Tendría que pasar algún tiempo, todavía, para que llegara a casa Xavier Ribalta, de la mano del pintor Alfonso del Valle, para que se olvidaran, el Pauvre Martin, siempre cavando su tumba para no molestar, Fernande, la que ponía morcillona a la del propio Brassens, J’ai rendez vous avec vous o La mauvaise reputation que cantaba al castellano siempre el propio Paco. Sí, fue el cantante del Pica, pica miner, el que nos trajo la música de Brel, y desde entonces ya fue también un referente de Carol, con su Les bourgeois, Les paumés du petit matin, Madeleine o Bruxelles, el

Rosa latinajo a la inefable Ne me quitte pas. No se olvidarían en casa Yves Montand, la Piaf, Charles Trenet, o Aznavour, o el jazz que yo aporté a Copérnico, como Cannonball Adderley en This here, y mis inseparables Dizzy Gillespie con Charlie Parker. Todos ellos llegaron junto al fetiche de Elvira, una calavera auténtica que mi suegra, la doctora, había obtenido de la morgue del Clínico para su estudio, y que nosostros poníamos a presidir en las reuniones como portavela o candelabro, con su hueso supernumerario y todo entre el frontal y los occipitales, llama que esparcía su cera y esperma sobre la bóveda craneal, dándole una pátina de pieza funeraria arqueológica. Junto a Elvira desfilarían poemas de Federico, de Miguel Hernández, de Pablo Neruda, y tantos otros del 27, así como tertulias sobre Steinbeck, John Dos Passos, Caldwell, Aldous Huxley, Hermann Hesse o mi íntimo, adorado escritor William Faulkner, con sus Palmeras salvajes, Absalón, Absalón, Intruso en el polvo o Sartorius. Fueron tardes y, sobre todo, noches, de afirmación de la personalidad cultural de este pobre y aturdido autodidacta, alumno libre de las clases de Filosofía y Letras en la Universidad, escritor de vocación con un solo poema, un chubasquero, una guitarra, Las moscas de Machado y una cala como Cala Estreta, en donde Carol me mostró su cuerpo en bikini dos piezas, que púdicamente se tapó con una blusa tan fina que la llamó la túnica de Jesús. ¡Cala Estreta! ¡Déu meu! Que iba a ser un referente en mi vida para los próximos casi sesenta años, desde Copérinco a la casa de Calella de Palafrugell, poco después del Passeig del Canadell, la casa Pinsmar, a un par de kilómetros de donde la conocí. Josep Sánchez, el catedrático de Historia Contemporánea, comenzó su discurso sobre el Ebro, Ascó, de donde veníamos por abuelo paterno, y la higuera que había plantado en Flix, junto a lo Riu, (lo Riu és vida), la higuera de Carol plantada en vida, y que ese otoño iba a dar los primeros higos de Carol, invitando, tendiendo una mano, a los asistentes para que bajaran al Ebro, (lo Riu és vida), a degustar los higos nuevos de Carol.

La periodista amiga Cristina Fallarás subió al estrado para hablar de Carol y los niños. Los niños de Carol, entre otros los hijos de la propia Cris, o los nuestros, adoptados de la Maternidad por culpa de una intervención, una histerectomía que le practicaron a los pocos, escasos años de nuestra boda. Así llegarían primero mi hija Àfrica, y cuatro años después, mi hijo Juan. Las tertulias, las canciones de paz, o las de guerra, como Asturias patria querida o Uno de enero, dos de febrero, tres… o Las vacas del pueblo se han escapao… callaron una temporada porque Àfrica dormía, hasta que descubrimos que Àfrica no se desvelaba y regresaron las conferencias y tertulias con mis redactores de La Ballena Alegre, revista de Artes, Letras y Ciencia, como Miguel Oca, Rodolfo Lacal, los pintores Jolonch, Pessa y Zerkowitz, y tantos otros hasta llegar al famoso artículo de Antonio Tovar, rector de la Universidad de Salamanca, que fue censurado por la censura al descubrir que comenzaba “En mis años de fe política…” Fuimos, y digo un plural muy consciente, escorando despacio y seguros hacia la izquierda, a medida que descubríamos las grandes mentiras y omisiones de la educación franquista, y pronto llegarían a casa Copérnico personajes como Román Gubern, Jorge Herralde, Manolo Vázquez Montalbán, Antoni Montserrat y el propio Paco.

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

a consumir…

Junto a Elvira, candelabro de hueso y fósforo, otro referente, este de carne y hueso, empapado, anegado de infinito y sueños de ojos entornados. Cuando llegué una tarde a Canaletas, Ramblas de mi Barcelona amada, las

bases de Miguel Oca (Ramblas arriba, Ramblas abajo) llevaban tiempo sentándose en las sillas de pago de Canaletas (10 céntimos). De tanto verle Ramblas arriba, Ramblas abajo, creí una noche que ya le conocía. Le observaba de lejos cómo hablaba, enseñaba doctrina, sobre el infinito. De vez en vez recitaba unos versos de Lorca o de Hernández. Cantar, cantar, algo de flamenco y las canciones de guerra, fase tercera después de las copas que abundaban en la exaltación de la amistad. Era verano. Me llamo Ramón, tienes pinta de escritor… –le solté. Bueno –respondió de inmediato–, nunca sabemos si novelamos nuestra vida o vivimos nuestra novela. Solo le conocí dos publicadas en toda su vida. Ignoro si escribía versos. Llevaba desde hacía años trabajando en una gran novela, siempre inacabada como buen Bartleby que era, hasta que sus aguas fueron todas a dar a la mar. Presumía de sevillano y de familia circense. Apenas existía para él frontera entre imaginación y realidad. Hizo buena pareja con el pintor Zerkowitz y su mundo basculante. Aparte de Federico y Miguel, en su boca se plasmaban voces de Cernuda, Aleixandre, Alberti, Guillén o Salinas. Aún siendo líder del grupo, más intuitivo que culto, Miguel derramaba vida. “El hombre, a fuerza de amar la verdad, ha matado la vida” escribió en La Ballena, comentando El extranjero de Camus. Corrían tiempos de inmigrantes andaluces y la calle de Escudellers y travesías se llenaron de aficionados al cante jondo que se traían sus voces antiguas a la capital del Mediterráneo. Los Cabales, Los Manueles, la Venta Andaluza, la Venta Eritaña, se poblaron de discípulos de la calidad de El Cojo de Huelva, Curro de Utrera, La Niña de los Peines o Angelillo. El cante de las minas desembarcó junto al puerto y las palmas sonaban hasta las primeras luces del alba. Con ese grupo, y otros, formé la abstracta redacción de La Ballena Alegre, que más que una revista de Artes, Letras y Ciencia era una fiesta. Al llegar Carol a mi vida la introduje en el grupo, pero ella todavía mostraba reticencias de señorita de Sant Gervasi y entró con mucha cautela. En su casa, en la nuestra después, era la reina republicana, en las

Ramblas, inseguridad ante la extravagancia. Josep Cercós, el genio de la dodecafonía, nos invitaba algunas noches a conciertos de piano en su casa de Escudellers Blancs, y de ahí partió la idea de que nuestra boda fuera amenizada en el armonium de la capilla de la Universidad con el himno nupcial clásico pasado a partitura dodecafónica, himno que casi nadie supo reconocer.

Ramón Serrano Balasch. Nacido en Barcelona en 1933, reside en esta ciudad a caballo de Calella de Palafrugell, Costa Brava. Escribe desde sus catorce años. En 1953 publica su primer cuento «Un viaje en autostop» en la revista literaria Rumbo. En 1956 inicia una revista mensual de Artes y Letras titulada LA BALLENA ALEGRE, que vio seis números y fue cerrada por marxista y existencialista por el Movimiento Nacional franquista. En 1961 es redactor de la revista económica francesa Le Marché Commune Européen. En 1963 funda, con varios socios, el Instituto de Estudios Afroasiáticos, que con el anagrama RYACE organiza la participación en la Feria de Barcelona de países de Àfrica y Asia. En 1969 es nombrado el primer director de DOPESA, editorial periodística sobre temas de actualidad. Tras otros problemas con el franquismo marcha a México como director de Editorial Labor Mexicana de donde regresa para dirigir la editorial EUROS del diario barcelonés La Vanguardia, y de allí a Madrid para dirigir los libros de Cambio 16. Tras unos años como agente literario funda la editorial con capital familiar FLOR DEL VIENTO EDICIONES, de libros de no ficción, en donde permanece 18 años hasta su jubilación a los 79 años. Ha publicado ocho poemarios y seis novelas, más cuatro libros de no ficción. Ganó, en 1991, el Premio de novela Ateneo de Sevilla con su libro Gentes de la Soledad, sobre el mundo tuareg de Argelia. Está en posesión del Premio a la Lealtad Republicana 1999, que otorga ls Asociación Manuel Azaña.

Ha publicado: Los poemarios: Grito para la niebla. (Helios, Madrid 1971), Su Excelencia Monsivais bien pudo escribir la historia de Cadaqués. (Helios, Madrid 1976), Los poemas de amor de Renan de la Malpassée. (Ediciones Edinford, Málaga 1992), Sub way. El metro de Barcelona. (Seuba Ediciones, Barcelona 1994), Donde el río de la noche lleva. (1961-1996). (Seuba Ediciones, Barcelona 1996), Poemas republicanos. (Editorial Azacanes (2 eds.), Olías del Rey, Toledo, 2000), El libro de Thaïs. (Editorial Azacanes, Olías del Rey, Toledo, 2004), La premura del tiempo. Inédito, 2013, Los Libros de Daniela. Inédito, 2014-2016 y las novelas: El secreto de Saladeures. (Muchnik Editores, Barcelona 1990), Gentes de la soledad. (Editorial Planeta (3 eds.), Barcelona 1991). (Premio Ateneo de Sevilla de Novela), La batalla de la calle Atenas. (Muchnik Editores, Barcelona 1993), La santa. (Muchnik Editores, Barcelona 1997), Mi madre bolitas de paraguas.(Editorial Azacanes, Olías del Rey (Toledo) 2008), así como en No ficción: Afroasia, el tercer mundo. (Sayma Ediciones y Publicaciones, Barcelona 1963), Atrapado en la larga noche. Inédito, 1987. (Memorias), Fogons de Barcelona. (Parsifal Edicions, Barcelona 1991), Ramón Serrano et altri. Dietario de posguerra. (Editorial Anagrama, Barcelona 1998), 89 republicanos y el rey. (Plaza & Janés Editores, Barcelona 1998). (Premio a la Lealtad Republicana), Ramón Serrano y Rai Ferrer. Alejandro Lerroux. (Ediciones B, Barcelona 2003) y Encuentros republicanos. (Editorial Planeta, Barcelona 2007)

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