Estamos en mi cuarto de todos los veranos en casa de mis abuelos. Un cuarto enorme, con un espejo de pie entre dos ventanas con marcos de madera. Quieres mirarme por dentro. Abro la boca todo lo que puedo e intentas introducir tu cabeza en mi garganta como en un pozo. Solo ves mi oscuridad. Se te ocurre que la única manera posible de ver dentro de mí es quitándome la piel. Obedezco y me desnudo por completo. Me coloco delante del espejo. En la mano tienes un pelador de fruta de color plata. Puede que haya premeditación en lo que haces. Te arrodillas delante de mí y comienzas la operación. Es así como la llamas. No sentirás nada, me aseguras. Empiezas por las piernas. Es cierto. No siento dolor. Cierro los ojos para no ver la sangre. Me detallas todos tus movimientos. Cómo sacas la piel en tiras que se desprenden con facilidad, cómo las colocas en orden riguroso sobre una bandeja enorme que tienes colocada en el suelo para este propósito. Con qué facilidad entra el pelador en mi carne y cómo se desliza suavemente por debajo de mi piel, dejando al descubierto los vasos sanguíneos, la consistencia de los músculos, los huesos, adentro, la médula ósea amarilla. Con los pies desnudos me imagino que chapoteo en un charco de sangre. Fantaseo con mi propia muerte. Imagino cómo se va escurriendo la vida, cómo deja lugar a la muerte dentro de mi cuerpo, cómo pierdo la noción de dónde y de quién soy. Me veo en un ataúd de madera blanca, de aquellos que llevan tapas para que los vivos no perciban el olor de los muertos. Me imagino ahí, desnuda, sin piel, con los ojos abiertos, expectantes. Veo en tus ojos una desdicha inmensa. Tu voz me saca de esta revería. Sí, hay algo muy placentero en este espectáculo que imagino. Como cuando, de niña, contemplaba la nieve y me imaginaba desnuda, helándome poco a poco hasta entrar en la muerte. Me pides que abra los ojos. No hay ningún charco de sangre en el suelo. No siento ningún dolor. Estás sacando a trozos la piel de mi vientre, de mi sexo. Hay un amor infinito en cómo llevas a cabo esta operación, en tus movimientos, en cómo colocas las tiras de mi piel en la bandeja que se ensancha a medida que depositas una nueva tira. Y me doy cuenta de que es ese amor lo que transforma mi reacción natural de horror en fascinación. Soy totalmente transparente hasta la cintura. Recuerdo que, de pequeña, cuando me cortaba o me hacía daño pensaba que el líquido transparente, la supuración de la herida, era el citoplasma de las células y que me moriría. Lo que está ocurriendo desafía las leyes de la física y de la biología. Pero es así. Ni una gota de sangre. Ni rastro de dolor. Donde debería brotar la sangre a chorro hay linfa restañada. El citoplasma sigue dentro de las células. La sangre recorre con naturalidad los caminos ya sabidos. Me dices que el interior de mi sexo y de mi vientre es hermoso como un ánfora. Las tiras de piel que sacas de mis pechos son finísimas y azuladas. Las miras con tanto afecto que resucitas en mi pupila antiguos amores y el instinto de succión de todos los hijos que alguna vez he tenido. De mis pezones brota leche caliente que se escurre por encima de mi vientre y de mi sexo. Me confiesas que siempre has deseado bañar en leche materna tus logros y tus fracasos. Tengo miedo de que la leche ablande la linfa restañada y comience a desangrarme. A la vez lo deseo. Lo que deseo es, de nuevo, experimentar la muerte. No morir. Me pides que me mire en el espejo con atención. Me dices que mis pulmones son dos mariposas blancas. El corazón es un feto que late en mi pecho. La columna vertebral, un árbol que expande sus raíces hasta el centro de la tierra y despliega sus ramas hasta el cielo. Mi garganta, una flauta que tocas sin necesidad de cogerla en tus manos. Empiezo a impacientarme. Queda la cara y la cabeza. Se me ocurre que en cuanto acabes esta operación, podrás leer todos mis pensamientos. Me invade una angustia desmesurada. Empiezo a sentir el dolor. Feroz, tan fuerte que me lleva a aquel territorio que hay más allá del dolor y que a veces se llama locura. Empiezo a sentir la sangre obedeciendo a las leyes según las cuales estamos hechos los humanos. Chapoteo en la sangre que abandona mi cuerpo mientras revivo mi vida, segundo a segundo, desde mi nacimiento. Cuando llega el ahora, para mi sorpresa, continúo y vivo el futuro. Conservo mi rostro, sin más alteración que la que el dolor le imprime. Eso me tranquiliza. Lo que pienso está a salvo. Me pregunto sin embargo si eso es lo que debe estar a salvo. Tú, inmóvil, miras en el espejo el espectáculo de mi cuerpo. Te es imposible mírame a la cara. En ningún momento puedes girarte y mirarme mientras esté haciendo la operación. Es una de las pocas instrucciones que me das al comenzar. Desobedezco. Al girarme, veo que solamente eres cuerpo. Tu cara está dejando de tener rasgos. Se te están cerrando los agujeros de las orejas, de la nariz, de los ojos, de la boca. Y en la bandeja ya no queda rastro de las tiras de mi piel.





Corina Oproae nació en Transilvania, Rumanía. Reside en Cataluña desde 1998. Escribe en español, traduce del rumano y del inglés al catalán y al español. Ha traducido autores como Marin Sorescu (premio Cavall Verd Rafel Jaume de Traducción Poética 2014) Lucian Blaga, Gellu Naum, Ana Blandiana (premio Jordi Domènech de Traducción de Poesía, 2015), Norman Manea, Dinu Flamand, Pic Adrian o Mary Oliver. Mil y una muertes (La Garúa Poesía, Barcelona, 2016) es su primer libro de poemas. Su segundo libro de poemas, Intermitencias, fue publicado por Sabina Editorial, Madrid, en 2018. En 2019 publicó una Antología personal en Colombia bajo el sello Caza de Libros / Ulrika Ediciones e incluye, además de una selección de poemas ya publicados, poemas inéditos hasta la fecha, del libro en preparación Temprana Eternidad. Algunos de sus poemas han sido traducidos al rumano, al checo, al serbio, al italiano, al inglés y al sueco.
Corina Oproae

Share this Post