(Crédito de la foto: Flavio Clermont, insta @shotbyflav )

The frame of the door is the only space of true existence

Dionne Brand.

Aferrada al hueco dejado por La Puerta abierta -o que jamás fue cerrada. Como quien temiera soltarse. Incapaz de dar un paso atrás y guarecerme en el rebaño de turistas con los que desembarqué hace apenas una hora en la isla; entre quienes volveré a Dakar cómodamente sentada, al marcharnos en otro ferry antes de que caiga la noche. Pegándome a sus pálidas carnes estaría protegida. Imagino que hasta pudieran confundirme, asumir que soy una más. ¿Será que ya ha sucedido? La metamorfosis. No alcanzo a recordar de dónde vengo ni sé a quiénes pertenece mi cuerpo. Podría ser yo también una turista y, de seguir junto a ellos, nadie va a agarrarme y apretar mi cuello con oxidadas cadenas que al rozar la piel abran laceraciones por las que se infiltre el tétanos en mi sangre. No pegarán un fierro candente a mis espaldas. No van a tirarme al fondo de una de esas oscuras mazmorras que a mi alrededor empalagosos guías señalan vagamente, como al descuido, cansados de repetir lo mismo por años: “Aquí guardaban a los niños, allí los hombres, allá las mujeres.” Nada puede pasarme si suelto de una vez las paredes de piedra que encuadran La Puerta y me reúno con ellos. 

Atrás…

Tampoco parezco dispuesta a lanzarme a las profundidades donde Olokun guarda el secreto de los míos.

Nunca podré saber quienes fueron. No hay fotos ni daguerrotipos ni retratos pintados con esmero o tan siquiera torpes dibujos, trazados apresuradamente. No he hallado partidas de nacimiento (o registro de propiedad), mucho menos certificados de manumisión. Desconozco sus nombres. Porque no existen. Tampoco podría recitar sus apellidos (que no eran suyos). Poco sé de mis muertos. Ni de sus amos (a los que en cierto modo también debería considerar mis muertos). 

En la Nada, sólo la carne.

Cubierta con su piel negra para no olvidar que me debo a esos míos sin nombre ni rostro, de quienes jamás he estado más cerca que ahora, aquí parada dentro del espacio vaciado de La Puerta sin Retorno. Cuya hoja se abre al mar.

Un umbral.

Lo difícil es saber si es del comienzo o del final. Adónde conduce.

Adelante… Atrás… 

La caída es regresar, pues soy hija del agua. Llamándome escucho a Olokun. Desde los abismos a los que fue amarrado con siete cadenas al inicio de los tiempos para evitar que con su furia se tragara al mundo, lanza ahora iracundos ramalazos de una sal que permanece adherida a mis mejillas. Vengo de esa oscuridad. Una historia que solamente el orisha puede contar. Allá abajo yace lo perdido y lo soñado. Escondido debajo de las rocas, dentro de cada partícula de arena, pegado al musgo y las algas que envuelven los viejos grilletes tal vez sujetando aún la osamenta de los que cayeron al mar. Permanecen los huesos. Abajo, guarda también Olokun ecos del último canto lanzado a la tierra que ya no se volvería a pisar. Nunca más. África que se perdía tras la estela del barco al mismo tiempo que a los míos les era arrancado el nombre, el idioma y hasta el deseo de estar o de hacer o de respirar. Caer en manos de Olokun sería un alivio. Salvarse. 

Adelante…

Hija de la muerte. De los que desaparecieron al atravesar esta puerta, no porque cayeran al agua sino porque, tocando aún vivos sus pies la orilla entonces desconocida que empieza justo donde termina este mar, fue que dejaron de ser. Sacos de carbón o piezas de ébano. Un yunque, una mula, una carreta; un brazo que desmocha la caña y otro empujando el trapiche y uno más recogiendo algodón; manos que limpian, lavan, cocinan, cuidan, acarician; pezón al que golosos se pegan los labios rosados de un bebé que es el amo y que es Dios, chupando, chupando, chupando, que no va a detenerse hasta que la leche manando, manando, manando lo haya fortalecido lo suficiente para permitirle agarrar el látigo, levantarlo y descargarlo sobre ese mismo seno, tan seco ya entonces que parecerá un milagro si, de repente, comience a brotar sangre de él.

Nada. Soy hija de la nada. A la que he de volver, lo sé; pero ¿ahora?

Sólo si salto.

Y arriba arrecia la brisa, casi viento ya. Hay que erguirse.

Frente a mí, el horizonte.         Detrás del horizonte, mi casa.

Una torre modernista y en lo alto hay un apartamento. En el apartamento, el balcón al sol y su baranda para acodarme mientras sostienen mis dedos la taza del café: veleros y botes con nombre de mujer maldita pintado con simples brochazos sobre la proa, cada uno con su par de melancólicos pescadores a bordo; algún yate; lentos cruceros; buques cargados de contenedores herrumbrosos; con tanta claridad no se ven balsas a esa hora; quizás pase un barco de guerra.  

Vienen y van. Van y vienen.

Por mucho que lo intento, no logro desentrañar el quejoso mecanismo de aquel tráfico. Desde mi balcón todo navío es una pregunta. Distantes, no diviso ni nombres ni banderas. ¿Cómo saber de dónde ha zarpado o cuál es su destino final? ¿Quiénes son sus marineros? ¿Cetrinos, cansados o entusiastas novatos? ¿Me enamoraría algún día de un capitán? ¿O del ingenuo polizonte? Y haríamos el amor en oscuras bodegas colmadas de ratas cuchicheantes entre los sacos. ¿De qué? ¿Arroz, harina, maderas preciosas? ¿Carbón otra vez? 

En bodegas así atravesaron los míos esa misma bahía ante la cual me inclino de tarde en tarde y cada mañana. Pero sin amor. Pero con ratas. Y el polizonte, el marinero, el cocinero, el capitán; golpeando, rezongando, violando, por todo el tiempo que durase la travesía, hasta que al último rincón de las apestosas bodegas llegara el vocerío en español del puerto de San Cristóbal de La Habana, destino final; y de un infierno a otro volviesen a ser arrojados los míos, carne negra sobre carne negra, ese amasijo que me hizo a mí. 

Me pregunto si al llegar a esa isla salitrosa donde se alza el mirador desde el que suelo recordarlos sin recordar, añoraron esta otra tierra, África.

Donde alguna vez estuvo su casa.

Donde podría ahora mismo disolverme, hasta perder la piel.

Porque aquí ya no soy negra. Sólo un cuerpo negro entre otros cuerpos negros que no saben que son negros, que no repararían en mí. Tal vez llevo toda una vida equivocada y es con ellos con quienes debería estar. Es junto a ellos que voy a salvarme. Y no entre los blancos turistas merodeando a su antojo por los salones de la Maison des Esclaves. Atrás…

La Maison no es mi casa. 

¿Y África? Aquí. Donde mis átomos reencuentran sustancias que reconocen de una edad tan vieja que parece inexistente, un tiempo en que aún yo no era yo ni mi madre mi madre ni mi abuela era mi abuela. Aquí donde sentarse a la sombra de un baobab es hallar el preciso espacio que la naturaleza siempre escogió para mi cuerpo. Donde respirar el tumulto acarreado por el harmattan no desconcierta, ni el sol sobre la cabeza duele, ni los ásperos sabores perturban demasiado.

Y con todo, no puedo estar segura de que esté realmente en África mi casa porque, ¡broooooom!, Olokun brama aplastando cuanto halla a su paso, e interrumpe el tartamudeo de mis sentidos. Podría caer en sus toscos brazos en cualquier momento y es por eso que, en un gesto animal, mis dedos se crispan todavía más sobre el canto de la piedra. Permanezco en el umbral, ni un paso adelante ni uno atrás. Mi cuerpo esperando por mí hasta que comprendo que el umbral no lleva ni adelante ni hacia atrás. No es de veras al mar que se abre; no conduce a ninguna parte que no sea a mi propia carne, tan terca, cargada de memorias que no he vivido yo.

Odette Casamayor. (La Habana, 1972) es profesora de literatura y cultura latinoamericanas en la Universidad de Connecticut. Ha publicado el libro de cuentos Una casa en los Catksills y el volumen de ensayo, Utopía, distopía e ingravidez: reconfiguraciones cosmológicas en la narrativa postsoviética cubana. Ha obtenido premios en París (“Juan Rulfo” de ensayo literario), Madrid (“Torremozas” de narrativa) y La Habana (“José Juan Arrom” de ensayo). 

Prepara un nuevo libro de ensayos titulado On Being Blacks: Self-identification & Counter-Hegemonic Knowledge in Contemporary Afro-Cuban Arts.https://www.facebook.com/odette.casamayor

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