Diálogo intertextual entre SiberianaLas cuatro fugas de Manuel 
de Jesús Díaz



El escritor cubano Jesús Díaz (1941-2002), ya reconocido como uno de los autores más destacados de la narrativa hispanoamericana actual, inició su carrera literaria en 1966, ganando con la colección de cuentos Los años duros el codiciado entonces premio Casa de las Américas. Posteriormente se desenvolvió como periodista, profesor, cineasta. En 1990 se radicó en Madrid, donde fundó y dirigió, hasta su muerte, la revista de más prestigio editada fuera de Cuba “Encuentro de la cultura cubana” – un exitoso proyecto transnacional, consagrado a unir las voces cubanas de todas las orillas. 

Díaz es autor de las novelas Las iniciales de la tierra (1987), Las palabras perdidas (1992), La piel y la máscara (1996), Dime algo sobre Cuba (1998). Las últimas dos, Siberiana (2000) y Las cuatro fugas de Manuel (2002),constituyen el objeto de este trabajo.

En 1977, trabajando en  el ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos) y para rodar la película documental La sexta parte del mundo, Jesús Díaz visitó Siberia Oriental y obviamente Siberiana (1) recoge algunas de las experiencias allí vividas.


Ya desde el título el texto de Jesús Díaz anuncia el traspaso de las consabidas fronteras cubanas y ubica la acción  en Siberia, donde un joven periodista cubano, negro y por añadidura de nombre Bárbarodebe preparar un reportaje sobre la construcción del ferrocarril Baikal-Amur.Allí lo espera la siberiana Nadiezhda Shalámov González, quien será su intérprete y se convertirá en su obsesión amorosa.

La novela está estructurada en cuatro partes, que llevan por títulos  los nombres de los cuatro elementos de la naturaleza. 

La primera, “Aire”, constituye el viaje del protagonista de La Habana a Moscú, durante el cual éste recuerda su niñez, pasada en una miserable covacha, su adolescencia y juventud, dedicadas al estudio y al trabajo. Enamorado de su tía Lucinda, un amor imposible, y falto todavía de experiencia sexual, antes de la partida Bárbaro ha prometido a su santo patrón de no volver virgen de Siberia. 

La segunda parte “Tierra” representa el viaje del cubano por las tierras, cubiertas de insondables hielos perpetuos, pero anteriormente introduce a Nadiezhda, la siberiana de ojos azules, de “duro castellano mesetario” (p. 57), “frágil como un carámbano, dura como un pedernal, incomprensible como un enigma”(p. 62). Ella personificará el reto de vencer, de salir vivo y hecho un verdadero hombre de aquel helado infierno. 

El “Fuego” se materializa en un baño ruso, donde en vez de los tan anhelados agua y jabón, el cubano encuentra sólo vapor y latigazos, interrumpidos por las reminiscencias de sus vivencias siberianas. 

Al final es el “Agua”, el gran deshielo primaveral, la renovada esperanza  de  obtener por fin el amor de Nadiezhda. Y es la  realización de este amor, la que conduce a los protagonistas al trágico e inesperado final: Bárbaro, por segunda vez, se enferma de pulmonía y muere, y Nadiezhda se ahoga en el río Angará.

La última obra de Jesús Díaz Las cuatro fugas de Manuel (2) ostenta un título  prefigurador – señala explícitamente al actor protágonico y anuncia sus cuatro huidas: el joven científico Manuel Desdín se ve obligado a huir porque las autoridades cubanas quieren que regrese a Cuba “de vacaciones” por no haber cumplido las orientaciones: que no anduviera con extranjeras, que fuera a clases, que no estuviera por allí repartiendo octavillas diversionistas sobre Ucrania independiente, que no hablara tanto del comemierda ese de Gorbachov, de la perestroika, ni de la glasnost […] que asistiera a las reuniones del colectivo y a los círculos de estudio sobre los discursos de Fidel […] que se pelara cortico como los hombres, que no usara sandalitas como las que tenía puestas ahora mismo 
(pp. 33-34). 

Los cuatro intentos de Manuel de fugarse al Occidente constituyen las cuatro partes del texto, intituladas como las cuatro estaciones del año, comenzando por el Verano (del 1991). Las fugas terminan invariablemente en manos de la policía y ésta, por tratarse de un estudiante cubano con pasaporte oficial, tres veces lo reembarca de vuelta al punto de partida – la agonizante Unión Sovética. 

El epílogo del relato revela la razón, por la cual Jesús Díaz había definido su última novela como non fiction novel: ésta plasma la historia real del personaje central, Manuel Desdín, quien llegó a ser hijo adoptivo del escritor y actualmente trabaja en la versión digital de “Encuentro en la Red”.

Ahora bien, hasta en tal escueto recuento se captan relaciones y contactos intertextuales entre los dos textos. Me propongo señalar cómo algunos rasgos constitutivos del código autorial en ambos textos – como parte del intertexto de Díaz –  y la interposición de dichas equivalencias de intertextualidad en el desarrollo de tramas y protagonistas, llevan a la configuración de un diálogo intertextual.

Como ya he anotado, cada una de las novelas está estructurada en cuatro capítulos, que extratextualmente remiten a la naturaleza (los cuatro elementos, las cuatro estaciones). Considero un rasgo constitutivo del código autorial la correlación que establecen los textos en el eje simbólico naturaleza <-> orden cuaternario. Según Cirlot “Los cuatro elementos, las cuatro estaciones, las cuatro edades de la vida, pero sobre todo los cuatro puntos cardinales suministran orden y fijeza al mundo”(p. 164). Lo confirman Chevalier y Gheerbrant: el cuatro es “un número totalizador, signo de la potencialidad” (pp. 381-382). En este aspecto resulta de interés el reiterativo uso del número cuatro en los dos textos analizados: “cuatro enormes motores” (p.15), “las cuatro reglas” (p. 43), “a los cuatro helados vientos siberianos” (p. 141), “pensó en abofetearlo o en gritarle al menos cuatro verdades” (p. 217), en Siberiana; “había cuatro países punteros”(p. 17), “la pantalla […] constaba de cuatro placas” (p. 22), “se ausentó exactamente cuatro veces” (p. 221) en Las cuatro fugas…, sin olvidar el propio título. 

Los títulos, por su parte, prefiguran la presencia de un discurso transnacional, al que me referiré en adelante: el toponímico adjetivado de un punto antípoda de la Isla tropical, en el primero, y la fuga, en el segundo, devienen marcas de relatos transfronterizos, que transgreden el viejo canon del discurso nacional único y totalizador.

El lugar de la acción no es Cuba y esto deviene otro aspecto distintivo y unificador  de ambos textos, pero excepcional en cuanto al intertexto de Díaz – la trama de la primera, que se inicia en el avión, transcurre y termina en Siberia, en la URSS; la de la segunda se inicia en Ucrania, entonces una de las repúblicas soviéticas, pero concluye fuera del ya desintegrado imperio socialista. 

El escenario fuera de la Isla impone la interacción entre lo cubano y lo no-cubano, lo cual en la escritura se traduce en el entrelazamiento de lenguajes que pueden ser interpretados “de dentro” y “de fuera”. De este entretejido emerge el discurso transnacional, el cual sea a nivel meramente discursivo, sea a nivel de personajes, funciona como nexo codificador y enfatiza el diálogo intertextual entre los dos textos. 

Uno de los componentes del discurso transnacional constituye la presencia de antropónimos, topónimos  y diversos vocablos de origen extranjero, en algunos casos, incorrectamente transcritos. En Siberiana, en oposición a la tradición española de traducir los nombres propios rusos (recuérdese León Tolstoi o incluso José Stalin), el texto presenta los antropónimos en su versión original: Nadiezdha, que significa Esperanza, Anastas Gueorguievich Bezújov, alusión al personaje de Guerra y paz, el médico Nikolai Fiodorovich Kataiev, homenaje al escritor Valentín Kataiev. 

En el segundo textoson frecuentes no solamente los antroponímicos de origen eslavo: junto a Ignati Derkáchev o Serguei Ostrovski, Misha, Sacha, Mijail Gorbachov, Boris Yeltsin, encontramos también al judío Mijail Abdújov Moldstein y toda una constelación de personajes increíbles, emigrantes o asilantes como el ruso Dimitri Andújov, la judía polaca pani Belisa, el ruso-alemán Nikolai Schubert, el iraní-alemán Ibrahim Al Pratter, entre otros.

En el primer texto abundan los topónimos siberianos: Angará, Baikal, Amur, Irkust, Miet Vidisnk, Ust Ilimsk, Sibirskie Tselo, Primariovskoye, etc. En el segundo, al lado de toponímicos ucranianos y rusos como Járkov, Kiev, Moscú, Leningrado, Viborg, Volokolamsk, aparecen también Ystad, Malmö, Szczecin, Fürstenwalde, Eisenhüttenstadt, entre otros, ya que las fugas de Manuel van ensanchando los límites geográficos.

En ambos textos se reiteran los nombres de Lenin y Dzerzhinsky – con éste último en Siberiana se denomina una avenida (p. 71), y en Las cuatro fugas…, una plaza (p.28), con una estatua de Lenin en el centro (p. 33). 
La citación de vocablos rusos , como elemento del discurso transnacional, también establece una línea de analogía en el diseño de los dos textos. En Siberiana prevalecen las palabras taigá, tundra, troika, isba, matriochka, chabka, papiroschka, chorni. En Las cuatro fugas de Manuel, junto a voces como atlichnik, komunalka, bajtior, stalóbaya, úkase, kvas, samovar, Elektriheskoe, tundra, hallamos más adelante Hausemeisterin o Aussiedler. La mayoría de dichos vocablos no son traducidos, en raros casos aparecen explicados: “una sopa que Nadiezdah llamó börsh” en Siberiana          (p. 104); “tajadas de salo, una especie de tocino con mucha grasa”  en  Las cuatro fugas de Manuel (p.112). 

Algunos protagonistas y personajes secundarios son portadores de inherentes rasgos transnacionales, lo que conduce a otra equivalencia intertextual. Así, por ejemplo,  Nadiezhdaes de padre ruso – Ossip Ossipovich Shalamov, preso político del GULAG (el apellido puede captarse como homenaje al escritor disidente, preso del GULAG Harlam Shalamov) – y de madre española, hija de republicanos. 

El apellido de Manuel Desdín es de origen francés – sus antepasados fueron hugonotes que se escaparon de Francia a Alemania. Los abuelos maternos de Manuel, siendo protestantes, a su vez se vieron obligados a huir del nazismo en 1938. 

Las diversas correspondencias y equivalencias que apuntan al juego intertextual se patentizan en el desenvolvimiento de los actores protágonicos, así como en los respectivos finales. En el desarrollo de las tramas, los protagonistas cubanos muestran con diferente grado de intensidad su conciencia de identidad nacional, lo cual constituye otro rasgo codificador: Bárbaro es “El hijo de Changó […] que había sido nombrado así en honor a la santa”(p. 25). El texto resalta este aspecto de la idiosincrasia nacional con relación al protagonista – su creencia en dos dioses, debido al sincretismo religioso afro-católico: “Changó y Santa Bárbara, que eran incomprensiblemente el mismo; un dios con dos nombres, dos caras y dos sexos, un dios macho y hembra” (p. 27). 

La cubanidad de Bárbaro es inherente y ontológica, aunque en el momento sublime de cumplir su promesa de penetrar en una mujer, se muestra capaz de incluir en su santuario a otro dios: “ya  nadie nunca podría reprocharle nada. Ni Chango, ni Santa Bárbara […] ni el mismísimo Dios de los rusos” (p. 202). Para Bárbaro “Siberia era un infierno”(p. 137), “los siberianos estaban locos pa´l carajo” (p. 148) y todo aquello ha representado un ambiente hostil, que sólo el amor de Nadiezhda ha podido suavizar. En cierto momento, cuando en un banquete lo nombran tamadán, “el vodka y el cabreo lo hicieron sentirse más cubano que nunca”(p. 108). Sin embargo, a continuación, cuando “poco a poco se fue sintiendo parte de aquel universo pese a no ser capaz de entender nada de aquella canción  salvo la palabra taigi”(p. 109), el personaje experimenta una transición de la incomprensión y del aborrecimiento de lo extraño hacia la aceptación y cierta compenetración. No obstante, en el mismo banquete, el texto reitera de modo contundente: “No era hijo de San Nicolás, sino de Changó”(p. 112).
Su incapacidad de comunicación por no dominar el ruso (sabe siete palabras: da, niet, spasiva, jarashó, dabai, pashalsta, paiejali)lo obliga no sólo a hablar una especie de ruspañol – “¡Da, soy chorni como el carbón! ¿Qué coño pasa?” (p. 126), – sino a sentirse y quedarse hasta el final un nierus, un chorni cubano, y “por ello doblemente extranjero” (p. 70), tal como para Nadiezhda fue y quedó para siempre “tonto, tonto, cubano, negro y tonto” (p. 228).

Manuel también experimenta el peso “de un doble crimen: ser extranjero y estudiante” (p. 20), pero a diferencia de Bárbaro, él “pulió su ruso[…] lo que le valió el siniestro elogio de que no parecía extranjero”(p. 21); más adelante, el protagonista manifiesta que “el ruso era su segunda lengua, el cirílico su segundo alfabeto, la Unión Soviética su segunda patria”(p. 53). Algo más –  como explicita el texto, él “se sabía perfectamente capaz de sobrevivir en Rusia o en Ucrania” (p. 53), lo que constituye un rasgo tanto de diferencia contrastiva, como de superación con respecto a Bárbaro, quien sin su intérprete se sentía completamente perdido.

Los dos protagonistas de Díaz al igual expresan la decisión de no volver a Cuba; sin embargo, tras esta correspondencia se ocultan motivaciones de índole muy distinta: sólo después de haber cumplido con sus dioses, en un instante fugaz, Bárbaro declara “su decisión inquebrantable de permanecer en Siberia y casarse con ella” (p. 206), de lo cual es inmediatamente disuadido por Nadiezhda; Manuel, que en un principio se resiste a regresar a su patria, porque quiere continuar sus estudios, posteriormente ya no lo puede hacer, por ser declarado fugitivo y apátrida.  

En este contexto, en el juego de equivalencias intertextuales, considero otro signo de superación el hecho de que Las cuatro fugas … enfatiza el atributo externo de la cubanidad – el pasaporte. 

En varias instancias Manuel manifiesta explícitamente su indecisión entre reconocerse fugitivo y sentirse ciudadano cubano: “él se estaba fugando como un delincuente” (p. 46); pero al mismo tiempo “la libreta de tapas rojas en cuya cubierta rezaba República de Cuba. Pasaporte Oficial […] le infundía confianza y lo hacía sentirse protegido” (p. 47). En otro momento, él se muestra “feliz de tener otra vez el pasaporte. Había dejado de ser una sombra para convertirse de nuevo en una persona y lo dijo, entusiasmado” (p. 86). 

Sin embargo, es precisamente este documento oficial el que constituye el mayor obstáculo para obtener refugio, y no asilo político, ya que “quienes partían al exilio lo hacían con un pasaporte gris ratón, calificado en la tapa de Ordinario” (pp. 47-48). 

Al llegar, por fin, a Berlín, después de tres fugas fracasadas, Manuel muestra conciencia de que el objeto que simboliza su identidad nacional ha sufrido una subversión y ha adquirido, además, otro valor metafórico – el de la frustración. Para reafirmar su autenticidad de personaje de no-nación única experimenta una ruptura que se manifiesta en la destrucción física de este mismo objeto de significaciones simbólicas: “Se metió en un gabinete, sacó el pasaporte oficial de tapas rojas y lo desgarró página a página, minuciosamente, experimentando un intenso placer erótico cada vez que rompía la palabra Cuba” (p. 182). No obstante, en la conversación telefónica con su madre, cuando le pide los documentos para probar que es descendiente de alemanes, Manuel manifiesta con toda convicción: “¡Claro que seguiría siendo cubano!” (p. 204).

La enfermedad de los protagonistas, que constituye otra analogía intertextual, se bifurca en cuanto a las consecuencias finales. Aunque en ambos casos los actores protagónicos se enferman de  pulmonía o pleuritis – uno en Siberia,  y el otro en la frontera con Finlandia – y  los dos textos ocupan el mismo sintagma para definir su estado: “estaba volado en fiebres” (pp. 146, 214 en Siberiana; pp. 118,126 en Las cuatro fugas de Manuel), el segundo, sin embargo, es portador de un importante rasgo diferenciador y de superación: en el caso de Bárbaro esta segunda pulmonía doble lo lleva al final letal, mientras Manuel se repone de su enfermedad para seguir huyendo.

Con respecto al capítulo final, cabe señalar que los textos coinciden, ocupando el mismo referente temporal extratextual  –  la primavera: en el primero el título “Agua” apunta al gran deshielo primaveral, y en el segundo lleva explícitamente esta inscripción. A pesar del final trágico del primer texto, es en la primavera cuando se materializa el amor de los protagonistas, y en el segundo el final concierne dicho valor simbólico de un nuevo ciclo vital.

Antes de finalizar es de mi interés señalar algunas instancias de intertextualidad externa – la que remite a obras fuera del intertexto de Díaz: en Las cuatro fugas … ésta se da explícitamente en el peritexto por medio de los epígrafes, que preceden tanto la novela, como cada capítulo, y que constituyen citas de Las cuatro estaciones del año de Eliseo Diego. En Siberiana el sintagma “hasta que fueron exactamente las cinco de la tarde” (p. 226) remite a Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Federico García Lorca, mientras que Las cuatro fugas … ocupa textualmente el último renglón de la primera parte de dicho poema: “eran las cinco en sombra de la tarde” (p. 114); en Siberiana,  en el sintagma “el nuevo pabellón cáncer” puede captarse una remisión a la homónima creación de Alexander Solzhenitzin, mientras que en la última obra del autor cubano se da también un caso de intertextualidad restringida – en la mencionada conversación telefónica con su madre, Manuel la insta: “Dime algo sobre Cuba” (p. 205), que constituye el título de una de las novelas del propio Jesús Díaz.

Cabe concluir que los señalados rasgos constitutivos del código autoral como el eje simbólico establecido entre el orden cuaternario y la naturaleza, el discurso transnacional, que abarca el nivel discursivo y el nivel de personajes, el respectivo desenvolvimiento de los actores protagónicos, manifestando el segundo una indiscutible superación en cuanto a identidad transnacional, tal como las analogías y equivalencias intertextuales, constituyen los componentes que corroboran este juego percibido como diálogo intertextual entre las dos últimas novelas de Jesús Díaz. 

(1) Díaz, Jesús. Siberiana. Madrid: Espasa Calpe, 2000. Citaré en adelante según esta edición.

(2) Díaz, Jesús. Las cuatro fugas de Manuel. Madrid: Espasa Calpe. 2002. Las citas en adelante     corresponden a esta edición.

(3) En el ámbito de la intertextualidad interna y externa asumo lo postulado por Solotorevsky, Myrna en La relación mundo – escritura. Gaithersburg: Ed. Hispamérica, 1993.

(4) Cirlot, Juan Eduardo. Diccionario de símbolos. Barcelona: Ed. Labor, 1969.

(5) Chevalier, Jean, Gheerbrant, Alain, Diccionario de los símbolos. Barcelona: Ed. Herder, 1988.




Emilia Yulzari: Nació en Bulgaria y se graduó en filología española por la Universidad de Sofía. Realizó estudios de postgrado en la Universidad de La Habana con la tesis de maestría sobre el cuento cubano. Desde 1990 reside en Israel. Doctora (Ph D) por la Universidad Hebrea de Jerusalén donde se desempeñó como profesora y especialista en literatura cubana. Autora del libro «Configuración literaria de la Revolución cubana: de la mitificación a la desmitificación» (Madrid, 2004). Traductora de múltiples obras del español, portugués y hebreo.

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