HE TENIDO QUE APRENDER A SOBREVIVIR con este miedo
y sólo debo parecerles a todos un agujero vacío en la pared.
me he llenado del húmedo aliento de la noche.
ella, como una mujer lasciva, sorbió hondo
y me brindó a cambio su amarga voluntad.

yo aprendí como la noche a andar en círculos.
no sin dolor transité bajo una lluvia y un sol sin misericordia.
mientras mis pies se amorataban, un viento interior
me convidó a levitar por encima de la mano del hombre.
mas no alcancé a comprender la locura que encierra toda verdad.

arribé al principio de mi vida.
en el instante mismo de asir las sílabas que me perpetuarían,
contemplé la muerte temprana.
si todo ha de escapar —como ya dijo el relámpago— cuando descubre
su definición mejor, si todo es despedida y crepúsculo
nada espero pues.
queda, apenas, un último perdón:
este rasgar de mosca
sobre las estrías de mi sombra.



OTRA VERDAD ME OSCURECE
cuando el hierro de la costumbre
aplastado en el musgo
iluminó la circunferencia de mi vientre
y, en su centro, una estrella muerta.

otra verdad me vislumbra.
como una flecha he de doblarme
sin bendición, sin rumbo,
anhelando la boca roja
sobre la espina de estos versos.
he de morir
mientras contemplo sigilosa la fronda
de la serpiente y el cuervo
picoteando en los ojos de la serpiente,
belleza de la culpa sobre escamas translúcidas,
el oasis, espejismo de una cruzada antigua
que en mi interior se libra.


CUANDO PASE UN ÁNGEL Y SE HAGA EL SILENCIO
olvidará la joven lo que el viento le arrancó
mientras tendía la ropa blanca
hervida al amanecer con carbón de sus huesos.
eclipsará la rabia, el cinismo del violador,
la cabeza inclinada ante la mano
que golpea y solo deja en los oídos
el om om de un tambor urdido bajo su piel.

cuando pase un ángel
y acuchille al silencio
lo olvidaré.

LA FÁBULA DE ILEANA

para Lichy Diego, por la de José.


sobre mi rostro un maniatado casco blande
la niña que pude ser.
la alborada es una culpa abierta,
un ovillo que arrastra al padre
y luego me arrastra a mí.
una araña construye una jaula
y nos pone tras los barrotes también negros
con un paño que reza: “homo sapiens”,
nos deja solos y ríe con su boca
desdentada.
pero ahí está el pistilo de los ojos del padre
que vienen de la muerte;
la noche de los míos torcida bajo el sueño
y el ánfora de la existencia.
frente a frente con una densidad asfixiante
se olvidan.
nosotros callamos.


QUE SE ABRA EL CIELO NEGRO DE MI ISLA,
que se inviertan las torres,
la saliva cayendo sobre el cuerpo de judas,
la turbación del perseguido.
el mar.

que se quiebren los embrujos,
los tejados de vidrio de mi pecho,
ensortijadas venas de la incertidumbre,
el temblor de la rosa ante la llama que declina,
se cieguen mis demonios.
los muros.

que penetre la ceniza,
que me posea
y descargue sobre mí todo el delirio,
la palabra minúscula
que oculta a dios,
los venados del alba,
la circularidad de unos ojos fijos
en una perla inmóvil,
que la sal transparente,
el cielo de mi isla,
que me ahogue la rabia.



EN LA PENUMBRA TEJE LA MADRE.
la madre en solitario no deja pasar la noche.
es gorda y rozagante
como el mes de mayo.
levanta la aguja de oro y canta:
yo te iré a buscar junto a la fuente
donde el agua es más honda y el sopor
más largo.
caen hojas a sus pies.
hijos recién nacidos
robustecen un lecho hondo de sal y fuego.
oculta, como ha de ser el agua de su manantial,
yo detrás oteo la espalda firme
y el cabello teñido de crepúsculo.

nada impele a la madre.

en el envés palpita una hoja rota.
asciende hasta el hombro el canto último de un cisne.
la madre se extasía con el brillo de la aguja,
las sílabas apretadas de su cántico.
has perdido—jugando…—el resplandor
de una estrella. has perdido hasta una estrella!
y hasta una estrella he de encontrarte yo…
tanto puedo por ti, tanto…

en el vasto lecho de su obstinación
no escucha al hijo sollozante a sus espaldas,
el disparo,
el estremecimiento,
la tiniebla.



COMO QUISO LA POETA SUICIDA MARÍA LUISA MILANÉS


una piedra blanca
espigando en la tierra,
imperceptible piedra blanca
donde se apretujen los alfileres de mis sueños,
la rosa ennegrecida del perdón.
la oquedad del abrazo
que no llegó a salvarme.
un guijarro sin nombre unido al mar,
al viento que susurra el canto del crepúsculo
al oído más solo,
a la sangre ardorosa, nervios
que entretejen el grano de mostaza.
una casi no piedra
también
sobre mi tumba.


TODAS LAS PUERTAS SE HAN CERRADO. CONTRA MI CORAZÓN está consumada también la puerta del infierno. de un solo golpe a dos hojas, me cosieron las heridas. todo en un puño que se deshizo contra mi osamenta. yo que cubría el polvo de un solo agujazo, leyendo un punto negro al final de la nieve.
yo tampoco sé de estas campanas que llaman a olvidar. no sé del hondo relámpago donde acordaron verse los desnudos y ciegos después de la derrota.
quisiera dar el salto sobre mi oquedad.
no hay espacio en este bosque para el árbol talado que soy.


ENTRARÉ EN ESA HABITACIÓN SIN PUERTAS;
entraré portando la abeja de oro que parió la noche.
no llenarás con tu muerte el vacío del olvido.
te cerrarás como una flor bajo la sombra.




SE HA HECHO UN SILENCIO SORDO en el crepúsculo. vago hacia una ciudad que hemos dado por muerta. el escalofrío de las arduas ausencias encorva mi espalda. cierro el libro hasta aquí escrito, los ojos, para caminar como un túnel la pátina primigenia de los ladrillos con que alzaron estas verdades, ante la plaza que se abre.
huérfana, penetro la humedad de los puentes. hiriendo el arrebol intacto de la tarde, un monasterio yace como la piel mudada de una salamandra en la colina. yo me tiendo junto a él y escucho su antiguo corazón latir al compás del mío.
la sangre está en la zozobra y está en mis pensamientos. mientras la conciliación sucede a la extrañeza, el temor me disipa y descubro que esta ciudad es mi esqueleto. no hace falta apretar las sienes para escuchar las horas de sus badajos, el susurro de las almas ahogadas en sus acequias, preguntas que espinaban mis pasos ya en el sosiego líquido del vientre de mi madre. es mi comarca interior, en sus larvas de polvo yacen las hebras de todas las vecindades que espulgué y las que sólo me pertenecen a través del pausado rubí de lo invisible.
bajo el musgo de sus callejuelas palpita el desamparo de una penumbra vieja, arde la fuerza que me esquiva como un secreto no tocado por la muerte.
y qué importa si ya dije estas palabras, si en idéntico miedo otro fraguó mi esperanza o mi dolor. vendrá la noche y tú me escucharás.

(Estos poemas pertenecen al libro escribir la noche (Editorial Letras Cubanas, 2011), merecedores del Premio Dador)




Ileana Álvarez (Ciego de Ávila, Cuba, 1966). Graduada de Filología en la Universidad Central de Las Villas (1989). Máster en Cultura Latinoamericana. Directora editorial de la revista Videncia. Tiene publicados, entre otros, los títulos: Libro de lo inasible (1996), Oscura cicatriz (1999), El protoidioma en el horizonte nos existe (2000), Los ojos de Dios me están soñando (2001), Desprendimientos del alba (2001), Inscripciones sobre un viejo tapete deshilado (2001), Los inciertos umbrales (premio “Sed de Belleza”, 2004), Consagración de las trampas (premio “Eliseo Diego”, 2004), Trazado con cenizas (Antología personal. Ed. Unión, 2007), El tigre en las entrañas (Crítica, 2009), Escribir la noche (2011), Trama tenaz (2011) y Profanación de una intimidad (ensayo, 2012). Realizó Catedral sumergida, antología de poesía cubana escrita por mujeres (Ed. Letras Cubanas, 2014), donde por primera vez se publicó, en Cuba, un panorama tan amplio de autoras residentes dentro y fuera del país.

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