Caballo rengo no alcanza maloja y el que ande lento se tiempla a la vieja coja, eso ha oído decir desde que era chama, pero está segurísimo de que no va con él, porque ni está rengo ni se siente lento, y ahí pueden verlo avanzar por el centro de la calle, muy erguido el casco rapao y los ojos fijos en su destino, un paso rotundo que atrae la atención de algunos entre los muchos vagos de la tarde. Los hay incluso que se vuelven un segundo a mirarlo pasar con el bulto de periódicos aprisionado bajo el brazo izquierdo, persistente y embalado él, tan entregado a su misión, que uno de los viejos sentados en la entrada de Bariloche suspende el chisme que contaba y lo señala a los demás ocambos, sus compañeros, Ja, ¿vieron? apareció otro loco que vende pendejadas de literatura en El Conde. Y al final todo es fachada, papití y cuento, pura y espesa filfa; aunque nadie entre quienes lo ven ir con sus pantalones cortos, sus sandalias y su desmañado pulovito gris alcanza a distinguir la maldición que lo acompaña, ni imagina que es un condenado de origen, vástago de una raza destinada a recorrer las zapaterías del planeta que llamamos Tierra con una plantilla en la mano, buscando calzado para los parientes, amigos, vecinos, conocidos, funcionarios, incluso enemigos, sin encontrar jamás la horma adecuada, castigo ejemplar con que los dioses superiores encadenaron su estirpe al innoble suelo para castigar la arrogancia, la inaudita altanería de querer competir con los divinos y construir un paraíso en la tierra. De modo que él y quienes lo ven andar no saben que es un ser degradado, incapaz de solventar la pedestre función humana que es pisar el mundo, caminar con éxito sobre la mugre, la mierda y la trampa. Así, con tal pretensión de avisado aunque en realidad más perdido que Matías Pérez, ignorante de tanto estropicio a su alrededor, empuja él la puerta encristalada de la tienda Los Muchachos solo para darse de frente con la única dependienta irremediablemente fea que es posible encontrar en el agitado trazo de la calle El Conde; tan fea y flaca es la mujer enfundada en su overol azul claro, que cuando dice ¿le asisto?, él cree escuchar ¿le asusto?, y nuestro héroe necesita un minuto para reaccionar, para apearse de la utópica causa que emborracha sus neuronas y aterrizar en la realidad de los largos mostradores, del penetrante olor a cuero por todas partes, y en fin, para percatarse de que llegado es el momento en que deberá colocar los periódicos sobre un mostrador y sacar del bolsillo la plantilla dibujada en una hoja de papel común, ocho y medio por once pulgadas exactas, que la bruja en funciones de dependienta observa con ojillos malvados, y luego hace una mueca indisimulable, y más luego se hunde en las tripas del almacén con la jodida plantilla en una mano para regresar veinte minutos más tarde cargando ocho o nueve cajas rectangulares. Pero he aquí que la plantilla no es un plano cualquiera ni conduce a tesoro alguno, qué va, es un trazo maldecido, ya fue dicho antes, y reproduce un pie rarísimo, corto y grueso como prángana, desparramado hacia los lados, y el zapato que le va bien de ancho no le acomoda de largo, mientras el que le sirve de largo, ni modo que cumpla con semejantes desbordes laterales, así que la dependienta va y viene, las cajas se acumulan sobre el piso, y él se hunde en una inquietud cada vez más intensa, a medida que la espantapájaros vestida de overol azul claro lo mira con un brillo asesino en crecimiento, atrincherada tras la montaña de cajas, a punto ya de agarrarlo por el cuello y hacerle comer la dichosa plantilla, cuando ¡púncata!, aparece un par de objetos no identificables, de horroroso talante panochezco, pero con la horma desgonzada lo suficiente como para acercarse a las imposibles fronteras de la plantilla, y él por fin sonríe ante la posibilidad de cumplir la sangrada misión, mientras la dependienta descarga su encojonamiento en un gruñido que le brota de las enrevesadas entrañas, para luego sonreír también, aunque en su caso con un indudable rescoldo de venganza, el mismo que resuena en su voz al informar el precio de aquellas chalanas cuya presencia en el almacén debe remontarse al momento en que Eva preguntó a Adán si no era posible agregar un tacón largo y puntiagudo a ese invento que él, vanidosamente, insistía en llamar zapatos. Dos mil trescientos pesos, dice la bruja lista para subir a su escoba, y él percibe con espantosa nitidez cómo su tarjeta de crédito lanza una queja dentro de la billetera, pero aun así debe sacrificarla ante el altar del chenche por chenche, qué remedio le queda, y se va luego haciendo oídos sordos a los gorgoritos de ahogado que suben desde su bolsillo izquierdo-trasero, mientras regresa a casa con su bolsa en la mano derecha y los periódicos otra vez bajo el brazo izquierdo, usando ahora una de las aceras, exactamente la derecha, y no el centro de la calle, torturado por la voz de su intransigente ángel de la guarda socialista que, autoritario, le ordena dejarse de comer mierda y ponerse a trabajar urgente, lo que se dice ya, ahora mismo, o será devuelto a la libreta de racionamiento, porque el que no trabaja no come; a lo que su magnánimo ángel de la guarda consumista, aburguesado y complaciente, responde ni corto ni menos perezoso preguntando cómo puede alguien dedicarse a crear con la paz requerida mientras pena entre un viejo gordo que dice no recordar nada, lo que es nada de nada, y una mujer hija de la gran puta que no acaba de comunicarse, así que él se aproxima a la calle Hostos y está a punto de dar las gracias a su ángel de la guarda capitalista por tanta comprensión al momento de doblar a la derecha, cuando desde la entrada de Helados Bon le gritan hey, artista, lléguese acá, y es un hombre alto, color negro-teléfono, que tiene además los dos dientes frontales superiores completamente separados, y cuando él cruza la calle y se acerca, el dentuzo señala hacia los otros tres individuos que le acompañan y pregunta si es cierto o no que en Cuba ni papel sanitario hay para limpiarse el culo. Y he aquí que él no intenta sonreír, solo mira el trillo entre los dientes, que permite ver la gruesa y encarnada lengua del preguntón; se acerca a su cara negrísima como quien está decidido a compartir un secreto, y le dice mire, yo no recuerdo haber vivido en Cuba pero, aquí entre nosotros, si por casualidad se entera de que nací allí, créame que no fue mi culpa. Y da la espalda, retoma su camino otra vez con paso de vencedor, como mismo hará los restantes días de su vida porque, ya se sabe, para los malditos por los dioses y los condenados a sufrir la historia el descanso está en la tumba.

(Ante-capítulo de la novela inédita Tantas razones para odiar a Emilia)

(El autor lee este fragmento para el Canal: Sentado en el Aire, del poeta Juan Carlos Recio)




José M. Fernández Pequeño. Escritor cubano. Ha cultivado la crítica literaria, la narrativa, el ensayo y la literatura para niños. También ha desarrollado una larga carrera como profesor universitario, editor y gestor cultural. En 1998 viajó a la República Dominicana, donde se dominicanizó (o mejor, se tiguerizó) durante dieciséis años.
Se sabe que ha recibido algunos premios literarios pero, al ser preguntado al respecto, Fernández Pequeño, confesó haberlos olvidado. Y dijo más, dijo que cada libro suyo es solo una forma de difuminarse, su aporte a la noble tarea de hacer que la realidad sea cada vez más irreal.
Por ahora, vive y trabaja en Miami. Mañana, ¿quién sabe?

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