El desnudo*

Había una vez una muchacha que cuando se desvestía o se duchaba o mientras se depilaba las axilas, se sorprendía sintiéndose observada. A veces gritaba del susto. Un susto que le sorprendía hasta en su propia sombra, un sobresalto parecido al horror. Como si hubiera entrado un intruso. Era absorbida por la mirada. Una mirada que sentía sobre sí, cuando en realidad estaba sola y nadie la miraba. Le acompañaba una culpa rara: en el desnudo casual se desconcertaba de sí misma; aun en la intimidad del cuarto de baño, se interrumpía preguntándose si estaba a la vista de muchos o qué hacía así, como si de un lugar público se tratara.

Cierta vez una mesa sin mantel se le había hecho desnudo en la mirada, piel descubierta; la madera mostrando sus partes suaves, sus rugosidades, su minucia húmeda. Se figura que cada rosa tiene su desnudez, su edad, su carne, el frenesí de su aroma, su cliché de momento eterno. Corre un zorro por la nieve y ¡zas!, ve la tundra desnuda. Ella es una especie de principio hecho carne, elemento –como decir tales: agua, tierra, aire, fuego. Ella esparce sus desnudos en la música que escucha, como granos de arroz, e indaga.

Si la hubieras dejado sola en la casa, si le hubieras confiado unas joyas, si le hubieras encargado que trasladase algo valioso, si ahora mismo la sometieras a un detector de mentiras, daría resultado positivo. Ha vivido persecución y sabe que es inevitable ser asaltada por la culpa. La culpa quedó sembrada en ella desde aquella década de los ochenta. Y no habrá robado ni un alpiste para sentirse acusada. Hallarse sorprendida en el acto. El susto de que todo es un delito en el país abyecto. El detector de mentiras se dispara en su cabeza señalándola culpable y el corazón se precipita errático. Es culpable desde que nació debido al miedo inoculado en la plaza. Los alto- parlantes lo infligen a través de un discurso intermitente. Dentro de un sistema diseñado para destruirla y acabarla, ella es culpable de robar, de mentir, de disimular, de taparse los oídos, de repetir consignas en la escuela, de burlar la vigilancia, de conseguir bocado, de desearle la muerte al dictador, de ir a misa, de negar a Dios, de tener pasaporte, de traficar con dólares, de huir de la policía política, de saberse distinta e imaginarlos sin ropa.

Aún hoy, como las mujeres de Paul Delvaux, su desnudo se lo siente inadecuado, desencajado del cuadro, núbil bajo la luna. Luneándose impávida se extravía en la sensación del desnudo. Serena en el sereno, nublada en la neblina, descarnada en la bruma sobre musgos y líquenes. Como una mujer delvauxiana, no hace ruido, respira hinchándose apenas.

A veces, para aliviarse, se desnuda realmente, en público, pero esto sólo agrega más confusión a sus desnudos apilados en la mente. Se acumulan los desnudos lácteos suyos unos sobre otros extendidos. La memoria fílmica de su mente delvauxiana extrae el desnudo como si de un elemento de la naturaleza se tratara –como si cuerpo que piensa cuerpo.

Érase una desnudo viral, tenso y titilante, de la mente a la vida y a los sueños –donde más tolerable el desnudo. Porque los sueños le tejían fundas de muselina y tafetán que le cubrían los ojos como una mujer de Man Ray, con la malla del encaje camuflando la mirada. Entonces, desposeída por los otros y sus miradas definitorias con las que se juzga a sí misma, expropiada del cuerpo, sumergiéndose en la soledad del paraje surrealista, liviana se alivia. Se tiende en el desnudo como ellas en los lienzos de Delvaux. Alentando al viento a que la manosee.

Deslumbra su desnudo con música de fondo. O mejor así: La muchacha afrontaba su muerte aquí, entre el tenuto de las cuerdas, lombriz-flauta, clarinete bajo, Rautavaara cuando se recoge de la supernova-manouse del Cantus Arcticus y por un instante de platillos, puede verse su pecho desnudo y venoso que pasa silenciosamente por la luz.

Incluso cuando va arropada se comporta como si desnuda fuera, dejando algo vertido fuera del vestido: un trozo de cadera, los hombros disparejos, la espalda torcida, un seno que se sale, una cicatriz en la espalda, las piernas lánguidas y, a cierto ángulo de la luz, una transparencia que evidencia un desconcertante desarreglo hormonal, el pubis rubio y la región rosada. Ella veía y ve, ahora mismo, a todo el mundo desnudo. Evalúa cada superficie, curva, cada protuberancia –lo más dado a ser pasado por alto–, la hondonada de las ropas sobre el cuerpo, el color de la tela sobre la piel, visualizando mentalmente la textura de las carnes debajo, los pezones rugosos, la montaña de Venus o el tamaño del pene flácido, las nalgas, los poros, los vellos bajo la luz de farol de una estación cualquiera.

Es inevitable para ella verlos sin ningún pudor, por muy vestidos que anden, radiografiando la intimidad tras la coraza de los atuendos. En el andén de Delvaux ella espera ver llegar a alguien desnudo. Y que descienda desnuda la llegada de una tensión lívida. Morada de frío, azulada de tristeza, doliente del desnudo. Con la piel desprovista, reposa su espera como si vestida estuviera.

Ella exhibe este desorden: la ambigüedad genital como una marca de identidad. De cuando en vez, dorada de sol, amoratada de madrugada, la espabila el desnudo de alguien. Descorazonándole la gama de blancos que tiñen su conciencia. La consciencia desnuda su inconsciente desfondado. Debajo de las telas flotantes ella sabe un vaho del cuerpo y una exudación de la epidermis. Incluso cuando están vestidas, las mujeres de Delvaux están desnudas y debajo de las carnes ella ve los huesos, el esqueleto amarillento de una ardiente blancura, que es un modo de ver su propia muerte.

Es una mujer de Delvaux y se comporta así de repentina e inexpresiva. Dentro de la escena surrealista de plenilunio sopla un viento frío y se le eriza la piel marmórea. Algo azul la sobrevuela, azul líquido, ungüento marino, un azul en picada, un tragadero de seda azul óptico, penacho añil licuado, ráfaga azulada, caída celeste o ave lapislázuli, seda arbitraria, pelusa de cielo o floración de aciano, hilo de azul se le suelta al cielo, beta de aire marino, azul antediluviano, azul velado, azul que ingiere imágenes del día y los echa al mar del cielo, mar tendido al viento, gotas de aire índigo o ventana azulada, azulejo de agua, azul que busca salirse de la tela e insertarse en el firmamento, busca salida azul de quetzal que aparenta azul y es aire, aliento celestial, color del muerto azuloso de la seda, azul puntual, ala de Morfho azul, puntos corridos de color, arritmia de azules, la ilusión del agua. Tintura sobre la piel luneada.

Así comienza esta historia que sólo conduce a la imagen de su propio desnudo inusitado adornado por una prenda de vestir azul cobalto, que como un vuelo rápido o un lazo al vuelo no le cubre casi nada, más bien un adorno azul de cinta de seda sobre la frente –o pañuelo airoso o tocado vaporoso o collar de perlas grises azuladas desenhebrándose al viento, o sombrero de ala índigo batiéndose en vendaval encima de su desnudo blanquísimo, sonámbulo y estatuario.

Exhala blanco y se autoconsume haciéndose invisible como un oscuro de cine. Desaparece en off hacia una trama fragmentada e inconclusa, se adentra en la niñez y la tantea, sigue hacia la adultez, la vejez y la muerte, la muchacha rubia que va semivestida pero se siente desnuda, desnudando mentalmente a los que caminan a su lado por la vida.

*Fragmento de la novela La Habana sentimental (Bokeh, 2018)





Rosie Inguanzo. Escritora, actriz, profesora. Nació en La Habana, Cuba. En Miami, Florida, donde reside desde 1985, ha cultivado una trayectoria en el teatro. Ha publicado un libro de narrativa, La Habana sentimental (Bokeh, Leiden: 2018), y dos libros de poesía, La vida de la vida (Hypermedia, South Carolina: 2018), Deseo de donde se era (Nos y otros Editores, Madrid: 2001). Doctorada en Español y Literatura Iberoamericana por la Universidad Internacional de la Florida, ejerce el profesorado. A Rosie puede vérsele caracterizando a su alter ego Eslinda Cifuentes, en performances que realiza junto al violinista y compositor Alfredo Triff.

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