(Traducción al español de Luis Marcelino Gómez)

Mi tío era un bisonte que, a pesar del trabajo en la construcción, sacaba tiempo para levantar pesas en el gimnasio y golpear porteros de discoteca. Siempre que me encontraba leyendo me amenazaba, te daré un puñetazo, cojones, me llamaba maricón. Nunca leyó un libro. Quien no sabe firmar su nombre tampoco sabe leer. La única cosa que leyó fue un texto mío, uno de mis primeros textos de adolescencia, un borrador cualquiera sobre fracasos amorosos, promesas de sufrimiento eterno por la muchachita que me dijera que no, que no servía para ella, que cualquier otro, menos yo. Fue el primero y tal vez el único texto que mi tío leyó en su vida. Debe haber tenido un efecto devastador en su cabeza: solo tuve tiempo de levantarme de la cama y correr, correr, lo oía gritar, decir, maricón, yo te voy a dar literatura, cabrón. Un mastodonte corriendo detrás de mí con un papel en la mano. La literatura tiene un efecto poderoso sobre las personas. Mi literatura había enfurecido a mi tío. Si me agarrara, me mataba. Si te cojo, hijo de puta, maricón. A correr lo más de prisa que conseguía, me preguntaba por qué. Si la carta estaba dirigida a una mujer, si me confesaba apasionado, amargado, deprimido, perseguido por pensamientos suicidas. ¿Por qué maricón? Advertí después que lo de maricón no tenía razón de ser. Bastaba escribir para ser llamado de aquella manera. Provocador que soy, pasé a escribir en la puerta de mi cuarto y en el estante, en el escritorio, en las almohadas, frases como Lia, te amo, te amo, Raquel, soy tuyo para siempre, Raquel, sufro por ti, Lia. Pasé semanas de martirio, corriendo frente al bisonte de mi tío. Cierta vez, me sorprendió abrazado a Raquel, y gritó, mira a mi sobrino maricón, allí, agarrado a una mujer, y su actitud cambió realmente, comenzó a ser cariñoso. Hasta me pidió que le escribiera una carta a una fulana que vivía allá, por la ciudad, (chica de urbe era culta y, por lo tanto, más exigente). Le pregunté si tenía algo en especial que quisiera decirle en la carta. No, no tenía nada de especial, pero ahí se acordó de exigirme que le incluyese en la carta una frase que condimentara, que hiciera que la joven se arrebatara de deseo: quiero besarte las tetas. Así, como un trueno. Romanticismo absoluto. Mi tío enamoró a la chica de la ciudad, y se vanagloriaba de haber sido la frase de él la que resolviera la situación. 

Paulo Rodrigues Ferreira (1984) posee un doctorado en Historia Contemporánea y enseña lengua y literatura portuguesas en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, Estados Unidos. Antes de mudarse a Carolina do Norte enseñó en Nueva York, en Queens College y en Bronx Community College. En Lisboa fue dueño de una pequeña librería llamada Fyodor Books. Fue también coeditor de un proyecto literario denominado Enfermaria 6 ―en cuyo ámbito publicó un libro de cuentos, Sonhos de Lobo (Sueños de Lobo)(2014). Siempre ha estado relacionado con la escritura y la publicación de ficción. Aparece en diversas antologías. Ha publicado libros de cuentos y artículos en varios periódicos (Observador, Público, Jornal de Letras). Tiene publicada además una considerable obra académica.  

Share this Post