Son las ocho de la mañana. Vamos entrando todos en fila. Las chicas con nuestros petos azul marino hasta las rodillas y las camisas azul celeste, con nuestras cintas blancas impolutas sosteniendo cualquier mechón de pelo que se atreviera a rebelarse, los chicos con su traje azul oscuro y la camisa azul claro, con el pelo bien corto, todos con los números de matrícula cosidos por nuestras madres o por nuestras abuelas, tanto en las chaquetas como en la parte delantera del peto o de la americana. Estoy ya en cuarto y hoy es el segundo día del nuevo curso. Me siento al lado de aquella chica tan callada que viene de un pueblo cercano. El curso pasado ella se sentaba justo detrás de mí. Apenas hemos cambiado unas palabras. En primera fila se sienta un chico alto y muy seguro de sí mismo. Es el único nuevo este año. Parece mayor que los demás. El profesor no llega. Estamos sentados todos, hablando entre nosotros. Un chico se levanta, escribe alguna cosa en la pizarra y la borra rápidamente. Mi compañera de pupitre me dice que entre semana se queda en casa de su tía, cerca del hospital. Mi madre trabaja ahí, así que decidimos quedar por la tarde en su casa, antes de que mamá acabe su turno de guardia. El chico nuevo que se sienta delante se levanta y nos dice que el tío ese del cuadro que cuelga en la pared encima de la pizarra solamente tiene una oreja. Nos miramos medio asustados y nos echamos a reír, también a medias. «¿A que le coloco una oreja nueva con esta manzana?» A mí siempre me han gustado mucho las manzanas, pero nunca había pensado que una manzana podría ser una oreja. Nos quedamos helados en la silla mientras otro chaval, hijo de una amiga de mamá, le dice que no tiene agallas de hacerlo. El nuevo, ni corto ni perezoso, apunta a la oreja que falta en el cuadro y lanza la manzana a medio comer con todas sus fuerzas. El cristal se rompe estruendosamente y los trozos rotos llegan hasta la tercera fila. En el lugar donde faltaba la oreja, queda la marca húmeda de la manzana. Se hace un silencio sepulcral. Respiramos nuestro propio miedo. Algunos de mis compañeros y compañeras se echan a llorar sin ruido. Otros le gritan e increpan al nuevo. Se abre la puerta de par en par y aparece el director con un profesor, también nuevo. Al entrar, el director pisa un trozo de cristal que se divide en dos bajo su peso. Se queda petrificado unos segundos y nos mira como si estuviera a punto de engullirnos a todos de un solo bocado. Como si tuviéramos un resorte en la silla, nos levantamos de forma casi sincronizada y comenzamos a entonar el himno. El director adopta un aire de total solemnidad y mira al profesor nuevo que se ha quedado pegado a la puerta, como si quisiera aprovechar la mínima oportunidad para huir. Acabamos de cantar el himno con más ánimo que nunca y permanecemos todos inmóviles, con la mirada clavada en la pizarra negra. Desde mi mesa, me atrevo a mirar por el rabillo del ojo al chico nuevo que acaba de completar el puzle con la oreja que faltaba. Lo noto sereno, con la cabeza bien alta y la mirada neutra. Gira la cara ligeramente y nuestras miradas oblicuas se cruzan por un instante. En la boca, tengo un sabor intenso a manzana Siempre he comido muchas manzanas. Mi madre suele decirme que de tanto comer manzanas, tendré diarrea. Me gustan muy verdes y muy agrias, harinosas, dulces, un poco amargas. De todo tipo. Se me está haciendo la boca agua y necesito con desespero comerme una de las manzanas que llevo dentro de la mochila. La ventaja de que me gusten las manzanas es que no paso hambre a la hora del patio. Las manzanas las trae mi tío en cajas y mamá las guarda en la despensa. Mi corazón está a punto de saltar del pecho para recoger los trozos de vidrio. Lo único que deseo es tener el poder de deshacer todo lo que acaba de suceder. La voz del director es un trueno que cae implacable encima de todos nosotros. El profesor nuevo sigue pegado a la puerta, en la misma pose militar que adoptó al oírnos entonar el himno. Después de llamarnos imbéciles, cretinos, y otras cosas igual de merecidas e igual de sugerentes, el director formula la pregunta que todos estamos esperando. El silencio es sepulcral. Nadie se atreve a levantar la mirada del suelo. Me pregunto si el chico nuevo está mirando al suelo como todos los demás o le está mirando al director. En mi boca, el sabor a manzanas es tan fuerte que me entran ganas de vomitar. Seguimos unos minutos más sumidos en el silencio denso que desata la misma pregunta. Nadie se atreve a decir nada. La manzana se me está pudriendo en la boca. El director pasa a la acción. Sube a la tarima y coge la regla que hay encima de la mesa del profesor. Ahora sí me lo vais a decir. Estiramos todos a la vez la mano izquierda, como si esperásemos recibir un regalo inmerecido. Empieza por el extremo opuesto al sitio donde se sienta el chico nuevo. Mastico una manzana más real que la que hizo trizas el vidrio del cuadro. Es la única forma de luchar contra el terror que me invade cada vez que oigo un golpe seco acompañado de un gemido ahogado. Sé a qué cara corresponde cada uno de los gemidos que oigo. Mientras mastico la manzana, pienso en el chico nuevo. Me toca a mí. La manzana se vuelve agria, como las que solíamos robar en los huertos de los vecinos en verano, cuando iba a visitar a los abuelos. Ahora es tan agria, que no puedo evitar que las lágrimas se me deslicen por las mejillas. Una gota salada cae sobre la mano del director justo en el momento en que mis dedos reciben el golpe. Los otros gemidos se suceden como a cámara rápida. El chico nuevo estira las dos manos. El director duda antes de golpearle la mano derecha. Como ya imaginaba, él no gime. Hacemos seis horas de clase seguidas, con pausas de diez minutos entre clase y clase. No registro nada de lo que sucede en las clases. Solamente sé que los diez minutos de pausa los empleo en ir al baño acompañada de mi compañera de pupitre. Vomito trozos de manzana. Me toca ir al despacho del director. Durante toda la mañana, los profesores han ido invitando a los alumnos y alumnas a salir de clase para ir al despacho. Son las dos y salimos todos de clase para marchar a casa. Solamente queda el nuevo para ir al despacho del director, pero nadie lo llama. El chico se marcha a su casa. Quizás el director lo mande llamar mañana. Sin embargo, no hay mañana. El tío del cuadro nos mira a todos desde detrás del vidrio como desde un ayer inquebrantable. Como si nada hubiera sucedido. El chico nuevo ya no vuelve a clase. Lo voy buscando por los pasillos, intento ver si está en alguna de las clases paralelas, pero no hay ni rastro de él. Me persiguen sus ojos y su gemido ausente. No puedo dejar de pensar en él mientras devoro manzanas en todas y cada una de las pausas que tenemos entre clase y clase.




Corina Oproae nació en Transilvania, Rumanía. Reside en Cataluña desde 1998. Escribe en español, traduce del rumano y del inglés al catalán y al español. Ha traducido autores como Marin Sorescu (premio Cavall Verd Rafel Jaume de Traducción Poética 2014) Lucian Blaga, Gellu Naum, Ana Blandiana (premio Jordi Domènech de Traducción de Poesía, 2015), Norman Manea, Dinu Flamand, Pic Adrian o Mary Oliver. Mil y una muertes (La Garúa Poesía, Barcelona, 2016) es su primer libro de poemas. Su segundo libro de poemas, Intermitencias, fue publicado por Sabina Editorial, Madrid, en 2018. En 2019 publicó una Antología personal en Colombia bajo el sello Caza de Libros / Ulrika Ediciones e incluye, además de una selección de poemas ya publicados, poemas inéditos hasta la fecha, del libro en preparación Temprana Eternidad. Algunos de sus poemas han sido traducidos al rumano, al checo, al serbio, al italiano, al inglés y al sueco.

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