(Foto: Aleisa Ribalta)





Ligero como el canto
Ligero como el canto que no acaba
Se ondula tu recuerdo en el verbero.
Regresa y es el mismo.
Despierto y no es un sueño,
A tu vuelta inocente encadenado.
La voz no sabe lo que canta.
Tallas mi vida y no lo advierto.
Hablo,
Y siempre ignoro de quién hablo.

 

(De Muerte sin ahí, 1986)

Fuera de juventud
Fuera de juventud
Nace la vida verdadera.
Infancia sólo es tierra,
Ya sólo tierra lo que beso.
Si yo abro la memoria
El aire allí su tumba encuentra.



(De  Disparos en el paraíso, 1982)

Nubes en la noche

Nubes vanas en la noche,
Así pasan las palabras
Por la aurora irreversible de las cosas.
Todo pensar se declina
En el grito oscuro de lo pleno.
Y yo entre las vorágines te buscaba
Como si así pudiera con tu rescate
Cumplir un luminoso pasado.



(De A las islas vacías, 1997)

Por salvarte del horizonte…

Por salvarte del horizonte
Enterré mi cuerpo una tarde de mar en furia,
Incluso sin vestigio
De isla fatal,
que a ti y a mí
Debió a lo lejos de iluminarnos.
Ausencia y temblor enhebré,
Ceguera e ignorancia en cruz,
Por hacer entera en mis ojos
Tu primera mirada.
 



Tu casa ahora

Tu casa ahora es la celeste,
El cielo desplomado bajo el agua,
Casa del padre que apenas ha sido,
Sólo un puñado de reflejos
Traídos y llevados por el aire,
Todo el cielo amansado,
Por encima y por debajo del cielo,
Tu imagen en las olas que se vierten,
Todo el mar en silencio,
Las olas deshojadas, sin volumen,
Todo el mar sin sabor,
Entero, ignorándose.
Enséñame la luz,
Enséñame el valor de la luz, tú, que no sabes.
 



(De En tregua, 2002)

Fuisteis buenos conmigo

Odia con todo el rencor, con todo el resentimiento que aun llevas en las entrañas. Y no temas, porque hasta la crueldad más abyecta revienta por sí sola como baya madura.
Odia, no por cada golpe recibido –eso es lo más fácil–, sino por aquello que ya nunca recordarás. Que lo único que podrá iluminar tu vida será el odio.
Y por innobles que hayan sido tus actos, no olvides dar las gracias a todos y por todo cuando llegues al fin.
 




Amores ilustres

Yo también podría decir algo acerca de eso. Guardaos vuestras estrellas polares, vuestras interminables noches de amor, vuestras damas exquisitas, vuestras hembras calientes como una mañana por Nyangabulé. Tanto me da.
Acaso el amor sea el instante en que tiemblan dos cuerpos demorando derramarse el uno en el otro, los ojos en los ojos, la lengua en el secreto previo al desfallecimiento.
Su rostro no era hermoso y era persona de pocas palabras. Tenía desde noviembre no sé qué semilla en agua, y ayer, como quien dice, se convirtió en un tallo finísimo, imparable, en la alegría de la casa.
Tanto me río de lo que sobrevive al verano, que ya sé lo que es suficiente.
 




Siempre serás para un amor lejano y escondido

A lo mejor uno se enamora para la despedida, para cuando llega la estación seca y los hombres se besan a la luz de Venus.
A lo mejor, para que aquella frase (tu cuerpo húmedo contra el cual aprieto el mío recobra los días que se fueron) subraye que estás solo.
Pero cuando surja de nuevo –la veranda llena de alegría, los cuerpos abrazados girando en la penumbra, volverás a decir:
Luz del instante, tus ojos. En ellos me veo por primera vez.
No vengas con más mentiras, malasangre.
 
 
 (De El cónsul del Mar del Norte)





José Carlos Cataño (La Laguna, Islas Canarias, 30 de agosto de 1954) es poeta, narrador y ensayista. Comenzó estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife y más tarde se licenció en Filología Románica por la Universidad de Barcelona. Vivió por corto tiempo en Marruecos, Israel y Martinica, regresando posteriormente a Barcelona  donde reside actualmente.
Es colaborador habitual en diversas publicaciones internacionales, tales como, Atlántica Internacional de las Artes, Ártics, Clarín, Gaceta del FCEÍnsula y Letras Libres.
Ha llevado a cabo una intensa labor en aras de la difusión de la cultura canaria, presentando escritores y artistas a través de instituciones culturales de la Generalitat de Catalunya y de la Fundación La Caixa.
En 1974 obtuvo el Premio de Edición Benito Pérez Armas de Novela con El exterminio de la luz. Es autor, entre otras obras, de Jules Rock en 1973, Disparos en el paraíso en 1982, Muerte sinahí en 1986, 
El cónsul del mar del Norte 
en 1990,  A las islas vacías en 1997, En tregua en 2001, El amor lejanoPoesía reunida, 1975-2005-  en 2006 y Desdende en 2007.

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