RUNAS


Estamos hechos de palabras, y nos rodean las cosas, que están repletas de palabras, y en nuestros huesos hay palabras, como en aquellas piedras —quizás también algunos huesos, que tiñó con sus signos imprecisos un inefable dios ¡Esas runas! ¿Qué dios mudo las hizo? ¿Qué dios invirtió el orden del gran dios? Primero el verbo, luego la luz, luego las cosas. El primer hombre luego, y mil años después, el primer dios. El primer hombre para nombrar las cosas con palabras que jamás escribió. Todo era aún del verbo; cada cosa cantaba bajo el ensueño de la luz ¿Y la palabra? Estaba allí, como un embrión dentro del hombre-dios, tal vez inscrita en aquel hueso del que surgió la mujer-dios. Latía allí, como otras cosas más latían, como un mal necesario, por ejemplo, como la libertad de oír al malo, por ejemplo. Y así brotó, por fin, esa palabra, se escribió con la sangre de la procreación, sobre una piedra en las afueras del Edén ¡El primer signo! ¡La primera palabra del escriba! Por los siglos quedó grabada esta palabra que era como el aleph de la Creación, y que los hombres denominaron mágica, divina ¡Divino era el origen, sí! Pero profana la palabra. El claro desalojo de su piedra en las orillas. Luego vino aquel tonto que pateó ese fragmento de los dioses, y de aquella palabra, indescifrable y ecuménica, suspendida en el aire en recia mole, se irguió un gran templo luminoso, construido tan solo de palabras. Y la palabra se hizo verso. En los pies del poeta, ese gran distraído, la piedra echó raíces, y las raíces se encaramaron en las nubes. De las palabras nacían ahora las cosas: el poeta es como Dios al revés: no crea nada, y su palabra echa raíces en las cosas, y las raíces se convierten en alas que van a dar al cielo, como sucede con el canto enigmático de un pájaro. El poeta, ese tonto, escribe sobre las piedras —a veces en la arena— y su palabra se convierte en un templo, y el templo es como ese cuerpo que nació de la unión de los amantes: su palabra sangrada, procreada. Como un hijo del inefable dios, que urdió las runas iniciales sobre la piedra muda del comienzo, el poeta comienza, urde sus runas día a día, y sangra, sobre la piedra sangra, ofreciendo su cuerpo, su templo entero de palabras, al sacrificio del poema. Estamos hechos de palabras, y nos rodean las palabras como cosas que están repletas de nosotros: esa simple palabra. Y así el poeta muere en cuál orilla, qué muerte absurda sobre la piedra del poema, para llegar, al fin y al cabo, a su destino: ese silencio en que no quedan ya palabras.

LOS CIEGOS, LOS UNÁNIMES REBAÑOS

Poveda

Tan presuntuoso como un poeta modernista, tan elevado y tan ególatra, me he subido a estas dos moles de mi patria, estas columnas de fuego y piedra derruidas que son las ruinas de mi patria, y he visto pasar las huestes vagarosas tras el fatídico ideal de sus tiranos. Ni el behemot que asomaba su cabeza, ni el leviatán de cuerpo entero sobre el mar espumoso, han disuadido de su marcha al pueblo idólatra. Pasan sin luz sobre las llamas del abismo, sordos a nuestros gritos de esperanza, los cuerpos como sombras putrefactas de una raza de hombres desvariados y mudos. Si abren la boca el vaho de las mentiras los inunda, y un bostezo de siglos los aplasta. Caminan, sin más, semidesnudos, hambrientos, como recién venidos de escudriñar las selvas de la patria, y frustrados avanzan por sus calles sin nombres, otra vez hambrientos y desnudos en su elección unánime. Ciegos nos vigilan, fustigan nuestra sangre. Sus laudes y vítores insomnes se ahogan en el mar como las mieses del horror, y ante tanta violencia, el saurio agacha la mirada y el ave de la insignia se despluma. Estas funestas masas de héroes lapidarios, que entran al camposanto de la historia donde dispútanse los huesos de una gloria gastada, se avalanchan como jauría tumultuosa tras el can de formidables dientes asesinos. La aparición de esa figura fáustica les sobrecoge el entusiasmo, y nuevamente es el rumiar de los rebaños en la desoladora noche de la Patria. Pero he aquí que los contemplo desde mi sitio inmóvil, y siento palpitar el corazón amante de los justos en la tierra que encumbra estas pilastras. La tierra que es su herencia arrebatada por el designio sanguinario de los pueblos: el renacer del polvo bajo la coz hiriente de las bestias. Domeñado por el odio, un hermano cruza contra el otro la bala o el machete, y fertiliza nuestro suelo la encendida simiente de su sangre, por donde pasa luego la multitud enardecida, entonando sus sones infernales, al tiempo que lo escupen sus salivas ineptas, y sus gastadas jarras vierten la amarga decepción sobre el sagrario de la víctima…


NOCHE DE SAN JUAN

Praxíteles pronuncia las estatuas en el sueño que no adelgaza a los amantes ni alquitara las sentencias de la noche insidiosa sino que fija las fibrillas del dolor con punzadas en el mármol de los ríos que navegan. Los cuerpos que escapan entre gritos de piedra se miran sienten correr el agua de sus manos cinceladas en lo negro del llanto. Corren por la explanada de la noche perseguidos y fríos en la recién cortada imagen del destino sin un destino aún para sus sombras vuelan hacen sonar clarines de las legiones olvidadas del amor y las tinieblas de la piedad más prístina. Pero el artífice entona algo más que un bemol arranca con veloces aullidos con ríspidos bostezos de faz encarnizada las últimas promesas de la víspera. Entonces la memoria transita por los días con efluvios de esculpido sosiego y calma traicionera como si el lago o el espejo devolviera a sus rostros el pensamiento refractado. Es el comienzo lo que augura la sacudida y el ultraje no el forcejeo de sus cuerpos tendidos como vísceras al odio ni el alimento que enemista a este día con los días que preceden ni la sangre azulada del que canta una loa a sus proezas y se tiende en la niebla a observar sus pisadas su fuga. Los movimientos expectantes de los perseguidores de su imagen instantes de cinema y aliterado abrazo en las distancias recorridas son el retorno hacia la cárcel de la infancia hacia los yacimientos de excavada nostalgia que aproximan. Se besan se mutilan fragmentos de una entrañable lucha con la arcilla que les forja los labios hasta ceder al fin entre la noche espuria con sílabas y dientes y con mil ojos en la bandeja roída donde el ser decapitado los ampara.


PORTENTO


Tu llegada arreció la puerta con un estruendo de exultante vigor. Sentí tus pasos que aceleraban en el torrente de mi corazón, empujando la sangre hacia un oxígeno asfixiado en las arterias. Me llamaste por mi nombre y me pediste que te siguiera a afuera. Un hálito de luz te corría por el rostro. Te seguí por el litoral del muro hasta trepar al lirismo de la imagen: un zunzún batía sus alas contra las chispas del instante, inflamando la visión hasta quemarnos de belleza. Lo observamos mientras libó, con unánime esfuerzo, la flor. Como un guerrero de la gravedad, su diminuto cuerpo se sostuvo para ofrecernos el milagro.

No pensamos siquiera en besarnos.





Mario Félix Ramírez (1994). Poeta y crítico. Ingeniero en Telecomunicaciones. El libro Corolarios se edita para ser publicado próximamente por Ediciones Homagno de Miami. 

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