metemPSICOSIS

Novela inédita

Capítulo primero (Fragmento)

Donde la señorita Millant se permite a sí misma sentir envidia y el Pedante, que según la RAE era el maestro que enseñaba a los niños la gramática yendo a las casas, le hala de las trenzas

Mientras daba de comer a las medusas, la señorita Millant meditaba su desencuentro de la mañana con El Pedante. Este había entrado esta vez por la puerta número cuatro, la del Callejón de los Suspiros, y la señorita Millant le recibió con un tazón de brócoli al vapor.

Veo que ha hecho usted su tarea, querida alumna, y ha meditado en El Camino de la Virtud −comenzó a decir El Pedante mientras ponía a resguardo del polen sus sandalias de vicuña en una gaveta del chifonier−. Sin embargo, en este piscolabis están siendo violados algunos preceptos del Camino. Pienso en el Maestro Lao Tsé arrugando la nariz ante su analfabetismo, exigiendo le tire ahora mismo a usted de las trenzas. ¡Así de duro! ¿Dolió? A mí más su desliz. Espero haya sido un lapsus por cuenta de su decrepitud y no que algún germen de la mediocridad haya hecho nido en esta casa. Guarde usted la compostura y sentémonos al pie del aljibe para argumentar.

La señorita Millant, a punto de romper en llanto, colocó el tazón de brócoli sobre una repisa sucia de polen y, con gran dificultad, siguió al Pedante hacia el patio central. Había decidido prescindir esta vez, por coquetería, del andador. Su paso se vio interrumpido por la galápagos exigiendo una ración extra de fruta. La señorita Millant, a riesgo de perder el equilibrio y romperse la cadera, pero temerosa aún más de hacer enfadar a la tortuga, se puso de puntillas para desprender una chirimoya madura de uno de lo árboles. Logró rescatar dos, una de ellas carcomida por los pájaros. Las colocó, una junto a otra, entre las alpinias, donde la galápagos esperaba impaciente.

Le daré, querida, la oportunidad de desdecir su discurso del brócoli en tazón de mayólica de Manises −comenzó a decir El Pedante luego que la anciana se acomodó en uno de los bancos de mármol−. Pero antes, déjeme crear ambiente. He notado que este patio suyo, que rememora al de los antiguos monasterios, marida perfectamente con mi nuevo juguete.

El Pedante sacó de su maleta un hermoso ruiseñor mecánico. La luz del sol comenzaba a dar ya sobre las columnas del aljibe e hizo que este lanzase destellos de pedrería contra los vitrales. El Pedante dio cuerda al pájaro y este comenzó a cantar «Cheek to cheek» en la inigualable versión de Louis Armstrong & Ella Fitzgerald.

¡Ritmo Sistáltico! −exclamó El Pedante dando palmaditas−. ¡Puro Vintage! Me lo trajeron ayer mis padres desde el Canadá como tributo a mi décimo cumpleaños. Si no fuese por su artrosis, le pediría bailar juntos, mejilla con mejilla esta pieza.

La señorita Millant sintió envidia del Pedante. Hacía casi medio siglo que sus padres habían muerto y tuvo nostalgia por aquellos cumpleaños de ensueño donde se danzaba a ritmo de balalaica y se repartía pudín con miel. Donde siempre, luego de las cinco campanada del reloj francés, sus padres hacían llamar al juguetero para que ella diera nombre y forma a sus caprichos de trencitos de cuerda, cuya chimenea desprendía hollín verdadero, y aquellos yaquis de semillas de albaricoque, pintados a manos, con su pelota de tripa de pato y su cajita de ébano para guardarlos bajo la almohada luego de jugar hasta el cansancio con las amigas del colegio. ¡Ah! Los animales en peligro de extinción que le enviaba su tía abuela por correo postal, con una tarjeta de felicitación donde no la llamaba «Querida Betula», como todos en sus cartas, sino «Mi fantasmagoría», «Mi nudo de trapecista», por que la tía abuela había estudiado a Aristóteles concluyendo que el secreto de la eterna juventud estaba en las metáforas. ¡Oh! ¡La tía abuela! Murió en aquel naufragio donde solo se salvó su compañero de viajes, la rabiosa tortuga galápagos, del que dicen los envidiosos era su amante, y que Betula Millant prometió cuidar hasta la muerte. «La gente gusta del chanchullo, del brete», se consolaba a sí misma, a pesar de la galápagos buscando entrar a su habitación por las noches, dando porrazos con el cuello contra los muebles, empujando con la mole de su caparazón, jarrones, biombos, baúles de caoba, y helechos, calmándose solamente si ella le permitía mordisquearle, ligeramente, los pezones, el ombligo. Enfureciéndose hasta babear porque ella no le permitió nunca el bestialismo de su cabeza martilleando, queriendo refugiarse entre sus piernas. Hasta que alguien sugirió incorporar a la dieta del animal los pétalos de la Eschscholzia californica, flor soporífera. Y la galápagos acopló su ritmo circadiano al de su nueva dueña. Sí, tenía envidia del maestro, pero esta vez se permitiría vivir el sentimiento hasta su final, aunque estuviese violando ciertos pasos de El Camino, aunque El Pedante la dejase calva a fuerza de jalar sus trenzas. Niño impertinente que venía a dar cuerda al ruiseñor de su alma y sumirla en lo abisal.

Asumo, querida alumna −comenzó a decir El Pedante mientras marcaba el ritmo de la música con los pies− que su performance del tazón es un homenaje a la cita del Tao Te Ching que estudiamos en la pasada clase. ¿Puede repetirla?

«El sabio gobierna de modo que vacía el corazón, llena el vientre, debilita la ambición, y fortalece los huesos. Así evita que el pueblo tenga saber ni deseos.» −recitó la señorita Millant con la voz entrecortada por el miedo.

Asumo además que la coliflor hervida, −respondió El Pedante− cuya entraña adolece de sobredosis en calcio y vitamina K, hace referencia al fortalecimiento óseo y al llenado de vientre.

Y al vaciamiento de corazón −se apresuró en acotar la anciana−. No olvidemos sus compuestos azufrados, artífices de la fetidez característica del proceso de cocción, que, sumado al escasísimo valor calórico de esta verdura, forman dos ingredientes esenciales del desamor. Con ello quise además hacer un guiño a otra cita del Tao Te Ching que estudiamos hace unos meses: «Se abren puertas y ventanas en los muros de una casa, y es el vacío lo que permite habitarla. En el ser centramos nuestro interés, pero del no-ser depende la utilidad». Como sabemos, todo desamor, todo corazón clueco, termina en casa vacía.

La poca higiene y la poca libido como causantes la ruptura del hogar, del vacío. Muy freudiano su argumento. −dijo el Pedante sonriendo. Veo que con usted no se confirma la teoría de la neurogénesis o regeneración neuronal en adultos −sin embargo es admirable como, a pesar de su senectud, cuente aún con química necesaria para un buen diálogo. Pienso en Platón y en Erasmo de Rotérdam pidiendo que…

La señorita Millant se cubrió la cabeza con las manos para proteger sus trenzas lo cual provocó en el Pedante un ataque de risa.

¡Pero si iba a halagarla en nombre del diálogo como género literario! −continuó el niño.

Perdone, maestro −dijo Betula, aliviada. Me temo que padezco una ligera neurosis inducida. Pavloviana. Donde el círculo, estímulo positivo, se indefine en elipse, estímulo negativo.

No se avergüence usted, querida alumna. Es un mal común en esta isla donde premio y castigo hacen simbiosis. Pero la neurosis experimental inducida puede revertirse. Basta un bis hacia los orígenes, delimitar lo ilimitado. Es lo que hemos estado haciendo siempre que pienso en Lao Tsé con la nariz arrugada y le hago esto. ¿Dolió? ¿Más que antes? ¡pero no llore! Piense que me duele mucho, mucho más a mí, el recuerdo de verme entrar a esta casa y que mi alumna favorita haya olvidado algo esencial de las enseñanzas del Camino: con la hervidura del coliflor, demuestra usted ser una iniciada en el arte de la alegoría, pero no en el del sentido común. Fortalecer los huesos, vaciar el corazón, sí. Pero en la debilidad de ambiciones ha caído usted en un pecado imperdonable: Pretendiendo elogiar lo mistérico de Lao Tsé, nos lo revela histérico, amanerado, al haber elegido usted para el coliflor un tazón de mayólica hispano-morisca, del siglo XVI y no una taza japonesa chawan, de estilo rakú.

La señorita Millant, con los ojos húmedos, lanzó al Pedante una mirada terrible. Este le ofreció un pañuelo de chalís que ella rechazó con orgullo.

Discrepo con usted, el Viejo Maestro dice también: Se moldea la arcilla para hacer la vasija, pero de su vacío depende el uso de la vasija.

Touché, querida alumna − dijo el Pedante con un suspiro de resignación mientras guardaba el ruiseñor mecánico en su maleta−. Demos por concluido el debate.

El Pedante rebuscó en sus bolsillos y sacó un chupachups de sandía. Se lo entregó a Betula para que esta le quitase el envoltorio de plástico. La señorita Millants se disculpó: no veía bien de cerca, debía ir antes a por sus quevedos. Por el camino volvió a tropezar con el galápagos, pero esta vez no hizo caso a sus reclamos: Betula Millant meditaba en los misterios del porqué en ocasiones un niño pide que sea una quien retire la envoltura a sus dulces.

Yordan Rey (La Habana, 1982) Poeta y Narrador. Tiene publicados: Teresa Valdés del Pueblo de Quita y pon(Literatura para niños y jóvenes. Unicornio, 2016); El caserón de la curva (Literatura para niños y jóvenes. Áncoras, 2017); El Asteroide B600 (Literatura para niños y jóvenes. Unicornio, 2018); Cantar del niño nunca robado. (Poesía. GEEPP EDICIONES, 2019) y Grutesco (Novela. En proceso editorial. Capiro 2019). Textos suyos pueden ser encontrados además en diversas publicaciones periódicas, así como en las antologías: El arte en septiembre. Poesía y Narrativa(Argentina, 2005); Premios Lorca IV. Narrativa(España, 2013), Jours d’école. Haiku. (Francia, 2014); El árbol en la cumbre. Poesía. (Cuba, 2015) y Comiendo con los ojos. Narrativa. (Cuba, 2017).
Ha obtenido, entre otros, el Premio Fundación de la ciudad de Santa Clara 2018 en Novela y el Premio de Poesía “Per(versus)”, en España, 2018.

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