A Mónica Du Bois

Es cerca de la medianoche. El galpón se ve enorme y descolorido, las pocas lámparas en el techo le brindan una iluminación muy tenue. Sólo estamos nosotros, cuando llegamos no había nadie. Unas vendor machines ofrecen periódicos, revistas y productos envasados para distraer el hambre o la sed de los viajeros. Jaimito saca nuestros bultos del maletero del Honda Civic y los deja al lado de la puerta de embarque. Daniela me mira con gesto de extrañeza o tal vez de disgusto; pienso que debería decirle algo, pero mejor me callo. Siento entonces la densidad que nos rodea: la noche del Deep South reptando arisca y silenciosa, cual loba en celo. Seguro que esta frase tiene algo que ver con Faulkner —las pésimas traducciones argentinas de la biblioteca del abuelo—, o con alguna película subtitulada cuyo nombre he olvidado. «So here we are!», exclama Jaimito poniendo su típica cara de imbécil: «Are you, guys, ready to travel?!». Jimena, que acaba de comprar una lata de Dr Pepper’s y unos M&M’s, abre con los dientes la bolsita amarilla y enseguida extiende el brazo para trazar una órbita que roza la posición de cada uno de nosotros. Le digo no, gracias, levantado las cejas y moviendo levemente la cabeza. Daniela, en cambio, toma uno de los chocolatitos coloreados, lo introduce en su boca e infla los cachetes de un modo desmesurado, como si se tratara de un bocado enorme. Jaimito suelta la carcajada, aguda, larga, profundamente imbécil.

Nuestro presupuesto es bastante limitado. Tenemos que llegar a Ithaca, instalarnos y contactar al sponsor para que nos transfiera las primeras mensualidades de nuestras respectivas becas. Apenas logramos juntar unos cuantos dólares con las ventas de mi Yaris y el Corsa de Daniela y el traspaso del cubículo que ocupaba en El Rosal. A través de la Fundación Fulbright conseguimos tarifas de excepción, hubiéramos podido llegar en avión hasta Ithaca. Pero mi madre se inmiscuyó para advertirme que tenía que visitar a Jaimito, que era inconcebible que me fuera a los Estados Unidos, recién casado y con una beca, y no visitara a mi único primo que lo había pasado tan mal. Le repliqué que Estados Unidos es un país enorme y que pasar por Nashville para llegar a Ithaca no era como ir de Caracas a Punto Fijo, pero de nada valió mi pretendida ironía. Terminé sometiéndome a su sugerencia. No sé si Daniela llegó a estar en verdad convencida o lo que quería era complacerme. «Seguro que ver a Jaime me parece buena idea, de verdad me encanta», respondió a mi resignada propuesta con entonación no muy convincente y sentada en un rellano de la escalera del dúplex de su madre; su cuerpo inclinado hacia atrás, los brazos estirados de manera que cada una de sus manos se sujetaba de la rodilla correspondiente.

Ahora Jaimito saca una cajetilla de Luckies y, vulnerando la ley, enciende un cigarrillo dentro de la estación. Cuando vivía en el

apartamento de Los Palos Grandes solía quedarse en el estacionamiento hasta altas horas de la noche, fumando monte y conversando con Vincenzo, el poeta del conjunto residencial. Siempre fue un inútil, un bueno para nada, el idiota de la familia. Fuimos criados juntos porque era el único hijo que tuvo la única hermana de mi madre, y quedó huérfano cuando aún no había cumplido los tres años. Su padre —un chileno jodedor y comemierda, según contaba el mío, fiel devoto de la prosa de Cabrera Infante— se vino a los Estados Unidos dejándolo al cuidado de mi familia, y así terminó siendo para mí como un hermano mayor. Un hermano mayor cuya estupidez e inutilidad serían un karma. En el colegio estaba siempre entre los peores estudiantes y los sempiternos castigados. Sus compañeros de clase lo llamaban «Godzilla».

«¿A qué hora llegará el autobús, Rey?», le pregunta Jimena, que esconde una de sus manos dentro de su chaqueta mientras con la otra sostiene la lata de Dr Pepper’s. Jaimito estira la frente y esboza una sonrisa entre sádica y despreocupada. Conozco sus códigos, es su manera de decirme: «Hasta aquí llegamos, ya no cuentes con mi ayuda». Encuentra placer al hacer sentir que la confianza depositada en él es una ilusión vana y sin sentido. Jimena saca la mano de su chaqueta y comienza a sobarle la barriga. Jaimito me muestra la lengua. «¡Godzilla, el coño de tu madre!», le espeto experimentando una regresión y soltando con nerviosismo la carcajada. Quisiera matarlo en este preciso instante. Por su culpa tendremos que hacer un viaje de

autobús espantosamente largo. Cuando un par de semanas atrás conversamos por teléfono me aseguró que nos conseguiría los pasajes aéreos Nashville-Ithaca a un precio excelente. «Tranquilo, mi Marquitos, cuenta con mi apoyo, yo te resuelvo lo de los tickets, pero por favor no dejes de visitarme, mi bróder del alma». Siempre logra convencerme con su forma de ser sensiblera y patética. Cuando llegamos al aeropuerto de Tampa nos estaba esperando junto con Jimena, la puertorriqueña con la que se había casado hacía poco más de un año, y a la que apenas había visto en un par de fotografías que mi abuela guarda como oro en polvo. Al verme salir de la zona de desembarque, se abalanzó sobre mí para abrazarme y se puso a llorar como un poseso. Parecía que alguien cercano se nos hubiera muerto. Jimena apretaba su mano. Quería zafarme pero no podía hacerlo, Jaimito me abrazaba con una fuerza incontenible y siempre ha sido un fortachón desmesurado. Cuando dormía en mi habitación con vista al estacionamiento, a veces mi mente volaba hacia él y sus conversaciones con Vincenzo se me hacían palpables. Sus voces construían fantasías inasibles, mutaciones de una realidad en la que compartían sueños y porros. Pero en ocasiones el peso de la vida era insoportable, las estelas del abandono y del olvido invadían su corazón y Godzilla sentía la necesidad de vengarse, como si la destrucción de quienes eran más débiles pudiera apaciguarlo o devolverle la calma perdida. El suelo del conjunto residencial temblaba por efecto de sus pisadas arrebatadoras, al tiempo que se abría paso a través de jardines y los demás espacios comunes. Más de una vez el golpe de su aliento reptil inundó mi habitación, haciéndome presa de un calor fugaz pero irresistible. Entonces, cuando ya los gritos y el llanto de los vecinos se habían convertido en el soundtrack de ese espectáculo apocalíptico, Godzilla arremetía contra alguno de los edificios y comenzaba a demolerlo con su fuerza desaforada.´

Por fin Jaimito me soltó, aunque no había parado de lloriquear del todo. Su abrazo me había dejado agotado. Solo atiné a mantenerme en silencio mientras esperaba que mi mente volviera a ubicarse dentro de los límites físicos y temporales de esa sala de espera de aeropuerto. «¿Todavía te acuerdas de mí?», le preguntó Daniela, grácil, irónica y con una sonrisa de oreja a oreja. Jaimito le dio un beso en la mejilla y, mirándola a los ojos, le dijo «Gracias». No entendí en ese momento la razón de su agradecimiento, tuve que esperar que volviera a hablar luego de una breve pausa. «Gracias por hacer de Marquitos un hombre de bien», insistió y siguió lloriqueando el muy imbécil. Daniela reía, Jimena reía. Para ese momento yo ya era consciente de que visitarlo iba a terminar siendo un grave error.





Octavio Vinces (Lima, 1968) de nacionalidades venezolana y peruana, es autor de la novela Las fugas paralelas (Premio UNAM-Alfaguara, México, 2003) y del poemario La distancia (Tranvías Editores, Lima, 2011). Textos suyos han sido incluidos en diversas compilaciones. Es también colaborador de varios medios.

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