NOTA POR ALEXANDER SOLZHENITSYN (1918-2008)

Una de las maneras más espectaculares de ejercer la crítica literaria, en la Cuba de carreteras polvorientas y largos viajes en ómnibus, era arrojar el libro por la ventana. No pocas veces tuve que ceder a ese impulso liberador, sobre todo cuando el ejemplar escrutado rebasaba la cuota permisible de cinismo. Eran aquellos libros de encargo, en tiradas impresionantes, cuyos redactores se tomaban la misión en serio y hurgaban en la vida de alguien con el propósito de ridiculizarle, cuando menos.

Y es que así recuerdo aquella edición caída en mis manos por azar, con un título tan poco imaginativo como “La espiral de la serpiente” o algo por el estilo, donde se detallaba la vida del ciudadano escritor Alexander Solzhenitsyn y se le reprochaba cada una de sus aristas humanas. Ni una sola palabra sobre su literatura. Todo un libro, firmado por un checo, para explicarnos que aquel hombre era un gran miserable, según la preceptiva moral soviética.

Lejos de ensuciar su faz humana, el libelista conseguía que sus lectores simpatizaran con el objeto (sujeto) de escarnio. “Si se han tomado el trabajo de pormenorizar su existencia, y recontar tanta nimiedad han de odiarle sin medida; debe ser una persona especial, un escritor sumamente peligroso”, se podía pensar. Resultado crítico: una cuneta en la carretera de Santa Clara a Manicaragua.

Fue por ello que busqué y encontré Un día en la vida de Iván Denísovich, publicado por aquella Colección Cocuyo que hoy debe haberse apagado en su monte ralo. Ese libro nos retrataba y nos hablaba del consuelo de las cosas más inverosímiles: un mendrugo de pan, una colchoneta, un minuto de contemplarse en la paz propia y que ningún muro puede contener.

El retrato de Solzhenitsyn es abigarrado, y quizás resuma todo lo que es típico de un escritor bajo el yugo totalitario: censura, cárcel, amenazas, mutilación y secuestro de obras, expulsión de la Unión de Escritores, destierro, escarnio, despojo de su nacionalidad, silencio. Para él hubo, por suerte, regreso. “Regresaré después de mis libros”, dijo; y así fue.

A esa hora no le íbamos a reprochar su Premio Nobel, en el año que más cerca estuvo Borges de recibirlo. En su caso, le pudo servir de escudo, cosa rara en un lauro tan decadente como ese espejismo sueco. Cuando murió, desapareció el profesor de matemáticas, el ícono de las voces soterradas, el sobreviviente. Se oscureció así una lejana ventana, esteparia y brumosa, donde apagaron la cera y devolvieron un libro furtivo a su estante.


Manuel Sosa. (Meneses, 1967) Poeta y ensayista. Se graduó en Lengua Inglesa, y ejerció como profesor universitario hasta 1998, año en que emigró de Cuba. Escribió para revistas y periódicos de la isla, sobre todo reseñas de libros y temas culturales. Sus poemas han aparecido en antologías cubanas, mexicanas, chilenas y norteamericanas. Ha residido en Toronto, Charlotte y Atlanta, y en esta última ciudad trabaja desde el 2000 como supervisor de servicios sociales.
Ha publicado los libros Utopías del Reino (Ediciones Luminaria, 1992. Premio David 1991, Premio de la Crítica 1993), Saga del tiempo inasible (Editorial Letras Cubanas, 1995. Premio Pinos Nuevos 1995), Canon (Ediciones Cairos, 2000, Todo eco fue voz (Ediciones Unión, 2007) y Una doctrina de la invisibilidad (Bluebird Editions, 2008)

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