(Crédito de la foto del poeta: Maria Irene Zamorano Cruz)




El hombre de Zahara
 
Sólo soy un hombre normal que tiene un hombre dentro
Que se ondula bajo los cerezos
de la melancolía.
 
Cuando me arropo en la noche,
cuando se apagan las luces y la casa se llena de silencio,
me abro el pecho
y sólo oigo campanas.
 
A veces pienso en ti,
pienso la montaña más alta que nunca escalé,
la montaña en cuya cima
estaba el hombre dentro,
el hombre más hermoso de mi vida.
 
Su corazón está lleno de caballos que relinchan por ti,
y  no sé cómo decirlo,
 
ni él tampoco…




El Santo Lapicero

         Hay cosas que son como las cosas
las cosas menudas que ya nadie barre
y esas cosas inválidas existen también
nos rozan el hombro
ciudades dibujan en la breve ventana
donde muere el invierno
agitan el rabo como versos cabríos
ante nosotros saltan al son de un trompetín
y a un lado pónense del vino terco

con ojos de hambre las cosas te contemplan
imploran tu licencia por amor de Dios
tu piedad reclaman con un cuenco vacío
y te piden su parte en el ágape celeste

y cuando nos damos cuenta
cuando atrapar la música soñamos
y la cabeza volvemos al santo lapicero
las cosas que nos duelen
los cánticos que callan aléjanse deprisa
cual humo por la chimenea
y en la pierna me dejan su recuerdo
su cicatriz grabada en una pata de palo




El viejo

A Ángel Crespo

Cuando las cosas se van, cuando las cosas
recogen sus cosas del armario,
y dicen que se van,
y por última vez en la puerta se vuelven,
y sus ojos te dejan -llamándote- en los ojos,
y tú no les contestas
porque hay lluvia en el pecho,
porque una voz te llama
pasando su lengua por tu mano,
y ese viento
con su rabo feliz ahuyentando la vida,
y esa luz de pronto, esa luz airada
golpeando de pronto
la ventana con sus dientes -llamándote-,
luz que entra
y al llegar a la cama se detiene
y te observa en medio de lo oscuro
como águila al conejo que asustado bajo una zarza llora.
Es inútil levantar la mano. La mano no se mueve.
Inútil es también abrir la boca.
La boca no puede cantar, la boca no sabe cantar
cuando las cosas te miran
y no te reconocen y dicen que se van,
que nada queda ya que las retenga en la casa,
nada de todo cuanto hubo, nada que no sea
ese viejo austero y recostado como un bronce
que mirando al Sur bajo la salicaria duerme,
y en cuyos ojos fríos los pájaros vienen a morir,
y no lo saben.




El vino

El vino en la copa que derramas y rompes
es un tigre despierto oculto en los juncales
fuego en la lengua
un ejército de negros con tambor
rasgando las costillas de la noche
No sé cómo decirlo
si agitar este cántico de guerra
amor oscuro
y huir hacia los montes
o abandonarme
amor
en los torrentes
tuyos
donde crece el mundo
la luz que nos despierta
el nombre de las cosas




El viejo de la Calle Ancha

Cuando los peces se bañan desnudos en sus ojos,
como un caballero andante en alazán de fuego 
el anciano se adentra a su bastón pegado,
y allí se detiene, frente a una ventana
que antaño ocultara unos ojos con mar,
y el anciano se queda la ventana mirando,
la ventana dormida,
la ventana que canta entre palomas muertas.

Si ella saliera, si una guitarra
en sus dedos ardiera, si ella dejara
de nuevo su pelo caer,
y su boca reír,
y una enagua blanca en su mano cantara…
 
Pero ya nadie nunca abrirá la cancela.
Marcado a fuego con un hierro del sur,
el anciano se sienta a su bastón cosido,
y el caballo acaricia que relinchar no puede,
y del bolsillo saca lo poco que de aquello
le quedó: un puñado de sal,
una estela inconclusa,
y un libro con pájaro en manos de cetrero.




 Il canto silenzioso degli uccelli

A Irene Zamorano Cruz

Hoy he abierto una ventana en el muro agrietado 
de mi corazón, 
porque quería contemplar de nuevo 
las viejas tardes de junio
bajo el tilo de la casa de mi madre, 
las muchachas de suave cabellera 
ardiendo contra el viento como golondrinas al amanecer
arrancando nerviosas los racimos de mi vientre 
y dejándolos caer sobre sus faldas mojadas,
mi cuerpo en su cuerpo por última vez, 
desvanecido y cálido como una camisa blanca 
puesta a secar al sol, como un pañuelo de seda 
que flota bajo el peso del tiempo
sobre los maduros trigales
buscando un lugar donde quedar dormido,
al fin, entre los amapoles rojos, como un madero seco
enredado en el canto silencioso de los pájaros….




El pacto

Al abuelo Amós,
y a Antonio Porpetta

Recuerdo el farol que el abuelo llevaba
en la mano, la luz que en la mano
llevaba cosida el abuelo,
los dedos de la luz adentrándose
lejos, hurgando en la noche
con sus lanzas de oro.

También recuerdo el olor del frío,
el terror que sentía a su mano pegado,
las sombras moviéndose, a mi lado
las dos como juncos que huyeran
de la luz, a través de la luz, y esos perros
que en lo oscuro, terribles, me rozaban.

Y ese aroma semejante al cuchillo
que dejan cuando pasan los corderos
en medio de las sombras, y esas puertas
cerradas, las ventanas durmientes
de los muros, y el silbo de los árboles,
y el viento que gruñe con sus labios
helados, abriéndose paso
por los callejones negros,
y esa forma tan extraña que los búhos
tienen de cantar a Dios
cuando Dios duerme tan a gusto en sus campanas.

Recuerdo también la puerta de madera
que chillaba, la puerta que era puerta
sólo por piedad; había que levantarla
-como todo en la vida- para que abriera
sus fauces, para que nos dejara entrar
donde el silencio, donde sólo el rumor
tronchado de la paja bajo el peso
de las sombras que flotaban, la sombra
de un niño, la sombra de un viejo con luz
que se movía con un niño al fondo
que me estaba mirando.

Y allí estaba ella, de pie, hinchada como un barco
de esclavos, como un barco con patas
oculto en las umbrías de una rada sin nadie.
Apoyada en el pesebre la oveja estaba,
la oveja que tenía una oveja dentro, la oveja que tenía
un balido dentro y yo no lo sabía. El abuelo
entonces quitóse la pelliz, la camisa quitóse,
y el brazo metió en la popa del barco,
y su proa con forma de boca gimió
como grita el dolor, como gritan las rosas,
y una cosa salió que, flácida, brillaba,
y en mis manos puso la cosa el abuelo,
y la cosa baló, y su boca tembló, y la cosa movió
sus delgadas patitas en mis brazos viviendo,
y entonces mano de niño amontonó la paja,
cama hizo, y en ella durmió con el cordero salvo,
y el abuelo mirando se quedó, el abuelo reía
con su luz en la mano, junto al barco vencido,
con un niño al fondo, un niño con flauta
asomado a sus ojos que dentro le cantaba
para no morir de asombro ni de tanta ternura.

La historia de un pacto.
La historia de mi pacto secreto con la vida.




Salmo de los 
pájaros negros

 
 
 
Hierro somos                           somos tus negros pájaros de hierro 
repetimos tu silbo                                            repartimos tu nombre
por los campos               Señor                        desplegamos de noche
tu Voz por los canchales                                             la dejamos caer
sobre las torres de luz                                          sobre las guarderías
sobre los ciervos que manan de los montes        Señor
sobre las silenciosas plazas y los mercados pobres
de Jerusalén                                    
                                         llegamos con el alba
                        ululan las sirenas de los claustros
se agitan las campanas           los perros                 los escombros
los lirios se arrodillan            Señor          al paso  de tus ángeles
lo hacemos en tu nombre
de mañana y de noche                               volamos y volamos
los ojos las escuelas                                    y las puertas
volamos en tu nombre             Señor            los hospitales                                    
las piernas de Manhattan                    tronchamos sobre el Hudson
los ícaros ardientes de Manhattan      cayendo sobre el Hudson
los taxis amarillos                 las bestias saludando en los cristales
 
y esas reses colgando de los puentes
de Sebrénika
tú júbilo Señor
tus crisantemos rojos
las risas que tú mismo cultivaste
bajo la fresca cúpula de tus santuarios…

oh Dios de Notre Dâme
oh Dios que riegas tu jardín en las basílicas
que tu testa humedeces con el agua fresquísima  de las mezquitas
y el dorado aceite de las sinagogas      
¡levanta tu cabeza
escúchanos cantar escúchanos danzar
sobre las altas palmeras de Bagdad 
en la nochada!

somos tus negros pájaros de hierro 
de mañana y de noche tu nombre repetimos
tu música dejamos             Señor              caer sobre los cuerpos
sobre la piel tendida de aquellos dos amantes
desnudos para siempre los amantes 
sobre una cama muerta      Señor     donde el romero estalla
y viste el Musa Dagh de atardeceres rojos  
para que tú los cubras         Señor                bajo tus rosas
para que tú dibujes en su boca
las negras flores negras  de tu burka
izamos las trompetas                               ondeamos los tambores
anillos de humo blanco como ayer   
escritos en el alba como ayer con un temblor  de seda
sobre las frías zanjas del invierno              sobre las chimeneas
sobre las puertas oscuras de los trenes tocamos con los dedos
 
la música de Auschwitz 
las danzas hermosas de Treblinka
los dulces salmos negros        las hogueras    
¡Señor!
lo dicen los periódicos que envuelven la reseca comida 
(de los albañiles       
lo dicen los pendientes de plata que una muchacha dejó     
perdidos en las suaves colinas de Polonia 
bajo las fauces negras de un cerezo en flor que crece en la estrechura 
y un mujer se inclina  buscando la sandalia de un muchacho
en una fosa común                  oculta entre las flores Kosovo
                                                 Señor
                                      bajo tus ángeles…
 
¡oh Padre           levanta la cabeza             desnúdate y respira
somos tus negros arcángeles de hierro         
tu risa repartimos            Señor                     danzamos y danzamos
ahítos de tu gloria            cosidos a tu muerte                    
Señor                 in nómine dei tu ira dibujamos  
                                               
y tu risa dejamos correr cuando atardece 
en la nuca del alba
Señor 
la lluvia bendita de tus rosas 
por los siglos de los siglos
 
Amen




La danZa del burka

La fosa cavad en el cielo las rosas bordad
los muertos del aire
clavad en los muertos la luna gamada
la mancha sajada in nómine dei
dejad dormida en los trenes
y alzad los tambores las reses que yacen alzad
las palas las flautas las dulces campanas
las puertas cerradas de hierro en el cielo pintad
la bosta en la cama común un burka en la fosa
que pájaros dancen
que suenen las ruedas del aire las arpas de rojo
las flautas más hondo en las cruces colgad
la sangre que luce
las flautas que sopla el silencio del alba
las puertas cerradas los trenes abrid un lecho en la noche
abrid una noche el cielo a canal
tallad sobre el cielo las cruces los muertos del aire
los cielos cavad en los ojos más hondo
los muertos pintad en el aire la noche más triste
las bestias cubrid las testas dormidas volad
con velos rasgados los trenes partidos que arden
alzad en el alba las rosas felices de marzo
que brille en la noche la luz del carnero
y dance la sharia
que baile la pala que bala in nomine Auschwitz
que baile la sharia gamada in nómine dei un burka en la fosa




La danza de los pájaros

Cielo triste
cielo mira mujer con niño dentro
hombre solo mira cielo
mira niño
mira mujer sola
contempla nube oscura pintada en cielo triste
Indio pone quena en boca
quena silba mágica
trota en aire
llama pájaros
pájaros duermen en monte
pájaros no quieren despertar
no pueden despertar
no saben volar en cielo triste

De pronto cielo fulge
de pronto brama cielo
toca címbalos y llora
entorna sus esclusas himen Dei
vienen pájaros en medio de tambores
pájaros y espinos la música buscando
Quena encuentra pájaro qui vola
rara escoba baila cielo triste
danza tosca
oh pájaro insolente
oh pásharo que bajas
oh páxaro infelice en plomo dibujado

Hambriento el Agnus Dei el cielo triste cruza
cielo llove pájaros y lluvia
quena llora pájaros cursivos
gozoso Santo Espíritu a pájaros espera
a pájaros que lumen pecatta tollis Dei
al cabo pico santo rompe pájaros ingrávidos
plumas llueven
en garra de Dios oh pájaro abolido
Indio sella boca
guarda quena
hinchado Sancti Espíritu regresa a la montaña
ya no pájaros
ya no ojos mirando cielo triste
solombras nubes rojas
sólo un hombre en la tempesta
mujer sola con niño dibujando
el rastro del espíritu
el caos que se avecina



(De El Libro del Santo Lapicero, El toro de Barro, Cuenca 2000. y Salmo, Cuadernos del Mediterráneo, El Toro de Barro, 2005).

La Otra, revista de poesía. Grabado en Puebla, México, 2017





Carlos Morales. (Tarancón, Cuenca, España, 1959). Es autor, como poeta, de Palabras de Tierra y Vino (1982), S (1984), Un rostro en el jardín (2000), Il tridente nel giardino (2000), El libro del Santo Lapicero (2000) y Salmo (2005). Traducido a varios idiomas, publicó en el año 2003 una de las versiones más celebradas de El Cantar de los Cantares. Como antólogo, ha editado la Poesía secreta de Federico Muelas, El cántio de la Creación, de Carlos de la Rica y Coexistence, una antología de poetas árabes y hebreos que trabajan por la reconciliación. Como editor, dirige El toro de barro (la segunda colección de poesía más antigua de España), los Cuadernos Sefardíes (con M. Matitiahu) y la Biblioteca del Holocausto (con J.Vandor). Actualmente, codirige con Juan Ramón Mansilla la revista Hilos de araña. Ha dirigido en TV Toledo el programa El suelo perdido. Como dramaturgo y actor, ha coescrito con Julio Clemente Lourtau y protagonizado GUANTES DE PIEL HUMANA, la primera y única obra escrita en castellano sobre el HOLOCAUSTO.

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