I


Mazzini amaneció en medio de una crisis respiratoria. Nada más levantarse se dirigió al servicio de emergencia del cemic. La doctora Graciela di Napoli le hizo varias preguntas antes de pasarlo a examen.

—¿Es usted soltero o casado?

—Soltero.

—¿Tiene problemas de estrés?

—No sé.

—¿Ningún problema relacionado con su vida sentimental?

—No creo.

—¿O con su trabajo?

—No trabajo.

—¿No trabaja?

—No.

—¿Se encuentra desempleado?

—Oiga… solo necesito un maldito spray para el asma, para respirar otra vez.

—Mire, lo suyo no creo que sea asma. Cuanta más información tenga de algunos detalles de su vida, mucho más adecuado será el tratamiento que pueda recetarle. ¿Se encuentra desempleado?

—No soy un desempleado. Soy una persona que no trabaja.

—¿Está tal vez recibiendo compensaciones económicas derivadas de algún accidente laboral?

—¿Cómo dice?

—Que si está recibiendo compensaciones económicas derivadas de algún accidente laboral.

—¿Pero no le dije que no trabajo? —respondió Leopoldo Mazzini antes de realizar grandes esfuerzos para tratar de llenar de aire sus pulmones.

—Bueno, pero supongo que habrá trabajado antes…, ¿o no?

—La verdad… no.

—Bien, señor Mazzini, entonces dígame… ¿Tiene conocimiento de que hayan existido complicaciones de tipo respiratorio entre algún miembro de la familia?

Leopoldo volvió a hacer considerables esfuerzos para tomar aire antes de replicar a la doctora Graciela di Napoli, y mirando el enorme crucifijo de oro que pendía del cuello de la galena dijo:

—Oiga, doctora… mire… ya he rellenado en la sala de espera un formulario repleto de preguntas absurdas, ¿y ahora quiere conocer detalles ya no de mi vida privada sino también de la de mis familiares? ¿Le importaría darme uno de esos sprays milagrosos en lugar de seguir preguntándome cosas?

La doctora Graciela di Napoli recorrió con el dedo índice de su mano derecha su tabique nasal con el fin de ajustarse los anteojos, y mirando fijamente a Leopoldo, le dijo:

—Señor Mazzini, mi obligación es conocer en la medida de lo posible su historial médico.

—Doctora… el spray… se lo suplico… deme algo para esto y si tanto interés tiene usted en mi vida otro día le mando por mail un avance de mis memorias.

—¿Es que está escribiendo sus memorias?

—Doctora… el spray… ¡Se lo suplico, se lo ruego!

—Está bien. Pero primero tengo que examinarle.

La doctora di Napoli se puso a auscultar el pecho del paciente, luego se levantó y salió de la habitación para regresar de inmediato con un inhalador.

— Ha puesto usted que lleva más de veinte años fumando.

—¿Y qué quiere que ponga?

—¡Señor Mazzini! ¡El tabaco no hace más que irritar sus vías respiratorias! ¡Usted tiene EPOC!

—¿EPOC?

—Enfermedad pulmonar obstructiva crónica.

—Ah…

—¿No se da cuenta de lo perjudicial que es para usted el tabaco?

—Claro que me doy cuenta.

—¡Prométame usted que va a dejar de fumar.

—Pero… pero… ¿cómo voy a prometerle eso?, ¿es que está usted loca?

Leopoldo salió con otra cara de la clínica después de dos inhalaciones de Salbutamol, y decidió regresar a su casa caminando sin prisa, holgado, como siempre, de tiempo. Por las veredas de Las Heras no caminaba ni un alma, a excepción de Leopoldo, que lo hacía cada vez con mayor lentitud.

Se detuvo en un Maxikiosco y compró un paquete de tabaco. De nuevo en la calle encendió un cigarrillo. Cuando llegó casi a la esquina de Ayacucho, se sentó en el banco de una parada de algún colectivo que nadie esperaba y se quedó mirando fijamente al suelo. Luego siguió caminando y en el cruce de Las Heras con Callao no quiso detenerse ante un semáforo en rojo. Aceleró el paso con objeto de cruzar a la

otra acera, y al menos un par de vehículos se vieron obligados a reducir la velocidad para no atropellarlo. Tras cruzar la calle, un patrullero de la 17ª paró repentinamente a su lado. Del auto salió un policía de esos que ya no existen: buenos

modales. En la pequeña placa metálica podía leerse su apellido.

—¿Por qué cruzó con el semáforo en rojo?

—Porque tengo EPOC.

—¿Y qué tiene que ver su enfermedad con cruzar una calle en rojo.

—Ni idea.

—¿No se da cuenta usted de que su actitud puede provocar un accidente de tránsito?

—No exagere.

—Mire, el hecho de no manejar un auto no significa que no pueda tener la responsabilidad de provocar un accidente.

Leopoldo encendió un cigarrillo.

—¿Pero no dijo que tiene EPOC?

—Así es.

—¿Y cómo es posible que usted fume?

—Bue… me dijeron recién que lo deje, pero…, ¡qué quiere que le diga!, ¿usted no fuma?

—¡Por supuesto que no!

—Entonces… sargento Arancibia…, ¿con qué se da?

—Eh… mire… amigo… dado que el EPOC, por lo que se ve, le inclina a decir y hacer cosas inapropiadas, seré generoso y le perdonaré la multa si me promete que no vuelve a fumar… ni a cruzar con un semáforo en rojo.

—Pero… pero…, ¿cómo le voy a prometer eso?, ¿usted está loco?

Así fue como Leopoldo se ganó una multa de unos cuantos pesos, susceptible de ser cambiada por una contribución inmediata y voluntaria de lo que usted tenga en este momento,

ducta inapropiada en un plazo no superior a treinta días.

Leopoldo siguió caminado rumbo al Bajo, donde se detuvo a la altura de Santa Fe y Suipacha para encender un cigarrillo.

Eran casi las dos cuando Leopoldo llegó a su casa de la calle Reconquista, justo el momento en que daba comienzo el amistoso de fútbol entre un combinado local y otro combinado visitante proveniente de Jamaica. Así que puso en funcionamiento su vieja videocassete con el objetivo de ver el partido más tarde. Y es que, acostumbrado desde muy joven al noctambulismo, Leopoldo no solía levantarse hasta bien pasado el mediodía.

Antes de tenderse sobre el sofá, se aseguró de bajar al máximo el volumen de su contestador automático, algo que a veces hacía para que nadie desvelara su sueño y que en ocasiones como esta le servía además para impedir que algún inoportuno le dijera el resultado del partido, que pretendía ver en diferido pero sin tener constancia alguna de lo acontecido.






José Luis Pizzi nació el 12 de julio de 1959 en Ingeniero Huergo, Argentina. Es abogado y  fue una de las piezas fundamentales en el trabajo realizado por la igualdad de los derechos de las minorías sexuales en Argentina, siendo uno de los creadores de las más importantes modificaciones en la legislación por orientación sexual e identidad de género. Desde 2008 vive en Berlín y ha publicado la novela Leidis. Ij jabe Junga (Ladies. Ich habe Hunger) en 2014 por ABRAZOS Verlag, traducida al alemán en 2015 y acaba de salir la 2da. Edición de la versión original (Julio 2017). Ha publicado el cuento infantil bilingüe español-alemán “Había una vez en Mirow – Es war einmal in Mirow” en colaboración con sus hijas Lucia y Sophia. (2016, ABRAZOS Verlag) y El actor (ABRAZOS Verlag) .
Su cuento “La vida pasa volando” ha merecido un premio en el concurso de cuentos organizado por el Colegio de Abogados de Buenos Aires en 2015.
Coordina los encuentros literarios en Berlín, promocionando autores hispanoparlantes, organizando más de 40 eventos culturales desde 2015.
Ha presentado sus novelas en distintos lugares de Berlín, Buenos Aires y Montevideo desde  su publicación y hasta la fecha.

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