A CONTRALUZ

La voluntad de la luz es incidir sobre la ciudad,
imantar los cuerpos cada noche. El silencio se
escabulle entre la lluvia, como si no existiera,
cede ante los sonidos dispersos que pueblan
este mundo. Aquí nada se nombra, ni se fundan
mitos. Todo es un hallazgo para el que habita la
ceguera. El secreto de este incendio es un rumor
todavía donde se cumple el designio del oráculo.

I
En torno a ti, canto, como un recluso en mi
silencio, como el único que te reconoce en un
espejo y ahuyenta sus malos presagios en torno
de una piedra. Hoy miro al cielo para clamar tu
nombre, tu cuerpo, para gimotear como un niño
tus pechos tibios en el umbral de la noche. En ti,
mi amor se reconoce con palabras ancladas en
la memoria. ¿Qué dioses somos ahora hundidos
en el tiempo? Nadie comprenderá este amor.
Miro la noche: habrá diluvio. Habitaré tus ojos
infinitos como el árbol materno donde la
serpiente nos tentó una noche.

II
La luz radica en la noche. Traza sus párpados
el árbol de luciérnagas, ahí reposan pájaros y
la distancia. Toda esta claridad desteje al árbol,
¿es plena contigo? Se abre detrás del muro de la
casa, antes que la noche se desplome. Tu cuerpo
resplandece, desnudo. Hoy has tocado la puerta
que no te pertenece, el agua lustral que circundó
tu sexo. ¿Escuchaste la piedra, los pájaros, el
fulgor de la lumbre? Toda la raíz arde en su
descenso sediento.


III
Debajo de tu cuerpo, la luz emerge —multiplicando
caricias— al mínimo roce de la piel cargada de
élitros. Abro los ojos en silencio y el tiempo
nos propaga como el último deseo de la noche.
Desembarco las manos palpitando tu luz, avanzo
como el relámpago que nos nombra. ¿Al amar
otros cuerpos encontramos el nuestro en la ebriedad de
la noche que arde, que culmina su vuelo en la
transparencia del deseo que nos habita?


VII
El primer relámpago se planta en la noche, tú,
plena como el mundo lo miras —guardas silencio
en la geometría de esta vastedad para mitigar
la sed—. Clarea sobre la ciudad, cómplice de tu
gesto desnudo. Remonta su erguida sombra en
el espejo, envés de aguas.


X
¿No hay sitio más apretado que la noche? Sí,
tú, árbol que penetro hasta encontrar la luz
guardada entre sus ramas.


(Poemas seleccionados de Cartografía íntima)




Juan Carlos Gómez Recinos. (Pichucalco, Chiapas, (1984). Es poeta y ensayista. Ha publicado Cantos Peregrinos y Cartografía íntima.  En el 2002 obtuvo una mención honorífica en el concurso de POESÍA FIL JOVEN, en el marco de la Feria Internacional del Libro, de la  Ciudad de Guadalajara. Fue becario del Fondo Estatal Para la Cultura y las Artes de Colima 2012, en el área de poesía.

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