Lili me da un beso en la mejilla para despertarme. Las gélidas luces de la noche la iluminan lo suficiente como para adivinar, por la urgencia y cohesión de sus movimientos, que está despierta hace un rato.

-¿Quieres acompañarme a buscar el desayuno? –me pregunta.

Estoy de visita en casa de mi prima y no quiero ser descortés así que me levanto del colchón de espuma.

Descalza, soberbia con su pelo enmarañado, abre la puerta sin cerrojo de la casita de guano. Lili levanta la tapa del pozo y deja caer un cubo dentro.

-El agua es para la puerca -explica- va a parir el día 30 y está tan hinchada que ya no puede caminar.

-¿Cómo sabes el día con exactitud?

-Porque la inyecté para ese día –me advierte.

Entonces me entero que Manicaragua está a la cabeza en la producción de carne de puerco este año en Villa Clara, lo que hace entendible que la libra de bistec limpio, limpísimo, como el que nunca se encuentra en La Habana, esté a 20 pesos. De repente entiendo por qué en el pueblo todos, incluyendo a mi prima, incluyendo a su bebé de 19 meses, huelen, saben –tienen- sangre reseca impregnada en la piel.

Pero en Manicaragua nadie se espanta las moscas. La vida trascurre con una disciplina confesada y consentida: El trabajo es asumido con una naturalidad que me avergüenza.

Los tropezones con las raíces de los árboles y las matas de guao terminan de despertarme. De repente extraño mucho los amaneceres en La Habana: el

claxon de los autos; la cafetera eléctrica como promesa segura; en la cocina, amables azulejos bajo mis pies.

Lili arranca par de hojas de una mata de plátano. Hace, con agilidad, una especie de cucurucho gigante y me lo da.

-Aguanta ahí, prima –me dice y no entiendo entonces para qué. Ni siquiera comprendo cuando se trepa por entre los recobijos de un árbol hueco; ni siquiera cuando escucho su grito de ¡ahí va!; apenas atisbo a ver el por qué cuando los huevos van cayendo, uno tras otro; la mayoría entre las hojas de plátano en mis brazos.

-Ya tenemos el desayuno, prima.

Con agilidad agreste se descuelga. Mi prima jíbara. La más linda de la familia. Con una belleza clásica: la naricita griega, senos punzantes, ojos azulísimos.

Más tarde, en su casa, mientras rompe los huevos contra un vaso, me pregunta si sigo trabajando en el periódico Granma.

-No, ahora estoy escribiendo para una revista digital.

-¿Qué es eso?

-Es… como un periódico, pero en Internet.

-¿Internet?

Descorre una cortina y despierta a su esposo. Le alcanza la camisa, el vaso con huevos de pájaros, le pasa un trapo con agua por la cara. Él levanta los brazos y yo alcanzo a ver, justo antes de desviar la mirada, cómo ella le pasa una bolita de desodorante por las axilas. Aprovecho y salgo de la cabaña, a mirar las estrellas, le digo.

En Manicaragua tienen una luz muy intensa. No son las estrellas pugilatas de La Habana. Las de aquí son fuertes, como las mujeres de campo. Dan un albor tan penetrante y urgente, que, si no estás acostumbrada, te ofuscan… justo como mi prima, que no entiende de equidad de género, ni de complicaciones del lenguaje.

Siento un ruido sordo que viene de la choza. Lili sale, par de minutos después, limpiándose la entrepierna. Yo bajo la cabeza.

-Prima, por fin, ¿en dónde estás trabajando?

Me mira con ojos limpios. Puedo ver las hojas de las matas de plátanos reflejadas en sus ojos.

-Lili, trabajo con computadoras.

-¡Ah! ¿Las arreglas?

-Sí –le miento.

Sonríe, contenta de haber entendido. Detrás de ella, aparecen las primeras luces de la mañana.

Diana Castaños (La Habana, 1986). Licenciada en Periodismo. Graduada del Centro de Promoción Literaria Onelio Jorge Cardoso. Escritora de guiones infantiles para radio. Premio de Periodismo 26 de Julio en 2008. Ha publicado los volúmenes de narrativa No hay tiempo para festejos (2017, premio Calendario 2016) y Josefina (2017, Premio Pinos Nuevos 2016). Ha recibido el Premio de Investigación Literaria Memoria 2016 por Lo blanco más allá de la luz y el premio de biografía Florentino Morales 2013. Reside en Munich. Su próximo libro, Yo sé por qué bala la oveja mansa (Bokeh, narrativa, 2019) está ya a punto de salir a la luz.

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