* * *

Palabras,
palabras cercanas al silencio,
que en el aire construyan la casa del sonido.
Palabras,
palabras aprendidas
en el lenguaje de los besos,
en la fragilidad de la infancia,
en las noches abiertas.
Palabras,
y en los libros otras palabras
que pasan a ser nuestras,
y nos habitan
y moldean la piedra con su río.
Palabras
para tejer el poema
con la dirección del viento,
con la inocencia de los ojos,
con otras palabras:
las de las puertas que nunca se abren,
las de los caminos inesperados,
las de las huellas borradas.
Palabras otras
para nombrar la vida
que nunca pensamos en vivir:
la de las cosas y su quietud,
su manera de callar
y su manera de anunciarse.
Palabras
para recuperar la luz.
Palabras
para conjurar todas las estaciones
de un solo hombre.


UNA PAREJA

Acercar una mano a la otra mano
mientras el mundo
lo inventan nuestros ojos.
Mirar el jardín
más allá de nuestros pasos.
Juntar las palabras que nos separan.
Amar el trazo uniforme
que ha tejido una sombra
sobre el cuadro
donde está la noche
de los besos no dados.




GRAMÁTICA DE LA FELICIDAD

En el cuarto de la casa
se arrumaban pequeños objetos
que vivían en la luz de cada domingo.
Un aire de claridad, un instante
en que el tiempo semejaba la ternura.
Todo parecía uno; uno parecía todo.

Bastaba abrir los ojos, despertar tan solo
ante el misterio del cuarto
donde reposaban todas las luces.

El mundo tenía la forma del amor
en el rostro de mi madre.
Y tiempo y amor
hallaban en su cuerpo
lo que apenas era mío.



RETRATO DE SEURAT

Hoy empiezo a creer
que el punto
fue el inicio de todo.
Luego fue un trazo
el boceto de un mundo
que solo conquistaríamos
con los ojos medio cerrados.
Las palabras evocadas por el cuadro
ahora callan, dicen sin decir,
un paisaje las contiene todas:
la Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte.
Allí aprendimos que el punto inició
un rostro, una hoja de hierba,
el sol sobre los veleros,
el salto de una gota de agua
sobre las manos abiertas.




BUSTO DE SAFO DE LESBOS, SIGLO V A. C.

Amé en esta tierra
ese cuerpo que temblaba entre mis manos.
Lo amé hasta detallarlo:
el mentón fino, la carne de los labios,
los dedos inquietos, los ojos de un sol color naranja.
Pero el amor no es la memoria del que ama.
Yo aprendí tu nombre de las cosas que saben callar.
Tú me enseñaste que el mar calmo
guarda en sus entrañas la agitación y la furia.
Ahora invoco la morada del agua
para no olvidarte, habitante de mis ojos,
para no abandonar tu perfil en las sombras,
cuerpo húmedo que me abraza todo lleno de música.


[ Poemas seleccionados por el autor de su más reciente poemario
Libro de la mirada (Pre-Textos, 2020). ]



Wilson Pérez Uribe (Colombia, 1992) es licenciado en Literatura y Lengua Castellana de la Universidad de Antioquia. Escribe poesía y ensayo. Sus textos han sido publicados en Colombia, España y México, tanto en antologías de festivales de poesía, como el Festival Internacional de Poesía de Medellín, y en revistas como Revista Universidad de Antioquia, Círculo de Poesía, La Tagua, Literariedad, entre otras. Una muestra de su poesía ha sido traducida al inglés, al italiano y al portugués. Ha emprendido proyectos de formación y de lecturas en voz alta sobre literatura china y literatura japonesa en la Universidad de Antioquia y en la ciudad de Medellín. Algunas de sus obras son: El amor y la eterna sinfonía del mar (Hombre Nuevo Editores, 2011), Movimientos (Editorial Universidad de Antioquia, 2018), La madeja y la estrella: retratos de familia (Universidad Central, Revista Alapalabra, 2018), Libro de la mirada (Pre-Textos, 2020).

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