(Crédito de la foto del poeta: Luc de Rooy)






La primera vez fue cuando mi papá   
vino de Nueva York con la maleta llena de Milky Ways 
y yo probé uno y me sentí 
como en esa escena de Charlie y la fábrica de chocolates  
en que el protagonista se esconde para ver si su chocolate está premiado 
aunque yo me escondía más bien para que mi mamá 
no me quitara los chocolates 
y les llevé a Pascual y al Seba quienes se engancharon tanto 
al punto que cada vez que me veían acercarme 
con los bolsillos llenos de Milky Way 
babeaban como el perro de Pavlov 
y después que probé los Milky Way 
los Rocky Kid llenos de almendra no me sabían a nada 
los Crachi los Más Más los chocolates Embajador 
todos habían perdido su magia     
y recuerdo que cuando en la clase de religión 
el cura hablaba del éxodo de los judíos por el desierto   
y del maná que Dios lanzaba desde el cielo 
para  que se alimentaran y no se murieran de hambre 
antes de llegar a la tierra prometida 
yo imaginaba que el maná eran pedacitos  de Milky Way 
que caían sobre la arena y sobre las piedras 
y la analogía cobró más  fuerza 
cuando supe que Milky Way significaba Vía Láctea 
así que piensen en esos publicistas buscándole nombre 
a ese producto  e imaginando  que no hay nada más sublime 
que comerse una estrella 
y bueno ya han pasado dos décadas   
tenía  años que no probaba  un Milky Way 
la verdad hoy en día prefiero los Snickers 
Pascual y el Seba se fueron al norte    
no sé bien en que ciudad vive  Pascual 
pero sé que el Seba vive en Nueva York 
específicamente en el Bronx 
la semana pasada nos vimos y paseamos por Manhattan 
en un momento Seba entró a un Seven Eleven 
para usar el baño y yo  compré un Milky Way 
y le pregunté al Seba 
si le apetecía recordar los viejos tiempos 
pero el Seba me dijo que  ya no comía dulces   
que era propenso a la diabetes 
así que yo me comí el Milky Way solo 
andando con el Seba por las calles de Manhattan 
mirando de vez en cuando hacia arriba
donde había tanta niebla y tantas luces 
que no se alcanzaban a ver las estrellas     
y mucho menos la vía láctea




14

La ola toca una 
a una las piedras como 
si las contara.




25

En el 2050 voy a tener 72 años.
Mi sobrino tendrá más o menos 
la edad que tengo ahora 
y yo tendré 72 años. 
No me imagino con 72 años
y ya que estamos en eso 
tampoco me imagino 
cómo será el mundo. 
Espero que sea menos duro. 
Pero será lo que será.  
Yo espero estar vivo.   
Porque no quiero morir 
antes del 2050. 
O en el 2050. 
Quiero morir en el 2070.   
Aunque eso ya es demasiado.  
¿Qué tal el 2065?
O mejor aún, el 2068. 
Para entonces tendría noventa años.  
No alcanzo a verme con noventa años. 
Con cincuenta o con sesenta puedo verme, 
quizá con más arrugas y con más canas, 
aunque eso sí, con los mismos dientes.  
Si tan solo pudiera pausar la vida
o al menos ralentizar la vida.   
Pero lo único que detiene 
el tiempo es la poesía, 
lo único que congela el tiempo 
son las bajas temperaturas de la poesía     
y habitaremos los versos 
como dentro de un útero
y nunca naceremos 
y nunca envejeceremos.  
Esta noche mis palabras 
vienen del pleistoceno 
y entran y salen 
de los pulmones de mis lectores. 
Buenas noches, lectora. 
Buenas noches, lector.    
Mañana me miraré en el espejo   
y tal vez el tiempo ponga 
otra cana en mi barba, 
la admiraré un rato, 
luego buscaré una tijera 
y la cortaré.  




26

Aguardaron a que se vaciaran las casas 
para luego recogerlas y meterlas en sus maletas.   
Descolgaron las nubes, la luna, las estrellas, 
el tendido eléctrico con sus palomas, 
los tinacos, los pájaros y las antenas.    
Envolvieron el paisaje tropical    
como si fuese un lienzo y lo empacaron todo 
como si se tratase de un circo que se mueve a otra ciudad 
esperanzados en volver a inflarlo, 
levantarlo y clavarlo a martillazos  
en algún descampado
de Nueva York o Barcelona.




31

No dejar que el tiempo borre su cara, 
su barba, sus ojos verdes, sus lentes. 

Si falta espacio en la memoria 
he de suprimir nombres de calles, 

de efemérides o borrar de mi mente 
datos históricos, ecuaciones, poemas,
 
claves, direcciones, números de teléfono, 
pasajes de novelas, películas completas. 

No dejar que el olvido tache su voz, 
su pronunciación, sus palabras favoritas.    

Que siempre pueda convocar sus 
ambiciones, su olor, sus rituales, su elegancia.   

Que no se hunda nunca en la memoria 
y que siempre se mantenga a flote 

como esa vez que me enseñó a nadar  
y yo tenía miedo y él me repetía 

que nunca me soltaría, que siempre 
me sostendría, y yo me agarraba 

de su cuerpo y juntos flotábamos 
en las cálidas aguas de la piscina.  




33

Antes de ir al hospital acompañé a mi padre 
a recortarse el pelo y el barbero de brazos tatuados 
limpió el sillón con un trapo como si se tratara de un trono 
y mi padre con su barba y sus lentes dudó en sentarse, 
porque él odiaba cualquier privilegio 
y si iba a esa barbería donde los decibeles 
del reggaetón y de las salsas 
rompían los tímpanos de los clientes  
era porque se sentía como en casa  
y las tijeras del barbero eran un pájaro  
que aleteaba sobre la cabeza de mi padre 
y entonaban una canción 
que era imperceptible para los mortales.    

Era una canción sobre la muerte 
y ese era el último corte que se haría mi padre 
y eso no lo sabía el barbero,  
no lo sabía yo, 
no lo sabía nadie.   

Afuera brillaba el sol, 
avanzaba el viernes 
y los otros barberos trasquilaban
con sus maquinitas las cabezas 
de sus clientes.    

A veces he pensado en ir a la barbería 
y contarle al barbero de brazos tatuados
que mi padre ha muerto.  
O quizá no decirle nada 
y sentarme a que me recorte 
con esas tijeras que aletearon como un pájaro 
sobre la cabeza de mi padre. 
Entonces sabría el significado 
de la lúgubre canción que las tijeras entonaron, 
comprendería y sería como siempre  
demasiado tarde.      





(Los seis poemas anteriores fueron seleccionados del libro Llegó el fin del mundo a mi barrio).

Frank Báez (Santo Domingo, 1978) es un poeta dominicano, autor de cinco poemarios, entre los que destacan Postales, que ha sido editado en siete países y que fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña en 2009, Anoche soñé que era un DJ y Este es el futuro que estabas esperando. Ha publicado el volumen de cuentos Págales tú a los psicoanalistas, tres libros de crónicas de viajes que han sido reunidos en el volumen La trilogía de los festivales y un libro de no ficción titulado Lo que trajo el mar. Es uno de los fundadores del colectivo El Hombrecito. Fue escogido por el Hay Festival Cartagena como uno de los autores que conforman Bogotá39-2017.

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