ENTENDER A AKUTAGAWA.

TODO DEPENDE DEL COLOR QUE SE TRADUZCA.

Comprender un autor de una cultura tan contrastante con la cultura occidental como es la japonesa, de fuerte raíz nacional en el sentido de la tradición, es realmente difícil, para lectores no iniciados o hasta cierto punto poco conocedores y/o nada amantes de Japón. Somos conscientes, aquellos que tenemos el hábito de leer, que independientemente del juicio crítico que como intelectuales algunos podemos hacer de lo leído y enmarcar esta acción como experiencia personal de deleite, el lector, a día de hoy, atraviesa un periodo de autocomplacencia que lo lleva a buscar lecturas poco complicadas y que de cierta forma lo instalen en un concepto de lo bello masificado, de lo apolíneo consumista, de lo mansamente evasivo para disfrutar de prisa desde esa zona de confort individual cada vez más limitada y estrecha.

Es por eso que al tener en mis manos la compilación Quince cuentos. Ryunosuke Akutagawa, con traducción al castellano, prólogo y notas del escritor José Kozer, publicada bajo el sello RIALTA EDICIONES (Santiago de Querétano, México, 2019), sentí cierta satisfacción al pensar que tal y como estaba concebida, podría ser una lectura posible para esos lectores de hoy. Y no porque fuera una compilación rebajada, descafeinada para satisfacer a los lectores menos ambiciosos y paradójicamente más quejumbrosos, sino justo porque Kozer, extraordinario escritor, hace algo que hoy distingue al experto del mediocre, al vendedor de humo del excelente mentor. Sin dejar de proponer a Akutagawa como un escritor difícil en sus contradicciones, es capaz desde un prólogo muy literario y completo, de avisar y dejar señales que facilitaran la lectura de aquellos que se enfrentan al autor por primera vez. Al tiempo, nos dará, a los seguidores de la literatura nipona, claves y contextos que nos permiten clarificar ciertas preguntas que emanan de la obra de este autor. Me explico.

Ryūnosuke Akutagawa, considerado el padre de los cuentos japoneses, es, sin dudas, uno de los escritores, cuya vida, desasosegada, corta y al mismo tiempo muy productiva, marca características que trascenderán a la literatura nipona posterior, confiriéndole una impronta única y profundamente inquietante. Los relatos de Akutagawa evidencian a nivel técnico literario, una profunda introspección de la literatura de escritores occidentales, pero, al mismo tiempo, en muchos de sus relatos, su ambientación en el Japón feudal o la omisión de este para destacarlo, y las ruinas que hacen referencia a los 265 años de Shogunato, hacen que ambos aspectos, magistralmente dominados por el autor, fragüen la grandeza de sus escritos y lo convierten, con una vida corta de sólo 35 años, en referente obligado para cualquier estudioso de la literatura nipona. Esta breve valoración es magistralmente narrada por Kozer en su prólogo, ambientando más ampliamente el entorno cultural e intelectual de Akutagawa y como escritor que es, inmerso él también en las afectaciones culturales y temporales, recurriendo a palabras del autor para trasmitir de forma directa como vivía y era afectado por ese entorno. Sin embargo, algo que me ha resultado fascinante, es que Kozer en ningún momento nos condiciona a su propia relectura, sino que deja fluir de un modo honesto, un discurso para nada tendencioso, más bien una especie de conversación con el lector a modo de compartir pensamientos como si por primera vez leyera los relatos. Un valioso soliloquio de sensibilidad impactante.

Actualmente la labor de un traductor es crucial para producir un verdadero acercamiento a la obra de un escritor foráneo, más si se trata de traducir una traducción. Sin embargo sospecho que José Kozer ha ido más allá de la traducción del inglés al castellano, y casi con certeza afirmaría que realizó una inmersión bastante personal en aspectos significativos aunque relativamente poco conocidos de Japón, incluida la búsqueda del concepto exacto de ciertos vocablos, que como escritura ideográfica que es el japonés, no tienen una transliteración precisa en una palabra, sino en un conjunto de ideas para convocar pensamientos y sensaciones. Kozer abre su prólogo hablando de la posición que da Donald Keene a Akutagawa, como fenómeno literario dentro de un periodo liberal de la historia japonesa contemporánea, el Taisho, entre 1912 y 1926. Es Keene, el erudito e historiador no japonés más importante de la literatura japonesa, y remarco el hecho, pues cuando uno se instala en esa frágil frontera de traductor / escritor, es fácil complicarse, en este caso en las constantes discrepancias que existen entre los propios historiadores nipones sobre la historia de la literatura japonesa y caer en el creacionismo personal terminando en la utopía de obra nueva. Kozer no sólo evita ser asumido como una autoridad en la materia, sino que en un sublime acto de humildad autoral, da voz revivida a Donald Keene, que justamente fallece en 2019. Porque Kozer tiene claro que su posición creativa en este caso es justamente propiciar el acercamiento de lectores, y como Virgilio con Dante, sugerirá, pero no se convertirá en creador de nuestro mapa de lectura.

A partir de esta compilación he leído y comprendido a Akutagawa desde la cercanía que me permite asimilarlo como lectura primordial para esta época. Tiempo de confusión, caos y constante bazofia escapista dentro de la literatura, dentro de la presentación light de escritores importantes para usar y tirar, que aumenta ventas, pero a la larga sigue dejando pérdida en la conciencia de crecimiento personal que ha de ser la literatura como catalizadora de ideas y emociones. Y a esto le sumo, las pésimas traducciones que nos estampan, donde hasta el más avezado termina por rendirse y caer en la desolación mental y la queja personal de no ser políglota.

Muchos lectores consideran la obra de este genio, como una lectura demasiado descarnada, exenta de hedonismo y muy apegada a lo macabro, a lo terrible, visiones de la locura del más cuerdo de los escritores. Escritura de un joven que ve la vida desde la destrucción, la grieta mugrienta, la carne sucia, haciendo de estos entornos su particular espectáculo de belleza. Pero cuando se lee no se puede obviar que un artista, un escritor, es el resultado de muchas piezas, muchas de las cuales rompen su sensibilidad, los rompe, los entristece. Muchas líneas de fuego que confluyen en su vida, en sus experiencias y en sus emociones, tamizándose dentro de ellos, para fluir con cierto decoro y coherencia en su obra. Y esta reflexión desde la releída ha sido gracias a la introducción, al orden de los relatos, abarcador y estructurado con cuidado, y a la traducción de José Kozer, un intermediario fiel entre el autor y sus lectores. Ya desde el prólogo, Kozer hace que lo que vamos a leer o lo que leímos, (pues muchos lectores suelen leer el prólogo después, en un acto quizá de inocencia lúdica o de no dejarse influir, cosa que aseguro al lector que no pasará en este caso), no sea ese escritor difícil, e inaccesible, ese japonés de principios de siglo que los occidentales tienden a rechazar por su sordidez aparente. Al prepararnos con referencias puntuales al escritor y a la cultura intelectual a la que pertenece, hacemos un viaje en el avance de relato en relato, atravesando la sombra de la locura para centrarnos en la lucidez y desear al final, más.

Como experiencia personal resalto, que siendo como dije amante devota de la cultura japonesa, pero no fiel esposa, es decir, no una residente permanente en su estudio, esta compilación cuidadosa me ayudó a confirmar de modo muy sencillo sospechas que me asaltaban, porque es imposible muchas veces deshacerse del “canon occidental” que nos prejuicia al disfrutar lo que consumimos, (qué se le va a hacer). Esas sospechas eran la vasta relación de Akutagawa con escritores que se dejan oler en sus relatos: Poe el primero, y por supuesto su traductor Baudelaire, pero también esos grandes baluartes que son Dostoievski, Goethe y Nietzsche.

Pero Kozer hace más aún, (casi como si me respondiera) al revelar conexiones. Me deja muy claro que este escritor sumó los clásicos occidentales sin restar a los escritores tradicionales japoneses y apreciando o discrepando a escritores vivos de su época, como Natsume Soseki o Juni’shiro Tanizaki, autor este último de un ensayo excelente que recomiendo, Elogio de la sombra, donde postula la visión de la experiencia estética, como un acto exclusivista, íntimo y personal, de la cultura japonesa, con quien Akutagawa mantiene una polémica quizá centrada en esta posición de Tanizaki, ciertamente reduccionista, de la acción estética del Japón uno y múltiple.

Sí queda muy claro, por parte de Kozer que Akutagawa y su obra concilia el eterno dilema de modernidad y tradición. A partir de ahí, Akutagawa es la evidencia de que la originalidad no reside en huir de las influencias a las que Harold Bloom dedico un libro muy esclarecedor (La angustia de las influencias), si no en aprender a reconocerlas al tiempo que se dejan confluir para crear la excelencia de una obra.

Creo que el valor enorme de esta compilación que nos ofrece RIALTA EDICIONES, radica no sólo en los 15 relatos seleccionados, sino en el intermediario de lujo que es Kozer, que anclándose en su gran cultura y en su gran calidad literaria, crea una especie de metaliteratura discreta, casi inapreciable, sin pretensiones hedonistas ni autorreferenciales, que hace que desde el principio nos sintamos en un ambiente cálido y propicio para comprender. Esta publicación posiblemente acercará a muchos lectores nuevos y atraerá a viejos que podrán al fin releer desde un verdadero deleite.

Por último, considero que más que nunca la vigencia universal de los relatos de Akutagawa nos hace pensar en el famoso texto de J.L. Borges sobre cómo se identifica un clásico. Los relatos de este joven genio sin duda lo son, porque traspasan años, culturas y fronteras para convertirse en espejos y que podamos ver, que a fin de cuentas, también, hoy, podríamos ser uno de sus personajes, cuestionándonos la esperanza y la fragilidad de nuestra ideología y nuestra triste moral. Para entender a Akutanawa creo que debemos empezar por leer su última frase antes que sus relatos, una frase que nos define en pleno siglo XXI y que fue lo último que escribió en la carta de despedida a un amigo, antes de suicidarse (a la manera occidental, con barbitúricos y no con el seppuku tradicional japonés) en 1927, pues como a él a la mayoría nos abruma “la vaga inquietud sobre el futuro.”




Virginia Ramírez Abreu. (La Habana, 1971). Dra. /DPh. por la Universidad de Santiago de Compostela, España. Profesora Ayudante Doctor. Investigadora. Especialista en Arte Contemporáneo Latinoamericano y Género. Directora/Fundadora y Profesora Titular de Antropología de la Cultura e Historia del Arte de la Escuela Superior de Artes Cinematográficas de Galicia. Guionista y Directora audiovisual. Miembro de la Academia Gallega de Cine. Actualmente, CEO fundadora, mentora y coach de VIRARTE ALFAS NET, empresa multidisciplinar, donde se dedica a formar a talentos en áreas de creación de empresa y emprendimiento. Reside desde 1994 en Vigo, España. (virarte@virartealfas.com)

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