Ader se  tiró en bicicleta por un canal de Ámsterdam. Se colgó de un árbol hasta que flaquearon sus brazos y terminó por caer en un río. Ader subió a la azotea de su casa en Los Ángeles, rodó por el techo inclinado para yacer en el suelo. Una tras otra siguieron las caídas: en la calle, en el bosque, en el agua o en los insomnios. Una y otra vez, el hombre cede ante un poder superior: el silencio.


Cuando la tristeza íntima rebasa a los humanos, estos aúllan para dar fe de su presencia en el mundo; significa hallar el modo de romper la soledad y el aislamiento. En el caso de Ader se trató de un grito ahogado, una manera de hacer público lo privado apelando al recurso del arte. Una cadena de gestos sutiles sin afán de escandalizar y, a la vez, de llamar la atención por su extrañeza. 


Expansión y derrumbe del cuerpo y la mente. Suspensión de tiempo y espacio. Ausencia de condiciones o límites. Libertad de actuar o inhibirse, guiado por su elección. Plenitud falsa que oscila entre la acción y su renuncia. Bas Jan Ader asumió el cuerpo para generar una insurrección del alma o, al menos, redimirla.


Su vida y obra constituyen un enigma. La jaula de la melancolía fueron barrotes invisibles que soñó derribar o robustecer, para devenir refugio de su impotencia. No pocas veces el arte suple la imposibilidad del artista para entender la realidad.


Es difícil reconocer las conexiones  de Ader con el tema de la caída. Muchos artistas del performance, el teatro y la danza en la década del sesenta experimentaron con caídas reales o ficticias. Yvonne Rainer rastreó el movimiento corporal y su descenso mientras concretaba un esbozo coreográfico; El primer Bruce Nauman intentó levitar en su estudio hasta caer, en el comienzo de lo que Rosalind Krauss denominaría una “estética narcisista” del video arte; Yves Klein se lanzó al “espacio sideral” desde el balcón de un primer piso, para rebotar sobre un colchón de artes marciales sano y salvo.


La propuesta de Ader era una mezcla de ironía y romanticismo dramático. Fusión de la comicidad -a lo Chaplin o Buster Keaton- junto a la exaltación de su destrucción. A propósito, el célebre ilusionista y escapista de origen judío Harry Houdini (padrino del actor Keaton), apodó al Buster como “El destructor”, al verlo caer por una escalera a los tres años sin que sufriera una herida. 


La tragicomedia de Ader aparentó ser un folletín lacrimógeno. Estas situaciones asemejaban pasajes de la vida real. El juego se ocultó tras el llanto frente a la cámara. Nadie sabe o qué importa si lo que representó fue drama o comedia.


Una sensación de desvío o agonía gobernó el trasfondo de su imaginario. En la serie Estoy demasiado triste como para decírtelo (1970), Ader se hizo fotos llorando. Lagrimones humedecen sus mejillas, para borrarlas con las manos. Lección de un patetismo sublime. “El vértigo es la ausencia de locura” (Emil M. Cioran). “La verdadera imagen casi nunca es visual” (Bill Viola).  “¡Hay que teatralizar la inutilidad de todo!” (Severo Sarduy). Baja el telón o no sube nunca.



Ader registraba sus acciones al momento y trabajaba con fotografías o videos para construir un relato de la acción. Lo que distinguió a su trabajo fueron ademanes centrados en el cuerpo y la actuación con fines narrativos performáticos. La “puesta en escena” de su tragedia examina categorías que giran en torno al ocaso del hombre, la búsqueda de significados, despedidas y continuas vueltas al origen.


Ader discursó en torno a la noción de duda o incertidumbre. Todo menos encontrar una certeza o definición que atrapara una suma de malentendidos. Lo que permanece es un sentido de pérdida y extravío que lo sostiene en vilo; un estado de ánimo que colma de ficciones. Ello lo asocia con el neoconceptalista Félix González Torres (Cuba, 1957- Miami, 1996). Otro romántico que fusionó sensación e idea, fiel a una obsesión que lo describe: “vivir es ir perdiendo cosas”.


Dicen que Bas Jan Ader nació en 1942 en Países Bajos (Holanda y Bélgica se disputan sus raíces). También presumen los estudiosos de su biografía que Bastiaaan Christiaan Johan Ader escapó del hogar en autostop a los diecinueve años, rumbo a Marruecos. Desde 1963 hasta su temprana muerte vivió en California. Consciente del legado europeo que lo marcaba, cuestionó las tradiciones clásicas y no temió volver a ser clásico o moderno según los maestros.


Una muestra es la película Trabajo con flores, donde se observa una parte del cuerpo de Ader vestido de negro y arreglando un ramillete. Luego se escogen las flores en una secuencia de colores. Durante el proceso el jarrón pasa de ser multicolor a monocromático y, al final, regresa a los tres colores primarios. ¿Mueca o guiño al neoplasticismo geométrico de Piet Mondrian? ¿Juego complejo en apariencia o manualidad elemental para despistar a los cazadores de enigmas? 


El mito que rodea a Bas Jan Ader y su desaparición lo convirtieron en héroe. El artista-protagonista de la película que vendrá. Paradoja de quien anheló todo lo contrario. La intensidad de sus fantasías tiende a sobrevalorarse, tras su culminación abrupta a los treinta y siete años, cuando iniciaba la segunda fase del work in progress En busca de un milagro. ¿Edad del martirologio o su comienzo? En el verano de 1975 inició la travesía que lo llevaría desde Cape Cod, Massachusetts hasta Falmouth, Gran Bretaña. Una apuesta final que nadie creyó.


Ader no consiguió alcanzar su meta. A las pocas semanas de zarpar, se perdió el contacto con su embarcación. Ocho meses después encontraron al velero Ocean Wave cerca de las costas de Irlanda. Quizás el “artista melodramático” descendió a las profundidades. Algunos de sus alumnos pensaron que el incidente era otra de sus bromas. Hubo quien aseguró que merodeaba tostándose por las playas de California. Pero Ader no imitaba el truco suicida de una estrella del rock que se desploma para resurgir del olvido. La realidad probó el  “hallazgo” de su misterio.


Más fácil es admirar o mitificar a un artista conceptual muerto que a uno vivo. Bas Jan Ader y su temeridad puede reposar tranquilo con su repertorio de historias reales e imaginarias. La posteridad apenas reparará en la levedad o pesadez de sus mentiras piadosas. Sus lágrimas se diluyeron en la profundidad del océano; allí donde los náufragos moran a la deriva o incrustados a conchas, junto al fondo marino que los escolta sin vigilarlos o juzgarlos por sus acciones o mutismos. 





Hector Antón Castillo. (Camagüey, 1963) Periodista y crítico de artes visuales. Licenciado en Periodismo. Ha colaborado con textos críticos en Catálogos de la Bienal de La Habana, Salones Nacionales, muestras individuales y colectivas, así como en publicaciones culturales como en Noticias de Arte Cubano desempeñándose como Editor, Revolución y Cultura, la Gaceta de Cuba, Revista Arte Cubano, Revista Fotográfica, Cuba literaria, La Jiribilla y Art Nexus, entre otras.

En 2004, obtuvo el Premio Nacional de Crítica de Artes Guy Pérez Cisneros con La otra “muerte del autor”. En 2006, mereció el Premio de Crítica en el Concurso auspiciado por la Revista Videncia con Las paradojas inconclusas de Pedro Pablo Oliva. Textos suyos aparecieron en la antología Nosotros, los más infieles. Narraciones críticas sobre el arte cubano (1993-2005). Se le concedió Premio en el Concurso de Crítica de Artes Artes Guy Pérez Cisneros (2008), con el ensayo Contra la cautela: una razón para otras sinrazones.

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