FRAGMENTOS DE AGNI INGA GANI




Me aparto de tu derecha.
En el lado de tu mandíbula clara
está la espuma
que crea escamas en mi vientre.
Extiendes las monedas que no hacen ruido.
Escucho la limosna de tu adiós
y mi queja es quitarme de tu derecha,
desaprovechar que siempre estás en un quicio de silencio.
Hago un collar con el canto de la plata rodada.
Alterno la cara y la cruz de esa limosna
en mi ovillo de decirte: soy mujer.
Extiendo la cantidad de tus días
sobre mi torso
que siempre es una orilla hacia tu nombre.
En esa cúpula de músculos de araña que es mi pecho
hay un descanso hasta que vuelvas.
Mi cuerpo también tiene refugios de niebla
donde hilar la cuenta atrás de los regresos.
Me imagino que has decidido un combate
y que el combate siempre está lejos.
Me imagino que allá lejos nunca te mueves.
Que tus huesos quebrantaron el horizonte
y quedó el mástil de tu perfil anclado en la línea de pena.
Me imagino que vas a encontrarte frente a otro hombre
en el idioma de una rudeza
y que porque no sabes su nombre
es posible que entres en su herida sin permiso
y que él entre en la tuya, ahí donde puse doblados mis ojos
como tela guardada para tu sequedad.
Quizá me descubra el otro, frente a ti en alta mar
y ambos decidáis desprenderme por la borda del cielo.
Me imagino que es decisivo que nosotros, en la casa inmóvil,
durmamos tu trinchera de algas
mientras mordemos el pan de cada día
y hacemos de la levadura una crecida de días.
Decidimos un lugar en la mesa
ocupado por tu futuro
y me enfurece la diferencia entre
quién hace de rey y el rey.
Un barco encallado que hace turnos de agua
mientras nosotros hacemos turnos de vigía sobre el postre,
avisando del amargor en el dulce cierre.
Llegarás de haber mordido
la yugular de una tribu de sal
y te sentarás en el hueco que no te reconoce.
Apoyarás los brazos a cada lado
y te contaremos que vimos a Lawrence
en una mina en el Tíbet
y querrás correr hacia Lawrence
.
Yo querré reconocer tu hambre mientras lees.
El tercer ojo sobre mi cuarta boca
es el párrafo de mi lumbre.
Y entenderé que un padre fue a golpearse de azul la cabellera
y que vuelve otro padre, añil, desconocido,
que ve las modificaciones lunares sobre mi labio torcido.
La menguante de carne que esconde
que alguien se sentó en ese lugar por mucho tiempo
y que en mí se confundieron mandatos
de viajeros, de bienaventurados, de viajeros,
como se confunde la noche ante mis ojos
que cierro cada vez que el puerto llega a mí.
La silla sentaba a un padre durante tu ausencia.
Yo miraba si se parecía a ti.
Aquel vacío era idéntico al que yo imaginaba.
Idéntico al que se fue y no al que regresa.
Uno y otro y todos
eran idénticos a uno.
Yo servía tu plato mientras
fueras parecido a ese que partió.


Apareciste con las runas sánscritas
ladeando la cabeza ante los niños de basalto.
Saltaban ocres hacia la cueva de tus pómulos.
Buscabas una barca. Un hombre que viviera en la laguna.
La Estigia longitud de círculos
era el lugar al que descendiste tras el fuego.
Había un hombre que te contó de la llama
y que lavaba los cristales y la piedra
en el fondo de lo que sucede y nunca llega.
Un hombre que frotaba los residuos
contra el loto y hacía flotar sobre las aguas
el alga de la pena.
Encontrarías al hombre encorvado
como arco de agua
en la inmortal hazaña de repetir sin detenerse.
Lo reconociste porque te pidió el cuenco que no tenías
y entonces reconociste el hambre que sí llevabas.
La barca era una aguja de preguntas.
Él tenía una vara de escamas con aletas
que clavaba en el ombligo de sal de tu duda
y levantaba en fango la queja de la laguna.
¿Por qué estás vivo?
¿Por qué cruzas de un lado a otro lado?
La laguna está sedienta y te mastica.
Le sabes a la insípida respuesta de la gota
que siempre cae en el centro de sus círculos.
¿Por qué estás vivo?
¿Por qué cruzas de un lado a otro lado?
…….
Las escaleras del Sacré-Coeur
descienden.
Ondulada piedra de heridos
te recuerda que dejaste las botas
junto al río de metralla.
Es un recuerdo que aún no existe
la memoria de idolatrar la sombra.
Tú decides subir el Sena hasta su ocaso.
Reparas la canoa, lijas la curva.
Escupes la resina de astillas
sobre el charco de culebras.
Masticas el alimento que fue
sobre el río de difuntos.
Ahora está Sophie
con sus pies blancos
contagiándote de escamas.
Pintáis las paredes de la habitación de agua.
Tú das brochazos en el muro del tiempo.
Sophie descubre su inocencia en la cal.
La pared es una alcoba con límites de extrañeza.
Os conocisteis antes de ser vosotros.
Ella te regaló unas hojas escritas con saliva
en la docilidad de esconderse delante de su sombra.
Se agrieta el muro de París.
Cruje la cal del corazón sagrado.
Volvéis a ser los que rompéis el cereal en la mano.
En la ciudad está escrita una puerta
y en la puerta escrita una llave de letras.
No habéis entrado por el umbral de alfabetos.
Entrasteis por el óvalo de un vidrio,
escondidos de jardines.
Por laberintos de trigos amables,
desconocéis que la ciudad tiene noche.
Salid de Notre-Dame.
No podéis navegar sobre vidrieras.
La canoa está encallada en el azul triángulo de plomo.
Se os vigila en un amor que alguien talla.
El vidriero da golpes sobre vuestro deseo.
No presentís el orfebre daño de juntar colores.
Cincelan el amarillo en la cintura.
Queman el verde en las aristas de la boca.
Estáis horizontales bajo el hierro.
En la cima del aire golpean vuestros huesos
hacia lograr el cobre de calcio donde ensamblaros.
Vais a formar la mandorla de deseo
y ahí verterán el ácido
que hace disolver a dos en un cuerpo.
Se enfriarán los arcoíris de las glándulas,
se enfriarán los colores en el beso
y os mirarán allá arriba
adorando la inocencia
dentro de una mano de castigos.
Los esclavos que portaron
vuestro pigmento hasta la cúspide
se salvarán en las cosechas de las cúpulas
y vuestro tiempo habrá sido
que una eternidad os detuvo
en el amor de haber huido.

Dos poemas inéditos cedidos por la autora:

WALT WHITMAN SE RETIRÓ A SU BARBA

Walt Whitman se retiró a su barba.
Se retiró huido al mínimo lugar de su todo.
Se refugió en el penúltimo día del silencio.
Abrió el mar rojo de su trenzado
lo abrió y deshilachó el mar en dos mitades de verbo.
Hizo un juicio en el rizado aire de lo que fue su pensamiento al sur de su boca.
Abrió la barba.
Se retiró al lugar de los nudos y de la soberanía.
En ese mar con hebras se preguntó por el bosque de amigos,
por los horizontales susurros sobre su vientre
por quienes fecundaron su barba, por quienes inseminaron su pelo.
En el penúltimo día de su silencio se preguntó por la traición de los ejércitos.
Un soldado amarillo cruzó el dialecto de sus trenzas.
Un soldado desnudo hincó en su barba la herida de muchas sangres.
La barba de Whitman muere en el penúltimo día.
Aún no ha llegado a muerte la blanca leche de hilos,
la alfombra de su lengua. La larga sintonía de los patriarcas.
Whitman salió a la calle en el penúltimo día
y llevaba un cristal en su bolsillo. El cristal de su ojo
sostenido en su derecha sin cuerpo.
Veía a los soldados que son madres
y a las madres que son trincheras.
En el penúltimo día arrastró sus pies de barba
por las baldosas de murallas. Los arrastró con las tijeras de grito
buscando quién uniera las mitades del verbo,
quién uniera la enredada mansedumbre.
Walt Whitman dejó sin hacer el último día.
Los que llegaron después se encontraron, sobre un cuenco desconchado,
la ventana desde la que el viejo veía su nube invertida.
En el desconchado agrio color verde de ese cuenco,
se encontraron que el bosque había sido ardido para que él lo comiera.
Para que se alimentara en su último día
de las verticales asperezas de las sombras.
Y se encontraron que Whitman prefirió no ingerir las cenizas de los bosques.
Ni masticar la resina sobrevivida.
El viejo recordó los hayedos, ardiendo en su boca de último día.
Sigue creciendo la barba de Whitman.
Está abarcando a Andrómeda. Está enredando a Perseo.


BODHIDHARMA SE ARRANCÓ LOS PÁRPADOS

Bodhidharma un día se arrancó los párpados
y los enterró en la hierba.
La hierba creció en multitud de pestañas,
durmieron los pies en el lecho del tercer ojo.
Sembró de pupilas la sangre de la tierra.
Bodhidharma no tiene párpados,
no duerme. La luna no parpadea.
Los astros están sembrados en la hierba.
No crecen los astros.
La raíz de Mercurio y la raíz de Venus
mañana no dirán árbol de planeta.
Se ramifica el astro entre la hierba.
Bodhidharma hace un hoyo entre la sombra y la humedad.
Siembra el ojo de despierto y al borde,
el ojo de dormido siembra.
Cubre de tierra los párpados
cubre de pupila la herida de arrancarse la noche.
Estará despierto, vigilia de sustrato.
Los astros giran y giran en el forzado aire de humus.
Lombrices comen el eclipse de ojos.
Bodhidharma no cierra la luna sobre su oxígeno.
Está despierto. El horizonte es un parpadeo.






Josefina Aguilar (Almería, 1971). Poeta y profesora de fotografía. Licenciada en Comunicación por la Universidad de Sevilla y nacida en Almería. Actualmente imparte clases en Instituto de Secundaria de la Junta de Andalucía en los ciclos formativos de grado superior de Imagen y Sonido. Ha publicado en las revistas de poesía News Poetry Tinta China. Imparte a niños y jóvenes los talleres de escritura: Escribe Tu propio Mito  y Del SuperHéroe al Héroe. En julio de 2018 publicó en el sello editorial Ars Poetica su obra Agni Inga Gani y en 2016, con la Editorial Ultramarina

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