Acababa de poner los pies en Marte y me fui al bar Éthos con mi amigo y colega Wes, el único en quien confío entre todos los huevones que conforman el Departamento de Policía de la Confederación.

—Déjame que te mire bien. —Fue su saludo—: ¡Hombre, pero si sigues pareciendo ganado de gimnasio!

Wes es uno de esos tipos medio gordos que traga todo tipo de porquerías sintéticas, bebe igual que un pez, y fuma los horripilantes pitillos de oxígeno que ahora hacen furor entre las Clases Medias, y encima tiene la frescura de burlarse de mí, que intento comer sano y me rompo el culo haciendo ejercicio tres veces por semana.

Había ido a recibirme al astropuerto en un minimóvil del Cuerpo, y después de darnos el abrazo de rigor subimos al vehículo y pusimos rumbo a ese bar en específico, no solo por bajarnos los tragos de la bienvenida, sino también para echarle un vistazo al ambiente, porque allí es donde se reúne lo mejor —que es lo peor— de Ciudad Lagos.

—¡De vuelta a tus lares, cabrón! —brama Wes mientras la emprende a palmadas con mi espalda—. ¿Cómo dejaste a la vieja Tierra, Pez-Raya?, ¿te van a extrañar mucho en los burdeles de la Zona Roja?

—A mí tú no me menciones la Tierra —gruño en tono menor—. Esos malparidos se han vuelto locos: Todo está tan caro allá que hay que ser millonario para poder vivir medianamente bien. Imagínate que una cerveza cuesta más de siete cupones y una cena simple te sale en treinta.
Echamos pie a tierra en la azotea del Éthos, que ocupa el último piso del edificio que fuera antaño la sede de la antigua multiplanetaria1, acusada, multada y desmantelada en su momento por orden del Eje de la Confederación.

El amplio local del bar se ve exacto a como lo dejé hace cuatro meses: paredes negras donde se proyectan manchas de color que evolucionan hasta convertirse en danzarines que al cabo de un par de vueltas tornan a ser manchas de color, espejos convexos en las esquinas y un enorme espejo cóncavo cubriendo el cielorraso, muchas mesitas redondas, cada una ceñida por un par de divanes que parecen mitades de donut, y al fondo la gran barra detrás de la cual se afanan Tim y sus siete androides preparando y sirviendo bebidas y pasando el trapo.

Una música ubicua, medio jazz-medio polifonía medieval, sale en sordina por los altavoces ocultos en los muros.

Apoyo un codo sobre la superficie del mostrador y hago un paneo horizontal cubriendo los rostros de los comensales. Todavía no es la hora en punta, así que solo distingo unos cuantos ricachones acompañados por putas androides de los cuatro géneros, y varias herederas que vienen buscando marcha antes de casarse como se supone que mandan Buda, Cristo y Shangó.

Tim, que conoce mis gustos, me planta junto al codo un tazón de sake con agua espumosa caliente sin saludar siquiera y después sigue en lo suyo.

—¿Algo nuevo en el ambiente? —le pregunto a Wes en lo que pruebo el primer sorbo y siento como el licor hormiguea en mi garganta.

—¿Nuevo? —Se me burla él—, ¿dónde cascos te imaginas que estamos? ¡Esto es Marte, buda! Son los mismos cabrones nadando en plata que saben tapar muy bien su mierda, igual que los gatos, y los mismos desgraciados sin plata que no la saben tapar y van pagando por crímenes menores. Las mismas putas…

Siento que me miran y miro: Es un muchacho que está sentado, muy abierto de piernas, entre dos mujeres que lo manosean sin que él parezca acusar recibo. Es rubio, de rasgos asiáticos: un hermoso híbrido. El cuerpo largo, delgado y flexible. Sus ojos me recorren de arriba abajo, sensuales, desafiantes.

—¿Ese de dónde salió? —le pregunto a Wes—, ¿será uno de los chicos de Muriel?

Wes sigue la dirección de mi índice y pone una sonrisa sarcástica:
—Hablando de putas y de gatos… Ese sí que es nuevo, pero no, no es de los de Muriel, por más que parecen ser buenos amigos. Se comenta que es el primogénito de un personaje importante en la Tierra, un político Alpha del Eje de la Confederación cuyo hijito dedica sus ratos libres, que son muchos, a intimar con nuestro estimable Owen Beta, dueño y señor de Éthos y de todos esos jugosos negocios que cocina en la trastienda de este apreciable local.

—¿Qué me cuentas? Así que amiguito de Owen… —cloqueo en medio de una segunda buchada del trago—. Por cierto, ¿me quieres explicar cómo es que Owen se las arregla para seguir siendo un Beta ahora que ya no está al frente de la multiplanetaria?

—¡Ja! —se carcajea Wes con un poco de amargura—: Eso se llama relacionarse a muy altos niveles y tener buenos contactos.

En eso el muchacho aparta a las mujeres y viene hasta la barra, contoneándose y volteándose un poco, como para que yo pueda darme cuenta de que tiene un culo precioso debajo del talle estrecho que se amplía en lo alto de los húmeros. El cabello claro, mal peinado a la moda, le cae sobre los hombros en mechas dispersas.

Se detiene a mi lado, fingiendo que espera que vengan a atenderlo, y no deja de desafiarme con los ojos. Lleva colgando del hombro un espléndido abrigo negro de piel de oso sintética, y viste un pantalón apretado tipo calzas con camiseta de tela de malla que deja vislumbrar sus tetillas bermejas.

—Me gusta esa camiseta —le digo por joder.
—Cuídate de ella, Stingray —responde con una voz ronca y espesa, de contralto, que me provoca un cosquilleo en los testículos—, porque es una red para atrapar peces.
—¿Nos conocemos de antes? —le pregunto, aunque ya sé la respuesta.
—No, pero en esta ciudad todo se sabe.
—¿De verdad? —Y lo ojeo de arriba abajo, igual a como hizo él conmigo.
Su cuerpo, delicadamente musculado, se mueve con elegancia de predador salvaje en lo que se extiende por encima del mostrador para llamar la atención de un androide.

En eso descubro las fauces de una gran pantera negra que bosteza junto a mis pantorrillas y saco el irradiador en un gesto que no es del todo voluntario.

—¿De dónde coño salió este bicho? —profiero.
El muchacho suelta la risa y me apacigua con una dulzura engañosa:
—Tranquilo, Stingray, no es de verdad, es un cíber.
Enfundo el irradiador, un poco avergonzado.
—Demasiados cíberes para un mundo de mierda —refunfuño a media voz.
El chico me enfrenta y advierto que sus iris y los de la pantera tienen el mismo color ámbar profundo.
—¿Matas a los cíberes que no te gustan? —se chancea.
—No mato a nadie —digo, malhumorado.
—Entonces… —sonríe él—, ¿tampoco matas a humanos que no te gustan?
………………………………….

Llegas de la Tierra, y al momento se te olvida que vienes de un lugar casi tan corrupto como este maldito planeta rojo.

En cuanto sales del astropuerto la nariz se llena de polvo, y las dunas que la vegetación postiza no logra camuflar te recuerdan que estás de nuevo en el infierno, o por lo menos en uno de sus niveles más pretenciosos; eso es lo que Virgilio le habría dicho a Dante acerca de la sociedad marciana: pretenciosa y superficial. Y miserable.

Marte es algo así como el basurero de lujo de la Tierra; todo lo que no quieren allá, todo cuanto se prohíbe por maligno o peligroso, viene a dar acá por obra y gracia del contrabando y el soborno: gentes, drogas y máquinas.

Miro el paisaje urbano a través de las ventanillas del minimóvil: viejas cúpulas que empiezan a caerse a pedazos, puentes retorcidos y edificios flamantes que se abren semejantes a flores malignas alrededor de los cinco lagos del Centro, y me pregunto por qué rayos rechacé la invitación a engrosar las filas del Cuerpo de Policía Terrícola. ¿Tal vez para no tener que encontrarme con Rita? Pues menudo imbécil que soy.

Wes rompe a hablar:
—Ya que nadie va a tener los huevos de decírtelo en la cara, te lo digo yo: hubo gente del Cuerpo que fue a protestarle a Curtis porque te eligieron a ti para ir a trabajar a la Tierra.
—¿Y Curtis qué les contestó?
—Que te quisieron en su equipo porque habías resuelto tus últimos cinco casos, y no como ellos, que se la pasan papando moscas y cobrando el sueldo los fines de mes.
Me encojo de hombros:
—Apuesto a que sacaron a relucir lo de siempre: el hijo de Kathleen que consigue privilegios en honor a la memoria de su difunta mamá.
—¡Imagínate, buda! —Wes pone cara de circunstancias—: Tener una madre como la tuya es algo que los cabrones no pueden pasar por alto, no importa cuán bueno seas tú como detective… No son todos los que pueden alardear de tener una madre que nació Tau y acabó siendo Kappa.
—A veces pienso que es una especie de maldición, porque para lo que nos ha servido al viejo o a mí, orgullo aparte.

Salto del minimóvil antes que haya acabado de posarse y abarco con una rápida mirada la sucia azotea del edificio donde radica el cuartel general del CEI, siglas de Cuerpo Especial de Investigación, un nombre pomposo para designar a un puñado de tipos que se dedican a peinar la mierda, tratando infructuosamente de hacer valer la ley en donde no hay más ley que los cupones que pasan de cuenta en cuenta, corrompiendo a oficiales y jueces.

Matt Stingray, yo mismo: detective del Departamento de Policía de Ciudad Lagos, el grandísimo idiota que se fue a resolver un caso sonado de asesinato y desaparición de equipos en la Tierra, uno más de los que llevan impreso en la palma de su mano izquierda el pequeño sello redondo que indica que pertenezco al Cuerpo, ha regresado a Marte seguido de una estela de gloria por buen cumplimiento, y va a presentarse ante Curtis, su jefe inmediato.

Así que me enlato momentáneamente con Wes en uno de los múltiples ascensores que huelen a sudor rancio, y tres pisos más abajo salimos a la sala general del Cuerpo, donde los detectives se reúnen delante de unas enormes y casi siempre empañadas mamparas de información.

Vienen algunos a abrazarme, otros me hacen señas de saludo desde sus puestos y un tercer grupo, los envidiosos de siempre, finge que no me vio.
Por la macropantalla del fondo asoma la cara de luna de Curtis y un momento después su corpachón de foca marina lo llena todo; el jefe agita una mano indicando que me le una en su cubículo transparente del entrepiso.

—Bienvenido, Matt. Que Buda, Cristo y Shangó te bendigan. —Curtis me concede el honor de levantar el culo de su sillón; alarga una diestra sudorosa que estrecho brevemente—. Mandaron un informe muy elogioso hablando de ti.

Tomo asiento frente a su escritorio.
—Pues se hace lo que se puede —digo con una humildad que no siento—: Tampoco fue tanto lo que se logró resolver.
Curtis enciende el que de seguro es su décimo pitillo de oxígeno del día, luego me mira guiñando los ojos por la fuerza de la primera emisión.
—¿Cómo encontraste la Tierra?
—Fabulosa siempre y cuando tengas con qué pagar…
Él sonríe dejando a la vista sus afilados colmillitos artificiales y señala con la barbilla una de las mamparas de datos:
—Pensaba darte vacaciones, pero me temo que no vas a poder tener ni un día de descanso.
—¿Qué fuego me toca apagar ahora?
—Más de lo mismo. —Curtis deja escapar una vaharada de CO2 por las fosas nasales mientras tose—: Nos mandaron datos de lo que parece ser la continuación del caso que seguiste en la Tierra. Es muy posible que los tres Cognitis-sensualis que echaron en falta en los laboratorios hayan venido a parar acá.

(Fragmento de la novela Hay ámbar en tus ojos cedida por el autor)

Chely Lima es un escritor queer cubano-americano que ha publicado numerosos libros (poesía, novela, cuento, teatro, literatura para niños) en su país de origen, así como en España, Estados Unidos, México, Colombia, Venezuela y Ecuador. Textos suyos han sido traducidos al inglés, francés, portugués, alemán, italiano, ruso, checo y esperanto, y numerosas selecciones y antologías de literatura de diversas partes del mundo recogen muestras de su obra.

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