(Foto del autor)




El viejo carga la escopeta, mira al horizonte. El rabo de nube avanza rumbo al sembrado. Apunta alto el viejo, espera. Ruge la espiral, viene a imponer su caos, a saquear el campo del viejo. Ese viejo es mi abuelo y viene de un mundo sin letras ni arabescos. Cierto que no falta animismo y ritual, superstición y fe, en ese accionar de mi abuelo. Pero ayer, cuando le mostré la manzanilla mordida que ostenta mi ordenador, sólo sonrió y me llevó al patio donde abrevaban apacibles Adán, y Newton, su yunta. Igual de parco guía su escopeta y espera, aún cuando una línea de viento le arranca el sombrero. Tenemos Física. El viejo aprendió de su viejo cómo el fuego se ahoga con fuego, supo que fuego y viento comparten fuerzas de un orden destructivo dentro de la naturaleza, y sin ellos no hay vida. El viejo del viejo contaba cómo agua y tierra traían y llevaban vidas durante la danza absoluta de los elementos. Ella, Naturaleza, que a la vez da órdenes y desordena, trae un soplo maligno a los campos de mi abuelo. Bien formado, disciplinado y malintencionado, el remolino danza sobre su eje de cono in-vertido, de discontinuo embudo, y horada la tierra de la primera guardar-raya en el sembrado. Unos tallos se inclinan en el primer surco y tiemblan los granos maduros en sus mazorcas. El viejo lleva el dedo al gatillo. El monstruo prosigue, sordo al aletear de la mariposa que lo engendró en otro pueblo, está más allá del bien y del tamal, no cree en lágrimas de abuela mía; arrasa. El ruido crece, mi abuelo dispara. Ruido contra ruido. Los perdigones vuelan perpendiculares a la tromba, locos en su aleatoria controlada, se incrustan en la espiral, chocan entre sí y se reparten en el interior del viento loco, incómodos a la centrípeta de torbellino. Es un caos arrojado a un orden que produce a su paso otro caos en el paisaje inmediato. Nadie muere en esa conversación “por interno” de la Física consigo misma. La cantidad, el peso y la distribución de los balines debilitan las entrañas del monstruo. La bestia pierde vórtice, se le desarma el giro, se desordena, se amansa y su aire vuelve al aire redimido. Inerte, apenas flotando sobre el primer maíz, la masa de aire se desploma y con ella los perdigones en el paisaje. Termina la confusión y el viejo guarda la escopeta hasta la semana que viene, con el próximo tornado de su pueblo global natal. Mi abuela respira. Paz. Mi abuelo recoge del polvo el sombrero que le ha raptado la Física, la gravedad del instante presente. Yo, inspirado por ese raro darse a mis ojos la naturaleza de las cosas, regreso a mi ordenador. Me deslizo, del guano fresco del portal, al calor de las noticias que arden en la pantalla, bajo el mosquitero. Pueblos adelante ya es urbe y hay noche. Arde la noche en la jungla urbana y algo se agita en el aire que guía esos muros sin guano. Miedo en las palabras, en los silencios y en el grito de las multitudes, ellas, pájaros de brújulas enloquecidas en la búsqueda de una finalidad probable en sueños arrojados al aire. La canción del odio torna la multitud en masa, lame y danza, devora en giros de contrariedad, pide mármol por abatir, libro que empulpar. Dentro de la masa, apiñados y agitados, cantan los castigadores de cualquier forma del ayer que no responda a la propia furia de este día, circular efeméride de sí mismo, hambriento único día que no estima su poder de instante en la eternidad, que ignora su inevitable pasar, a su pesar. Vorágine. Lamento de sirenas. Psicodelia de rojiazules resplandores intermitentes. Plomo y pluma en libre caída al vacío. Gravedad de la gravedad: amasijo de cristales martillados, máscaras y caperuzas, pieles de todos los colores chamuscadas y lenguas torcidas por los colores del fuego al girar en curvas escaleras, tras botín de frutos prohibidos: más cadenas, grilletes de oro salpicados, licores pesados, circuitos metálicos para entretenerse, me-tralla, mamparas chinas, pantallas, plasmas, ectoplasmas e infinita ambrosía de prohibitivas etiquetas… Un orden perverso que no da su nombre, rige en la pantalla flameante de mi ordenador. Ese orden oculto en su baile de máscaras, dicta desorden desde joyas de algoritmos, con humos y espejos de inteligente artificio, abusa de los arquetipos y a sangrar los enfrenta, torna inverosímil lo veraz en los clamores, falsea con derechos renglones, vela. “Desinforma y vencerás” rezan los titulares sin decirlo, en-tre línea y línea, a diestra y siniestra en los canales. Una Venecia de rascacielos anegada en agua roja y negra, de oro negado y pólvora sin fiesta es la gran ciudad al doblar del sembrado, del bohío, del mosquitero… A través del tul, la mano de mi abuela, monumental y pausada, más allá del bien y del tamal, extiende una taza suavemente. Tenemos Química. Me deshago del bozal. La tisana interviene, bloquea mi desasosiego ante la pantalla del ordenador. Suave danza el humo en la taza. Me apaciguo. El hervor de la manzanilla ocupa mi hervor de noticia, lo disipa y me completa una visión. De súbito, siento que me muevo del padecer a la cura. Retiro de mi rostro el otro bozal, el invisible, ese que permanece cuando callamos lo que se ha de contar. Siento cómo una trenza de pretericiones se desvanece en los límites de mi paladar, que no es el borde del mundo con su presente afiebrado. Es el vapor de la manzanilla y el recuerdo de la espiral domesticada en su dialéctica. Del paladar me brotan malas noticias para las malas noticias: También tenemos lenguaje. Apunto alto al torbellino de fuego dentro y fuera de mi ordenador, en ese plano de diez y siete pulgadas que ostenta una manzanilla mordida, y a más de seiscientos sesenta y seis mil pies de distancia. Abro la válvula a estas palabras y se despliega la andanada. Contemplo el vuelo formidable de los perdigones, infalibles rumbo a una y otra ciudad que gira y ruge vaciando. Si la Física, la Química y el lenguaje no mienten, y este fuego alcanza aquel, algo mejor que peor puede suceder.


Ramón Williams (La Habana, 1969) es un artista visual de consistente propensión al ejercicio de la escritura. Su obra fotográfica y de video-arte ha participado en numerosas exhibiciones y forma parte de colecciones en museos de Europa y Estados Unidos. A dónde, novela escrita entre 1992 y 1994, es su primera publicación íntegra. Desde 1996 reside en los Estados Unidos.

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