Ricardo Bellveser (izquierda) con José Antonio Olmedo López-Amor
Foto de: Roberto Fariña



Por: José Antonio Olmedo López-Amor

J.A.O.L. ¿Qué poemario te enseñó que las palabras no son solo lenguaje?

R. B. I. Eso me lo enseñó la literatura, no solo algún poemario, también las novelas, las noveluchas, los libros de versos, los versitos dedicados a las reinas de las fiestas, las hermosas columnas periodísticas, las contraportadas de los libros escritas por redactores sagaces y todos los esfuerzos de escritura destinados a tentar la originalidad, salgan bien o mal.

Mi primer recuerdo de emoción poética me lo produjo la lectura de Miguel Hernández, en aquellos años en los que estaba prohibido o quizá por ello, la lectura de Gustavo Adolfo Bécquer que me emocionó de forma desmedida (yo debería tener por entonces diez u once o doce años de edad), los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda, que casi me aprendí de memoria, Federico García Lorca, cuyas obras completas ––todo lo completas que el Franquismo permitía–– , me pedí unos Reyes, en vez de pedirme un Scalextric, y un libro importantísimo, Azul. Mucho, muchísimo Quevedo y después Kavafis, Seferis, D.H. Lawrence, Withman, Baudelaire y los poetas metafísicos ingleses, tan presentes en mi obra.

Desde que tengo conciencia de mí mismo como ser individual me he sentido atraído por la poesía, por todo lo que estuviera escrito en verso. Aún me sucede. Cuando cae en mis manos un libro de fiestas de un pueblo y le echo una ojeada, inevitablemente me detengo en los poemas dedicados a la vendimia, a la reina de las fiestas, al santo patrón, o a lo que sea. ¿Por qué? Es inexplicable, porque en el casi cien por cien de los casos, no son más que pésimos textos, malos hasta lo insoportable, pero el verso ejerce el mí el mismo poder de atracción o de absorción que en el espacio cósmico produce un agujero negro.

En una entrevista que me hizo Miguel Herráez y se publicó en el Mono-Gráfico n º. 5 de 15 de octubre de 1993, me hizo una pregunta similar a la que intento contestar aquí, y entonces dije: «La escritura poemática es la más complicada de todas las escrituras, y lo digo desde la licencia que me permite haber ejercido casi todas. Desde el periodismo activo del día a día, en el que cada línea debe escribirse en menos de diez segundos, hasta el texto que tiene exactamente mil doscientas seis palabras y debe entrar en una determinada caja de composición. De lo que me he dado cuenta es de que el poeta es quien mayor compromiso tiene con el lenguaje, el que sabe que las palabras en poesía no admiten equivalencias. Porque en prosa, el diccionario puede sacarnos de un apuro; en poesía, jamás, ya que lo que nos tiene que sacar del apuro es la traslación de la sensación».

J.A.O.L.¿Recuerdas en qué momento decidiste escribir poesía?

R. B. I. Empecé a escribir versos de niño. Apestaban a Bécquer o eso creo yo, olían al Espronceda del Canto a Teresa. Por aquel entonces no conocía nada de poesía extranjera o no la recuerdo, por lo tanto, no me podía influir. Intenté hacer algo de poesía sarcástica, que no me salió del todo mal. No hace mucho, encontré un poemario mío que guardaba mi madre, escrito a mano y a máquina, según qué páginas, que tenía cierta gracia, pero que entiendo impublicable.

También en la casa de mis padres me encontré con una revista que creé en el instituto Luís Vives, y que yo mismo dirigía. Tendría, creo yo, unos doce años de edad, porque estaba empezando el bachillerato, y en ella descubrí cómo se anudaban mis dos grandes vocaciones, el periodismo y la poesía. En periodismo y para esa revistilla, hice varias entrevistas, aplicando el Test Proust, que me salieron muy bien, y coloqué poemas, algunos de los cuales luego retoqué y volví a publicar ya de más mayor.

Lo que me convenció de que mis pasos no iban desencaminados, fue la publicación de Nueve novísimos poetas españoles de Castellet. La primera noticia que tuve de esa antología fue en el suplemento literario del ABC ––yo ya colaboraba con periódicos, con suplementos literarios de Valencia y Madrid y otros papeles–– en 1971 según creo, porque la, digámoslo así, estética que se señalaba allí, y que los redactores de esa noticia llamaba desdeñosamente “la cocacolonización de la poesía española”, era la que yo me estaba aplicando en un par de poemarios, La Estrategia y Cuerpo a cuerpo. El libro de Castellet me hizo ver que existía una estética generacional que sospechaba, pero no había tenido oportunidad de ver reunida, y que a mí me hacía reconocerme en las poesías de Carnero o Félix de Azúa, que por otro lado, eran poetas prácticamente de mi misma edad.

J.A.O.L. Defínete a ti mismo como poeta.

R. B. I. Eso es muy complicado. En una ocasión en la que le pidieron algo así a Francisco Brines, vino a decir que ese era un caso como el de un médico que enfermara y en el tratamiento le dijeran: como es usted un magnífico cirujano, ¿por qué no se opera usted mismo?

Acabo de decir que mis primeros libros nacen bajo la atmósfera o el pathos generacional que representa el espíritu de los novísimos. El poeta, premio Adonáis, dos veces Premio Nacional, académico de la RAE y Premio Cervantes José García Nieto, en La Estafeta Literaria al comentar la publicación de mi libro La Estrategia dijo que era “un libro cultísimo y singular” y concluía su comentario: “En La estrategia la realidad se nos impone constantemente y apenas nos deja salida para la imaginación. La poesía de esta poesía está en la luminosa percepción de los temas, en la selección casi cruel de sus argumentos. Es difícil escaparse de este breve libro sin declarar que por él somos ya más claros y precisos, “con tal suerte que no hay más realidad que la propia ficción””.

El poeta Guillermo de la Cruz, que murió no hace demasiados años en Brasil, país en el que pasó más de media vida, también en La Estafeta literaria publicó un extenso comentario sobre mi libro con observaciones de una sagacidad bien notable. Dijo: “Sepa el lector que este libro es un poema. Y el poema es en sí una metáfora. La cadena de las analogías nos lleva de la metáfora del lenguaje mismo al sentimiento del presente histórico y del proceso arco de la memoria que, de alguna manera nos explica, y también a la destrucción. Todo con suavidad, ironía, buenas formas y delectación artística. Si queremos el fin último de La estrategiareside, cosificado, en sí mismo, al margen de los efectos que se graben en el lector receptivo”.

Los siguientes libros son un camino hacia la interiorización. Digo un camino, paso a paso, de forma y manera que en cada nuevo libro he avanzado algo. Ese esfuerzo, en mi opinión, tomó verdadera forma en El agua del abedul, que fue premio Castilla y León, en el que con el pretexto de un viaje a Rusia, hurgo lo que hay de emigración en nuestro camino interior y llego a una estación relevante con Las cenizas del nido, con el que gané el Premio Internacional Jaime Gil de Biedma, un libro que tiene como asunto el deshacer la casa de mis padres, mi nido, y con ello poner fin a todo mi pasado, incluido el familiar.

J.A.O.L. ¿Qué tipo de poesía practicas en la actualidad? ¿Y por qué?

R. B. I. Hay un libro intermedio que a mí me gusta mucho y con el que gané el premio de la Universidad de León, que titulé Jardines. Pretende ser un elogio de la inteligencia, un saludo al culteranismo que durante muchos años admiré con gozo. En los jardines siempre he visto el poder del hombre sobre la naturaleza y sobre el caos.

Le ha seguido Primavera de la noche, donde ya de un modo definitivo reclamo el regreso a la poesía de la emoción, a la poesía del sentimiento, a la poesía-poesía, a la poesía-verité, otra vez a su rehumanización, a pedir que las emociones verdaderas no queden eclipsadas por la bisutería técnica, deseo que ya expresó don Antonio Machado: “…Dejar quisiera / mi verso, como deja el capitán su espada: / famosa por la mano viril que la blandiera, / no por el docto oficio del forjador preciada”. Donde me cabe sustituir “la mano viril” por “la emoción sincera”.

Hay que regresar a la poesía, hay que estremecerse de nuevo. Ahí es donde quiero recalar en estos momentos.

J.A.O.L.Como uno de los fundadores de la «Poesía de la Diferencia» ¿crees que en estos momentos es necesario cambiar las formas en la poesía?

R. B. I. Lo acabo de decir. Sí. Los que iniciamos la Poesía de la Diferencia, sobre todo lo que queríamos era poner en marcha un proceso de regeneración ética. En aquellos años, la cultura estaba en manos de unas pocas personas que la manejaron o lo intentaron, de un modo sectario. Tanto los poetas de la diferencia como el Salón de Independientes, tuvieron esa intención En una reciente conferencia en un Congreso en Granada indiqué que la Diferencia vino a ser, con sus variantes, un sentimiento literario heterodoxo y moral, que anunciaba el fin de una estética dominante de poetas clónicos, como gustaba llamarlos, mientras que el Salón de Independientes, respondía a una actitud ética y cívica. Ciertamente hubo coincidencias entre los dos impulsos, entre los iniciadores de ambos y los teóricos de ambos, como Antonio Enrique, que se esforzó por darles una base teórica desde la perspectiva de la Teoría de la Literatura., entre otros estudiosos.

Claro que había que cambiar las formas y en eso estoy, por lo que a mi respecta.

J.A.O.L.¿Crees que la poesía valenciana en la actualidad es un paradigma, un modelo a escala nacional o ejemplar, de alguna forma?

R. B. I. No, no lo creo, ni tan siquiera creo que exista una “poesía valenciana” como tal denominación de origen. Ciertamente que poetas valencianos ocupan lugares muy destacados en el panorama español, de Francisco Brines a Guillermo Carnero, de Vicente Gallego a Antonio Cabrera, pero no como un conjunto o un grupo geográfico. Algo así sí existió, hace años, en la narrativa, en la que distinguimos a los “narraluces”, narradores andaluces, de los “narraguanches” narradores canarios y otros juegos de palabras que creaban grupos en determinados lugares de la península, o en poesía el Grupo de Barcelona que tomaba su nombre de la ciudad en la que vivían la mayoría. No veo que eso suceda ahora con los poetas valencianos.

Lo que sí detecto es la existencia de un movimiento muy activo de poetas que se organizan, dan recitales, hacen presentaciones de libros, debates o siguen iniciativas que los agrupan, lo que da un gran dinamismo a la vida cultural valenciana. Tal vez el problema sea que Valencia carece de estructura editorial, de peso editorial, de influencia en los premios, incluso carece de premios literarios de prestigio, eso no hemos sabido hacerlo.

J.A.O.L. ¿Qué te interesa como lector?

R. B. I. Como lector, todo. Me gusta leer porque me gusta escuchar, me gusta leer porque disfruto oyendo todo discurso razonado, tan es así que me considero una persona muy influenciable, o si lo prefieres, muy vulnerable. Si me lo razonan bien, me lo creo todo, una cosa y la otra, una idea y su contraria, todo a la vez, porque el discurso de la razón y las ideas fluyendo me seducen tanto como me cautivan.

Prefiero leer poesía a cualquier otra cosa, y ensayo si el tema es de mi interés, en caso contrario me canso, me aburro, me pierdo, me pongo a pensar en otras cosas y no me entero de lo que estoy leyendo. Y respecto a la novela, soy muy selectivo, de forma que voy de la lectura apasionada a tirar el libro por la ventana sin que apenas haya nada por en medio.

Hace unos años solía llevar varios libros a la vez, e iba leyendo de unos y otros según el momento del día o de mi estado de ánimo. Ahora ya no soy así. Cuando tomo un libro lo leo hasta el final y solo entonces empiezo otro. También me sucede que sueño con lo que leo y me invento cosas, de forma que cuando vuelvo al libro me doy cuenta de que algunos de los capítulos no están escritos sino que los he soñado y tengo que ir hacia atrás para retomar el hilo de la lectura verdadera. Vamos, un lío.

(Foto: Fernando Rincón)

J.A.O.L. ¿Y como poeta?

R. B. I. Como poeta solo me interesa la poesía, no cualquier poema, aunque los lea todos. Me alivia y me tranquiliza la lectura de los clásicos a los que vuelvo tantas veces como los barcos a puerto, y cómo serán las cosas, que siempre me parecen nuevos, no releo a un clásico con la sensación de que el poema ya me lo sé, sino al revés, me resultan nuevos como si los autores los retocaran a escondidas y me sorprendieran con palabras, ideas, metáforas o intenciones que no había detectado hasta ese momento. Me sucede con todos los clásicos, tanto los clásicos estrictos, los grecolatinos, como los escritores renacentistas o los del 98 o 27, eso no importa.

J.A.O.L. A finales de los años setenta la sociedad española vivía tiempos convulsos. ¿Qué te influyó político-socialmente para decantarte a escribir?

R. B. I. No creo que haya nada en el ámbito de lo político, de lo social, que me empujara a la escritura. Hubiera escrito en cualquier otra circunstancia, en cualquier otra época, en cualquier otro país, con total seguridad habría hecho otro tipo de literatura, eso sí que lo creo, pero habría escrito.

De todos modos, en ese periodo que citas, en la Valencia de los años setenta y siguientes había un hervor literario de envergadura. Los poetas, los aprendices de poetas, los que nos iniciábamos, nos reuníamos en locales del Barrio del Carmen y nos leíamos nuestros papeles, Ahora que lo pienso, éramos muy pesados, éramos unos pelmas, pero nos gustaba mucho hacerlo y discutir sobre poesía e inventarnos metáforas o asuntos.

En 1975 publiqué una antología que sigue siendo muy citada que titulé Un siglo de poesía en Valencia no sé por qué la titulé así ni tan siquiera si ese título fue mío, pero resulta asombrosa la cantidad y calidad de información que hay en ese libro, docenas y docenas de jóvenes, primerísimos poetas, de poco más de veinte años, que reuní en ese libro, y suelo bromear diciendo que no me equivoqué ni en uno. Se da la circunstancia de que algunos de los poetas que antologué en ese volumen, tardaron años en publicar, pero yo ya conocía sus poemas, porque los manejé en mecanoescritos, o porque se los oí declamar a sus autores. No creo que haya nadie que hoy pudiera hacer una antología tan bien informada y tan completa como aquella, volver a sus páginas produce asombro. ¡Cómo un muchacho de veintipocos años pudo conjugar tantísimos nombres de poetas recién nacidos? Son hechos casi milagrosos.

El poeta Vicent Andrés Estellés, que en un artículo publicado en Las Provincias, por el que saludaba la aparición de la antología, me definió como una “criatura de fabulosos repentes, de adivinaciones, de fulguraciones, de destellos, de formidables prontitudes y aptitudes”, al hablar del libro, confesó que había pasado «muchas horas hojeando el volumen. He leído con detenimiento su introducción. Me ha fascinado la dimensión que otorga a su volumen en el que junto a los versos perfectos de un Juan Gil-Albert, o de un Brines, no solo da acogida a tentativas, a quieros y no puedos, sino que la estira y nos depara muestras muy interesantes, por ejemplo, de poesía hippie». Esto es, entendió a la perfección el objeto del libro, el propósito, la intención, su novedad.

J.A.O.L. ¿Te reconoces ahora en ese culturalismo inicial de tus primeros libros?

R. B. I. ¿Cómo no? Mirar atrás tiene siempre esos riesgos y esos sabores, por ello me llega el retrogusto de aquel ánimo de separarme de la Poesía Social, de los poetas comprometidos, de la estética única que ya estaban cambiando también los poetas del cincuenta o la generación de medio siglo. Aquella estética veneciana era imprescindible para cambiar las cosas y que la poesía española pudiera seguirse camino de renovación y de europeización. Algunos de los poetas valencianos de esos años, prestaron un magnífico servicio

J.A.O.L. ¿Qué valores encuentras en la poesía para defenderla en una sociedad desvirtuada, consumista y capitalista como la que vivimos?

R. B. I. Recuerda que la poesía es algo absolutamente necesario aunque no sepamos para qué. La poesía está en todos lados, nos acompaña en todo momento nos demos cuenta o no de ello. Es más, yo no entendería una vida sin ella, una vida en prosa. Esos valores tendrían vigencia si tus preguntas las hicieras desde el otro extremo, esto es, si me hubieras preguntado ¿qué valores encuentras en la poesía para defenderla en una sociedad centrada, austera y comunista?

La función de la poesía no se mide por la estructura de la sociedad en la que episódicamente se pueda adscribir, sino que tiene vida e independencia de esos factores. Hace miles de años, cuando el ser humano no era más que propósito en desarrollo, un cavernícola pudo estremecerse al ver una puesta de sol desde su cueva, y en ese momento ya estaba haciendo poesía. Pues la poesía no vive encadenada al verso. Posee vida propia y esencialidad.

En 1987, en una entrevista que me hizo el periodista Rafa Marí para su sección “Grandes almacenes” y publicada en el diario Las Provincias el 5 de junio, le dije: «Yo soy poeta de profesión. Digo profesión y quiero decir que la profeso. Lo demás lo ejerzo: el periodismo, la filología. Pero la poesía se nutre de imágenes o sensaciones y estas surgen a menudo de la vida privada. Tengo poemas en los que hablo de la vida cotidiana, de mis hijos. Las mayores metáforas están en lo cotidiano, están con nosotros, a nuestro lado, no hay que buscarlas en los altos olimpos».

J.A.O.L. Has impartido conferencias por todo el mundo ¿crees que la poesía nos une o nos separa del resto? ¿Somos tan diferentes o tan iguales?

R. B. I. No somos diferentes en lo absoluto, somos iguales. La cuestión reside en que en la poesía escrita, esta tiene una total dependencia de la palabra y la palabra la tiene del idioma. Cada hablante se emociona al escuchar el lucimiento de su lengua y en su lengua, que son diferentes y tienen registros igualmente distintos unas de otras. Por ello la poesía alemana tiene unas características diferentes de la francesa o la hispana, sin embargo, en muchas ocasiones oímos recitar un poema en una lengua de la que no entendemos nada, y nos percatamos de la belleza de su musicalidad, la hermosura de su discurso aunque su significación nos resulta opaca.

¿Cree usted que la poesía de Horacio, o de Dante, o de Shakespeare, o de Goethe, o de Byron, o de Withman deja a alguien indiferente? La lengua en la que están escritas no determina su condición poética. Gozamos más de sus ideas y sus recursos en las buenas traducciones o si conocemos la lengua en la que están escritos esos versos, el latín o el italiano, el francés o el alemán, etc. pero eso no resta poeticidad a estas obras.

La poesía une a los pueblos, los enhebra.

J.A.O.L. ¿Qué opinas de la métrica? ¿Por qué este elemento no ocupa un lugar relevante en tu poesía?

R. B. I. La métrica es otro de los valores de la poesía. Un valor incuestionable. Y en mi poesía sí ocupa un lugar relevante, si bien es cierto que he rimado muy poco, sí preservo la cuenta en muchos de mis poemas y de mis poemarios, con el uso de versos blancos. Me parece un elemento sumamente importante en la musicalidad final y en el ejercicio poético.

J.A.O.L. Como experto crítico literario ¿Cuál es el verdadero valor de la crítica? ¿Crees que existe una crítica objetiva en la actualidad?

R. B. I. ¿Para qué querríamos una crítica objetiva? Es más ¿qué es una crítica objetiva? Yo entiendo la necesidad de una crítica rigurosa desde los criterios del rigor académico, por ejemplo, o desde postulados científicos, pero la crítica en principio es y debe ser subjetiva, es tan importante qué se dice que algo como quién lo dice y desde dónde lo dice, bien entendido ese ‘dónde’ como no un lugar geográfico, que también podría ser, como desde un lugar en el conocimiento de la literatura y la creación literaria.

Hemos de conocer la formación y criterios del crítico, pero también si tiene eso que podríamos llamar ‘buen gusto’, si sabe apreciar los aspectos cultos, inteligentes, formales, históricos, etc., pero al mismo tiempo si está dotado para el estremecimiento estético, cosa que no suele abundar.

Creo en la necesidad de la formación de críticos desde las universidades. Tengo que decir que la asignatura que yo impartía en la Universidad era, primero, Historia de la Literatura Universal Contemporánea, y pasó a denominarse con muy buen criterio por parte de los rectores, Critica Literaria. Jorge Luís Borges intentó calmar en una ocasión a un joven escritor advirtiéndole: «no se preocupe usted que la crítica, como la muerte, termina por llegar»; y lo decía él, que para mí fue, probablemente, el mejor crítico literario que ha dado el mundo hispánico. Cuando le leo me quedo admirado por su acierto, mirada, punto de vista, contextualización, valoración y agudeza de sus observaciones. Tenía un talento creativo y crítico excepcional.

En todos los aspectos del conocimiento y del saber, el crítico debe ser un hombre formado, capaz de explicar con claridad los resortes de la obra que en ese momento le ocupa, poner cada cosa en el sitio que le corresponde y situar la obra que comenta en su lugar exacto, tarea como podrás comprender, nada fácil.

J.A.O.L. ¿Qué le falta a la poesía, a la cultura en general, para demostrar que es capaz de cambiar las cosas, o por lo menos, de influir en ello?

R. B. I. A la poesía no le falta nada, a la cultura en general es otra cosa bien distinta, porque hay muchas culturas y muchos modos de entenderlas. La cultura no es que pueda cambiar las cosas, es que la cultura las cambia, es el único instrumento que existe para los cambios sociales. No olvides que hay una cultura del trabajo, otra de la política, hay una cultura del esfuerzo, de la vida y hasta de la guerra… `Cultura´ viene de `cultivar´, no lo olvide.

A la poesía, a ella como tal, no le falta nada, le puede faltar a quienes la practican.




Ricardo Bellveser Icardo (Valencia, 1948) es filólogo, poeta, conferenciante, novelista, ensayista, crítico literario, periodista y una figura relevante de la cultura valencia. Dirigió la institución Alfonso el Magnánimo, fue director del diario Las Provincias, profesor universitario, es académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, fue vicepresidente del Consejo Valenciano de Cultura, entre otras cosas. Entre sus obras más destacadas como poeta se encuentran: Las cenizas del nido (Premio Jaime Gil de Biedma), El agua del abedul (Premio de Castilla y León) y Jardines (Premio Universidad de León). Ricardo es uno de los fundadores de la Poesía de la Diferencia.












José Antonio Olmedo López-Amor (Valencia, 1977). Escritor, crítico literario, poeta y editor valenciano. Estudia Filología Hispánica en la Universidad de Valencia. Codirector de la revista literaria Crátera. Miembro de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna Internacional. Publica los libros de poesía: Luces de antimonio (2011), El testamento de la rosa (2014), La soledad encendida (2015), La flor de la vida (2016), Maldito y bienamado bibelot (2017), Nubes rojizas (2019) y Actos sucesivos (2020). Publica en 2017 su libro de ensayo y crítica Polifonía de lo inmanente. Apuntes sobre poesía española contemporánea (2010-2017). En breve, publicará El monstruo en el camerino, su primer libro de aforismos, en Ediciones Trea.

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