en lo más mínimo.  Ni siquiera se te ocurrió que tendrías que palear la nieve de la entrada de tu propia marquesina; simplemente no te pasó por la mente.  Y que conste, que tu entrada no está pavimentada, ni es llana: es de gravilla compactada, en una bajadita inclinada que desciende desde la calle hasta la marquesina, y con una media cañada que cruza de un lado a otro, la cual te dejaron de regalo las pasadas lluvias de otoño; y, lo mejor, con una extensión de unos cincuenta pies de longitud.  Pero no, simplemente continuaste con tus rituales matutinos: poner el café; cepillarte los dientes, afeitarte, ducharte; servirte un pozuelo de café con leche y sin azúcar, y comenzar a tomártelo mientras escogías qué ropa ponerte; vestirte; sentarte en tu mesa de trabajo y escribir la entrada cotidiana en tu diario (mientras mirabas por la ventana y la nieve no dejaba de caer encima de todo lo ya cubierto) mientas seguías sorbiendo del café con leche; meter el diario en el maletín; llenar de agua el pozuelo sucio y ponerlo en el fregadero; tirarte una chaqueta por encima y salir de un salto a encender el carro para que se fuera calentando; y mientras se calentaba, prepararte un termo de café con leche para levártelo a la oficina; ajustar la temperatura del termostato y apagar todas las luces; ponerte el abrigo, la bufanda y el sombrero; coger el maletín, termo y paraguas, cerrar la puerta e irte a la oficina.

No fue sino hasta ese justo momento, cuando te disponías a sacar el carro de la marquesina que te llegó a la cabeza la noción de que de no palear esas once pulgadas de nieve en ese preciso momento, lo más probable es que no ibas a poder salir de la marquesina a la calle; y de poderlo logar, a tu regreso habría unas treinta y seis o cuarenta pulgadas de nieve acumuladas, y cuarenta pulgadas de nieve debe dar mucho más trabajo para palear que once; o que si bajara la temperatura, todo se congelaría.  ¡Qué carajos habías estado pensando!

Sacaste del baúl del carro una pala de corte punto cuadrado, de nueve pulgadas de ancho, y arremetiste contra la nieve.  Esta pala había sido tu perfecta compañera para sacar rápidamente cualquier vehículo de debajo de una pila de nieve creada por los camiones de limpieza de la ciudad; algo que habías hecho mil veces a través de los años, tanto para ti como para los vecinos agobiados por la tarea de sacar un carro de una pila de nieve con una cuchara.  Pero, claro, no estabas estacionado en la calle y ya no estabas en la ciudad de Nueva York, donde la cosa era simplemente cuestión de limpiar la nieve debajo de la ruedas de tracción y salir como un bólido.   Te quitaste el abrigo y comenzaste a palear nieve.  Paleaste unas cuantas veces, pero bien no habías comenzado cuando empezaste a sudar y a cansarte.  Mientras más paleabas, más larga te parecía la entrada y por ende mayor la cantidad de nieve que tendrías que palear.  Muy pronto tu mente comenzó a vagar por pensamientos tales como cuán fútil era todo ese palear; pues muy a pesar de ello, para cuando habías llegado a palear un trecho de unos quince pies, ya otra pulgada de nieve había caído donde habías comenzado.  ¡Para qué entonces, a ver, para qué!  Y al detenerte un instante a tomar aliento, recostándote sobre el mango de la pala y limpiándote el sudor de la frente, la vecina de en frente (quien al parecer te había visto en tal percance y se había compadecido de ti) cruzó la calle y vino a ofrecerte prestada su pala, que era una verdadera pala de nieve: una de esas grandotas, con un palo tubular en curva, diseñado ergonómicamente para disminuir el doblar del cuerpo al recoger y tirar la carga que tan rápidamente conduce a esa fatiga muscular que sentías en esos precisos momentos.  Y claro que te rehusaste y le dijiste que no, que muchas gracias; pero no bien habías terminado de decirlo, cuando de inmediato y extendiendo el brazo para asir la pala por el mango, le soltaste un “¡Muchísimas gracias!  Una vez termine, se la dejaré en la puerta de su casa”.  Le echaste mano a la pala, casi arrancándosela de las manos.

Terminaste por abrir un trillo lo suficientemente acho como par que cupiera el carro.  No fue una tarea fácil, ni siquiera con esta pala de nieve, la cual comparada con tu palita de corte te hizo sentir capaz de poder enfrentarte a una avalancha.  Al final de la jornada, y no te avergonzaste en lo absoluto de admitirlo, estabas muerto de cansancio.  Volviste al baño a refrescarte, te cambiaste de camisas y te fuiste a la oficina; una vez allí, te deleitaste todo el día viendo la nieve caer a través de la ventana.  Se veía tan hermosa, y todo el derredor tan tranquilo y en absoluta paz…  En pocas horas, todo había quedado cubierto con una gruesa, fofa y suave cobija de nieve.

Según transcurrió el día, la nieve que habían anunciado que iba a caer cayó, ¡y muchísima más!  Saliste de la oficina sobre las cuatro y media y te fuiste directamente a la ferretería y te compraste tu propia pala de nieve, marca Avalanche Ergo de dieciocho pulgadas de ancho, exactamente como la de los vecinos.  Y claro, mientras la comprabas te decías a ti mismo: “¡Qué coño habías estado pensando ayer!, o mejor aún: ¿por qué coño no estabas pensando?”  Regresaste a casa y, de hecho, había como treinta y seis pulgadas o más de nieve en el suelo, y ni señal alguna del trillo que habías abierto esa mañana.  Pero esta vez no lo pensaste dos veces: te cambiaste de ropa y comenzaste a palear dispuesto a limpiar toda la entrada y no sólo el trillo por done entrar y sacar el carro.  ¿Es que se te habían olvidado el sudor y la fatiga de la mañana?  No lo sabías, pero de lo que estabas completamente seguro es que según paleabas y sudabas, y una fatiga muscular comenzaba a apoderarse de tus extremidades y tu espalda, un inmenso deseo de parar y dejarlo todo así te surgió desde lo más profundo del cuerpo, y deseos como ese te ocuparon la mente y todos los pensamientos.

Pensaste en Sísifo: ¿Se le habría ocurrido alguna vez abdicar, mandar la piedra al carajo, mandarlo todo a la misma mierda?  ¿En qué pensaba cuando iba cuesta arriba empujando con sus hombros esa enorme piedra?  ¿Por qué seguía?  ¿Acaso sentía placer o le gustaba empujar esa enorme piedra hasta la cima?  Debió haber sido así; de lo contario, ¿por qué lo hacía y lo volvía a hacer una y otra vez, cuesta arriba hasta la cima de la montaña?  Pero, tú también continuaste paleando.

Paleabas un poco y luego te detenías para recuperar el aliento; paleabas un poco más y pausabas para dejar que llegara oxígeno al cuerpo y te fluyera por los brazos; paleabas más y volvías a detenerte para mirar lo que habías paleado y lo que te faltaba por palear.  Y entre palear y pausar, la idea de parar, de rendirte, volvía a resurgir.  “¡A la mierda con la nieve y la entrada!” dijiste para tus adentros más de una vez.  “¿Para qué todo este esfuerzo?  Es absolutamente fútil…  Va a continuar nevando, y mañana todo estará otra vez cubierto de nieve”.  Hasta se te ocurrió que quizás hubiese sido mucho mejor no haber paleado nada esa mañana; pues ahora, como resultado, has terminado por tener que palear dos veces, cuando pudiste haberlo hecho sólo una vez, en ese momento.

No sabes si tenías razón alguna en pensar así, pero lo que sí sabías, cuan ciencia cierta y verdad, es que paleaste más de treinta y seis pulgadas de nieve a lo largo de los casi cincuenta pies de entrada; que fue trabajo duro; que sudaste como si en vez de nieve palearas piedras; que se te cansaron los brazos; que te llegó a doler la espalda; y que para cuando finalmente pudiste llegar al final de la entrada, ahí donde se junta con la calle, ya había vuelto a caer casi dos pulgadas más de nieve cubriendo otra vez el lado opuesto donde habías comenzado.  “¡Qué inútil y fútil es este palear de nieve!”  Pero a la vez que te lo decías, también te inundaba la revelación de que así, justamente, es la vida ¿no?  Comemos, para tener que volver a comer; dormimos, para volver a dormir otra vez; paleamos nieve hoy, y volveremos a palear nieve mañana otra vez.  Es mucho trabajo, y es trabajo duro.  Entonces ¿qué es lo que nos salva?  ¿Qué redime este afán de vida?  ¿Qué no es fútil en la vida?  Y en ese momento, como si se te hubiese encendido ese bombillo del que tanto hablan, entendiste: “¡El arte: una obra de arte, las artes, las obras de arte!  Un cuadro, una estatua, una pieza musical, un libro, una fotografía”.  A diferencia del trabajo de palear nieve, sólo nuestras obras de arte nos sobrevivirán una vez nuestro esfuerzo, nuestro tiempo y nuestra fatiga nos hayan desgastado y rendido para siempre; a diferencia de esa entrada casi sin nieve, una obra de arte perdura.

De pie, al final de la entrada, justo a la orilla de la calle, y recostado sobre la pala te pusiste a contemplar la longitud de la entrada recién paleada (tu trabajo), mientras la nieve seguía cayendo a grandes copos.  “¿Qué le vamos a hacer?” te dijiste encogiéndote de hombros.  Entraste a la casa, te duchaste y saliste rumbo al bar Tavern on the Green a calentar el cuerpo o celebrar con un whisky sin hielo la primera nevada del invierno.

Ahí estabas entonces, y no había nada de particular en este sujeto, excepto su pragmático acercamiento hacia ti, un completo extraño.  Vestido modestamente en atuendo formal: abrigo largo, saco, corbata, bufanda, sombrero, guantes y maletín; bien pudiera haber sido profesor o abogado.  Pero un cierto aire en él apuntaba a otra cosa, quizás a bibliotecario, escritor o a burócrata del servicio de correos, quién sabe…  No podías ubicarlo bien en esos momentos.  Él continuó hablando: “¡Sí señor!  Acabo de venir de esa tienda, ahí al final de la calle —y señaló en dirección opuesta con la mano— donde venden ropa y equipos de camping y otros deportes al aire libre; fui en busca de un par de botas de goma, de esas que uno usa para la lluvia.  Al entrar a la tienda, todo se veía limpio y bien organizado, como en todas las tiendas de alta categoría para clientes sofisticados”, te dijo y continuó: “miré hacia todas partes y no vi botas por ningún lado.  Miré hacia la izquierda y ahí, detrás del mostrador, había una joven bastante atractiva mirándome con ojos seductores y serviciales.  ‘¿Botas de goma?’ le pregunté y ella, en una de esas dulces voces tipo nadie se puede resistir ante mis encantos que la gente atractiva y en empleos de este tipo suele tener, contestó: ‘Ah, perdón caballero, que no lo escuché, ¿en qué puedo tener el placer de ayudarle?’  Y repetí: ‘Botas de goma, he dicho botas de goma’.  Y en la más cortés y sumisa voz de estoy aquí a sus pies para servirle, avanzó hacia mí diciendo ‘¡Oh! Están por allá, en esa esquina.’  Caminé en esa dirección y lo primero que alcancé a ver fue el gran letrero que decía 40% de descuento”.

Cogiste el vaso de whisky, miraste al sujeto, asentiste con la cabeza y sin decir media palabra tomaste un sorbo corto.  Honestamente no podrías decir que mostraste interés alguno en lo que te decía, tu disposición corporal era más bien de cortés indiferencia, pero eso no lo desanimó en lo absoluto.  Y continuó sin inmutarse: “Miré la pila de cajas de zapatos, y tuve que fijarme muy bien porque no veía precio alguno por ningún lado.  Estaba a punto de preguntarle a ella, como estaba entonces tan cerquita de mí, casi pegándoseme, y entonces vi la etiqueta con el precio.  Me acerqué la etiqueta a la cara, como quien sufre de astigmatismo agudo, pues no podía descifrar claramente los numeritos que indicaban: ¡Ciento treinta y nueve dólares, con noventa y nueve centavos!”  Levantó firmemente la voz al pronunciar las cifras del precio y prosiguió: “Me puse a chequearle el precio a todas la cajas de la pila, pues había pensado para mis adentros, ‘¿Será este el precio por todas juntas?’  Y la joven dijo, queriendo hacerse útil, ‘Esas son todas las tallas que nos quedan…’”  Y en ese momento notaste que la expresión, de quien ahora las hacía de compañero de bar tuyo, cambió rápidamente de alarmada a indignada según continuaba hablando: “Me di vuelta y la miré directamente a los ojos y le dije, ‘Pues bien, supongo entonces que seguiré buscando en otro lado’, y ella contestó en su tono de yo estoy aquí para servirle, ‘¿Qué talla busca?’  Y le dije muy clara e intencionalmente: ‘No es que aquí no tengan la talla que calzo yo, es, empero, que sus precios son muchísimo más de lo que yo estoy dispuesto a pagar por un par de botas de goma’.  Y acto seguido me fui de ese lugar”.

Notaste cómo su expresión, la entera disposición de su lenguaje corporal, se había inflado con un cierto orgulloso aire de satisfacción.  El cantinero le trajo una cerveza, y pensaste de inmediato que el sujeto debía ser un cliente habitual en ese bar, de otra manera cómo era posible que el cantinero supiera exactamente qué tipo de cerveza servirle mediante un simple ademán.  Se embizcó la cerveza y dirigiéndose a ti directamente dijo: “De haber permitido que mi orgullo compara esas botas, ¡a ese precio!, lo hubiera tenido que lamentar el resto de mis días.  Ni siquiera —y el volumen de su voz se elevaba excitadamente— me permití el pensar: ‘Bueno, de todas formas necesito las botas, y qué pensará esta joven de mí, que soy un tacaño o un muerto de hambre, así que mejor me las compro…’  Porque yo sé que en cualquier otro lugar, pues las he visto, hay un par de botas a mi gusto, pues éstas ni siquiera me gustaban —y notaste que ahora estaba escupiendo las palabra con mayor rapidez que con la que se había bebido la cerveza— y esas otras que he visto costaban veintinueve con noventa y nueve, que es el precio máximo que estoy dispuesto a pagar.  ¡Ni un centavo más!  Ciento treinta y nueve dólares, con noventa y nueve centavos…Pero serán dementes. ¡Eso es robo a mano armada!”.

Y para tu asombro, viste cómo el sujeto se metió la mano en el bolsillo delantero izquierdo del pantalón y la otra mano la metió en el bolsillo derecho del abrigo, todo en un solo y continuo movimiento realizado al mismo tiempo que se incorporaba del taburete.  Entonces depositó un billete de cinco dólares sobre la barra frente a sí y al lado del posavasos de la cerveza vacía.  Frente a ti puso un pequeño libro y dijo: “Creo que te va a gustar”.  Y al tiempo que recogiste el libro y leíste el título: El mito de Sísifo por Albert Camus, el sujeto se había marchado.


Keiselim A. Montás. (Santo Domingo, República Dominicana, 1968).  Desde 1985 vive en EE.UU., donde terminó sus estudios secundarios, e hizo una licenciatura en Queens College of the City University of New York, y una maestría en University of Cincinnati, en lengua y literatura castellanas. Ha publicado: Pequeños Poemas Diurnos, (poemas, 1992 y 2005); Amor de ciudad grande (poemas, 2006); Reminiscencias (cuentos, 2007); Allá (diario del transtierro) (poemas, 2012; e-book 2013); De la emigración al transtierro (ensayo, 2015); Como el agua (colección de Haikus) (poemas-haiku-, 2016); Ínfimas apreciaciones literarias (ensayo, 2016); Like Water (A Haiku Collection) (Poems-Haiku, 2017). Incluido en: Viajeros del rocío 25 narradores dominicanos de la diáspora (Antología, 2008); Nostalgias de Arena escritores de las comunidades dominicanas en EE.UU. (Antología, 2011); Shortstop microrrelatos de béisbol dominicano (Antología, 2014); The Americas Poetry Festival of New York 2014 (antología multilingüe, 2014); The Americas Poetry Festival of New York 2016 (antología multilingüe, 2016). Sus cuentos, poemas, ensayos y entrevistas han sido publicados en antologías, revistas y periódicos, tanto impresos como digitales. Ha sido merecedor de los reconocimientos: Premio Letras de Ultramar 2006 (cuento); Premio Letras de Ultramar 2015 (ensayo); Primer Lugar XIX Concurso de Cuentos Radio Santa María, 2012; Segundo Lugar, 2014 y Mención de Honor 2015, Premio de Cuento Juan Bosch. Editor y fundador de la pequeña editorial independiente Élitro Editorial del Proyecto Zompopos. Su blog:  http://keiselimamontas.blogspot.com/





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