El poeta

A José Valle Parreño


A veces el día decía un adiós hipócrita
a la luna llena.
Era siempre el mismo capricho fresco
de la mañanita que siempre se escapaba
de la adolescencia.
O tal vez era un sol payaso,
payaso de él mismo,
payaso de nadie.

A mediodía,
no eras el voluptuoso sabor de los vaivenes
de tu sexo costeado sobre la vera de un paisaje
que capitulaba un mar convulso.
Eras el pedazo de esa canción
cuando yo sacaba el amanecer
del pozo de mi espacio tiempo.
Ibas en los pies lavados de una loma,
te hacías el árbol de etimologías
con raíces insondables
creciendo a la velocidad de la luz
sobre mis ojos lentos.

Tú y mis orígenes
eran siempre la misma obsesión
que me hacían bendecir nombres comunes.
Mi pequeño cosmos duerme,
y yo pienso…

Tú y mis orígenes,
dos continentes,
una cuarta y otra cuarta de una isla.
Me daba cuenta de que la tierra entera era una isla,
mitad azulada, mitad verdecida,
mitad grotesca, mitad esquelética.
Yo dormía.

Yo estaba encima de la esfera,
mis sueños esquivaban
los jinglados de un absoluto delirio.
Yo veía un puñado de semilla jingoísta
colmando el abismo de una frontera
engullendo un vómito de hiel.
Yo te veía
entre la jamba de una puerta de céfiro,
vestida de árboles de nubes.
Tu esplendor en la garganta roja
de una tempestad de odas.

Tú eras esa mujer del intrínseco fuego,
mitad mentiroso, mitad cariñoso,
mitad de ese calor trepado sobre les átomos
de esa isla de esfera.
No había aún un nombre
para esa capa caliente,
nadie osaba darle nombre…

Tú y mis orígenes,
historia contada en burdeles,
en palacios,
en palacios burdeles.
La pequeña palabra pagana,
un trozo de eclipse,
un trozo de luz venenosa,
una media luna entre tus piernas,
mis horas sincopadas
en la yuxtaposición de tu página.
El placer,
el grito,
charcos de espermas, verborreas.
El nacimiento del niño poema,
la pequeña estrofa pecaminosa.
El jaculatorio de un acre moral
repintaba ese cielo azulado
de nuestras albas épicas,
en un módico angelote jeremíaco
colmado de secretos de Gog y Magog.

(Tabú, el hombre hecho
poético, el hombre vaginal.)

Tú y mis orígenes,
a veces el pequeño grito
de un insecto insolente
era la discordia.
Tú te escapabas de mis párpados
con el lapso verosímil de un paraíso esbelto.
Los sueños castigados del hombre,
eran fantasmas zahúrdas con su yugo
que me hacía inventarme a mí mismo
y luego comerme a mí mismo.

Tú te escapabas de mí
cuando te vi montado sobre el mabuya
que llamaba el viento de tu exilio.
Tú te escapabas
mientras los hombres cesaban
de cazar sus zombis,
mientras ellos cesaban
de cazar sus cucos,
mientras ellos cesaban
de trazar ángulos entre paralelos
de ego.

A veces yo esperaba
que el sol se encarneciera sobre el horizonte.
Yo iba hacia el poema
entre colinas de sintaxis
buscando un acento agudo
a mi libertad muda.
Yo iba hacia el poema
buscando el hombre que soy
en tus entrañas,
buscando el poeta que soy,
trepado sobre
tus prosas y tus versos vertebrados.
Tú y mis orígenes
eran siempre la obsesión isotrópica
en todos mis sueños.
Mientras mi despertar apagaba la luz,
Mi esperanza se desvanecía
en las espirales espinosas de las fronteras
donde no hay dioses más errantes que otros.

Al poeta…
Al final la poesía no es una lógica del amor
Es el cimiento de la civilización
Cada civilización es una porno de violencia.

Samuel  Gregoire (Puerto Príncipe, Haití, 1983). Reside en Santo Domingo, República Dominicana desde el 2004. Estudió Ingeniería Financiera y tiene una formación en Francés como Lengua Extranjera, en Poesía experimental y en Derecho Humano en el ejercicio Periodístico. Trabajó en CDN la Radio como conductor de Diálogo en la Isla (R.D.). Es profesor de francés y coordinador de creatividad literaria. Ha publicado El amor ha muerto (Ángeles de Fierro, Santo Domingo, 2011) y Simulacros de Paraísos (Madrid, Amargord, 2018). Es traductor de obras literarias (Coup de Pilon,  de David Mandessi Diop, entre otras). Escribe en francés, creole y español.

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