El tictac de las agujas


Irrumpimos en la sala
repleta de bombines
sin ocultar el cabello 
debajo de las cofias.
No había moños, 
horquillas, recogidos.
El uniforme impoluto.
Las bandejas de plata, relucientes.
Los ojos apuntando a las baldosas.
Nada distinto, excepto aquel desafío
en nuestras cabezas desnudas. 


Ellos giraron sus sombreros
a la vez.
A la vez carraspearon –cof, cof…-
y torcieron el gesto.
Finalmente, miraron 
sus redondos relojes de bolsillo, 
a la vez.
Solía reconfortarlos
seguir el tictac de las agujas
alrededor de las esferas:
conservar la exactitud de la hora
los hacía sentirse invulnerables.


Después de aferrarse a sus relojes,
de acomodar el smoking con los dedos,
regresaron los modales y los corros,
las poses de quien trata asuntos capitales.
Y de nuevo nosotras 
nos volvimos de aire.
Otra vez innombrables.
Tan fuera de todos sus lenguajes.




Alejandra sisea


Y nada será tuyo, salvo un ir hacia donde no hay dónde.
Alejandra Pizarnik


Alejandra sisea versos-barro
y, de un lado a otro,
mueve la cabeza.
Fotografía con precisión 
los huesos rotos
y desenfoca las llaves, las promesas.
En sus imágenes borrosas,
la verdad casi siempre
está fuera de campo.


Este viento del este
arrastra sonidos mutilados
hacia donde nunca hubo dónde.
Todo está mal porque pocos
hablaron del No, de los reversos.
 
Alejandra sabía que, a veces,
la juventud es una cuerda. 
Un exilio, un féretro, una zanja.
La palabra-iceberg
contra el cálido verbo,
contra la poesía que borda
sus esquinas con puntillas.
Alejandra 
contra el hilo de seda y los dedales,
a todas horas recordándonos
que las agujas están para pincharse.




Las histéricas de La Salpêtrière (1862-1867)



II


Avanzamos en fila
por este corredor interminable.
Hay mujeres aquí
sentadas en unas sillas altas,
con la cabeza torcida
y algo hueco en los ojos. 
Un hilo transparente 
les cae desde la boca
y dibuja pequeñas lagunas en sus hombros.
De detrás de la hilera de puertas
que vemos a ambos lados
salen gritos agudos, ruidos de golpes,
retahílas incomprensibles de palabras.
Tragamos saliva y seguimos andando.
También nosotras 
terminaremos hablando
detrás de las paredes.
Hablaremos sin tregua para nadie
y daremos las gracias por hacerlo.
Será eso 
o el precipicio de una silla muy alta. 
Algo hueco en los ojos. 
El hilo transparente.




IV
Los hombres de blanco
dicen que nuestra locura se aloja
entre las piernas.
Por eso nos sientan en estas sillas largas
y, armados con mangueras a presión,
disparan agua helada a nuestros sexos.
Para que quienes se desmayan
no acaben resbalando hasta el suelo,
nos atan al respaldo con una cinta azul.
Durante el tiempo que dura 
lo que ellos denominan ducha pélvica
me concentro en esta cinta 
que ciñe mi cintura.
Recuerdo que antes de esto 
solía pasar el tiempo en mi jardín
removiendo la tierra, 
arrancando hierbajos,
enderezando los tallos torcidos
de mis plantas.
Me fascinaba hundir las manos 
en aquella humedad donde solo yo entraba.
Mientras el agua me roe las entrañas
miro la cinta atada a mi cintura y sonrío:
mis flores favoritas también eran azules.




VII


Me llevan a la sala de corrientes.
Así es como la llaman.
He visto salir de aquí a las mujeres
con algo pedregoso en la mirada.
Me ponen un palo entre los dientes
y me explican que así 
no hay peligro de que muerda mi lengua.
Como si alguna vez, antes de este lugar,
hubiese existido ese peligro.
La máquina se enciende
y no soy capaz de articular 
el grito que me engulle.
Cuando el hormigueo se convierte en chispazo,
mi cuerpo se mueve ya sin mí, me deja a un lado.
Con los primeros espasmos
noto que voy a desmayarme.
Mientras la verdad empieza a emborronarse
doy las gracias.
Despierto de nuevo en la gran sala blanca.
La enfermera
que guarda miedo y pena en los bolsillos
me ha sentado frente a la ventana,
en el que sabe que es mi sitio favorito.
Observo en el vidrio mi reflejo
y reconozco en mis ojos esa tierra.
La he visto antes en las otras.
Intento estirar mi mano hueca,
tocar el cristal con la punta de los dedos,
recuperar mi ritual de resistencia.
Sin embargo, 
nada en mí es capaz de moverse.
Nada
salvo esta tierra que se amontona
debajo de mis párpados:
la tierra que crecerá hasta sepultarme.

Estos poemas pertenecen a los libros: Los sonidos del barro (Aguacara, 2016)
y Bajo la luz, el cepo (Hiperión, 2018)

Olalla Castro Hernández. Nacida en Granada en 1979, es doctora por la Universidad de Granada y licenciada en Periodismo y Teoría de la Literatura. Premio Extraordinario de Tesis Doctoral con su investigación sobre la narrativa de Enrique Vila-Matas, ha escrito los poemarios La vida en los ramajes (Devenir, 2013), Los sonidos del barro(Aguaclara, 2016), Bajo la luz, el cepo (Hiperión, 2018) e Inventar el hueso (de próxima edición en Pre-Textos), el libro de narrativa infantil Un visitante salido de la nada (Dauro, 2016) y el ensayo Entre-lugares de la Modernidad: filosofía, literatura y Terceros Espacios (Siglo XXI, 2017), además de editar y prologar las antologías Ocho paisajes, nueve poetas(Dauro, 2009) y Juan de Loxa: resistir en el margen (Diputación de Granada, 2018). Ganadora del Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández, del Premi Tardor de Poesía, del Premio Internacional Antonio Machado en Baeza y del Premio Unicaja de Poesía, entre otros, sus poemas y relatos breves han sido recogidos en una veintena de antologías y traducidos a varias lenguas. Fue columnista del diario La Opinión de Granada durante sus nueve años de existencia y actualmente es columnista de El Salto Diario. Ha sido cantante y letrista de diversos proyectos musicales, como RebelmadiaqSister Castro Nour, formaciones con las que ha firmado una decena de discos y ofrecido conciertos por países como Argentina, México, Costa Rica, Jordania, Marruecos, Argelia, Francia, Holanda o Alemania.

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