FENOMENOLOGÍA DEL HAIKU

No es el móvil de la rana mover el estanque
y, sin embargo, lo mueve.




[Decía acacia. Decia…]
 
Decía acacia. Decía por la boca acacia fresca
cuando sonreía (esas que lloran por inmensamente
felices cuando el viento las marea en verano,
mimosáceas). Y entonces yo la acariciaba. Yo que era
un caballo bermellón sabía de caricias y de acacias.
Ella me hacía ver. ¿Ves —me decía a veces—
la gota en medio del río? ¿El cuerpo liso, húmedo,
de la única? Ella hace la marea visible —me decía—,
hace en la visible marea su granero, su estancia
de mover; de allí salpica y salta ante la roca,
se irisa al sol en lo breve y cae —no sé si cae
o tal vez se zambulle de nuevo en lo continuo.
Luego hacía silencio para dejar. Siempre dejaba.
No abría la boca para nada, ni para decir.
Todo aquello que decía lo hacía —así era ella.
Los viajes eran lo mejor, la fuerza en esos viajes.
Cuando viajaba dormía en el caballo; algo
en su respiración tañía; creaba un color en el aire,
un aroma triangular, sin crepúsculo. Yo
no hacía otra cosa que escuchar. Es verdad
que a veces hacía nidos (de hornero) —ella
entendía el espesor de mi intento: señalaba
algo para que ardiera, aparejando el fervor
hablaba con el fuego —no me miraba entonces—
hablaba con el fuego hasta que el fuego
se hacia fuente, chorro de ámbar detenido,
cristalino, y a veces crisálida. Comíamos,
silenciosos, cansados, en la orilla,
un trozo de pan ázimo —así era. No retornaba,
la Distinta no tenía destino ni verdades
para descifrar; frisaba el mundo sin mácula
como la calandria (muy semejante a la alondra);
componía poemas, yo creo que componía poemas
a la manera del de Éfeso (¿540-480? a. de J.C.),
aunque eso no me consta. Me consta, sí,
que cantaba, sin pausa lo hacía hasta que el canto
era un silente sembradío de sones sobre el mundo,
un mundo igual al canto igual al mundo. Yo
enmudecía —no hacía otra cosa que escuchar.
Yo que era un caballo bermellón acariciaba
el anca del mundo, cuidaba en mi silencio
su sonido; bajito, silbaba por los belfos
y venían de lejos los pájaros —tucanes, tordos,
tijeretas, teruteros, galantes garzas blancas
que venían—, aves de un orbe mudo y melodioso
haciendo en ese canto su morada. Digo
lo que yo vi —que otros repitan, si quieren,
lo contrario. Pero esa mirada no se borra.
¡Qué mirada la de ella! ¡Qué manera de amar
en la mirada! Quena de luz que quema —le decían.
Era: como una fálica diosa que se alza la falda
y detiene en su gesto por un momento al mundo;
como Francisco y Agustín comiendo juntos. Era:
como si lo poroso fuera lo compacto: el poro
y el tacto. Era: como ahora, vigilante-indefensa
la facciosa. Comandaba potros —¿cómo? no lo sé.
Y sí que era: como un complot de la virtud —qué hermoso;
como los Dináricos, o Dalmáticos, o Ilíricos (nudo
montañoso de la ex-Yugoslavia —Bosnia y Herzegovina—
paralelo a la costa del Adriático); como una Ultima Cena
(de Leonardo), o un déjeuner sur l’herbe. Era
—y con temor a repetirme—: virtuosa y valiente,
pero antes que valiente era blasfema porque sobre todo
era virtuosa. Amaba el riesgo —¿ya lo dije?—
sabiéndose exponer mostraba su herida como Beuys,
y si de carne hablamos, ni hablar que era de carne,
de órganos y flujos y tendones —o fonemas, en caso de la voz—,
como una gracia dada en el momento mismo de encarnar.
De carne era al querer. Era: un tambor en la noche,
intocado, sonando; como si fuera polen, así de leve
se elevaba, cubría el sol si quería, dorando en derredor.
Y había quien no la veía: como torpes topos sin ton,
ni soneros eran, ni nada: sombras, sonámbulos, espíritus
hambrientos y sedientos. Buddhas y bodhisattvas y Rinzai
—quien dejó escrito o dijo: «Los movimientos surgen
de las partes abdominales y el aliento que atraviesa los dientes
produce diversos sonidos. Cuando se articulan tienen
sentido lingüístico. Así comprendemos con claridad
que son insustanciales»—, yo creo que sí la veían. Verla
era una fiesta como en Eleusis (al noroeste de Atenas,
donde había un templo de Deméter); era al verla que uno
bailaba en la quietud del estupor, como una perla. ¡Y qué
asombro asomaba en la cara al sentir cómo ella bailaba!
De común acuerdo con todo, contonea; conviene mirar que,
cuando baila, no deja de obrar —exonera y construye,
con una mano hace lo que deshace con la otra; ama
sin pasión el proceso, las situaciones donde entra y sale
como si no estuviera dedicada (y a nada está
dedicada); se expresa en libertad. Así de verdad era:
verdadera, no vacía, ni vacilaba al llamar las cosas
por su hipotético nombre. Yo amaba —en mi caso
con pasión— esa elocuencia ubicua de la Loca —morena—
de-brasa-encendida-en-los-pies-; como podía amaba
a la Imposible: haciéndola en el sueño la tatuaba; siempre,
en el aire indistinto, era distinta; daba trabajo verla.
Liturgia también hice de su Venus —prominente monte que trepé
para postrarme— al encontrarla, allí, florida y en ofrenda.
Y ahora veo claro: es claro que la veo. Sin límites
que puedan detenerme galopo sus comarcas infinitas,
veloz el galgo que, bajo mis patas, al levantarse el polvo
se dibuja; sombra de las acacias en la grupa,
risa de ella en la sombra y también risa de ella
en ese sol —hasta que rastra entre los rastrojos es su risa.
Galopo en ese ritmo que es su nombre; pulcro
salto el horizonte y caigo —enclave de ella
en todas partes— tranquilo y fuerte sobre su virtud.
Así me aferro al cambio —acaso como acacia
que en la tierra subir su savia siente— y me demudo
y antes que nada —y después que nada—
y en todos los sentidos agradezco.




Víctor Sosa. Montevideo, Uruguay, 1956. Es poeta, traductor, artista plástico y psicoanalista. Desde 1983 vive en la Ciudad de México y en 1998 adquiere la nacionalidad mexicana. 
Recibió el Premio Nacional Luis Cardoza y Aragón para Crítica de Arte (1998), el Premio Nacional de Poesía Pancho Nácar (2000), el Premio Nacional de Poesía Gilberto Owen (2012), el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines (2012) así como Mención de Honor del Ministerio de Cultura del Uruguay y de la Intendencia de MontevideoObtuvo el apoyo del FONCA en Proyectos y Coinversiones, 2006 y Residencias Artísticas en Canadá, 2008 y Francia, 2011 y 2014.Tiene publicados 15 libros de poesía, ensayo y crítica, entre los que se destacan Sunyata (1992), La flecha y el bumerang (1996), El Oriente en la poética de Octavio Paz (2000), Decir es Abisinia (2001), El Impulso (2001), Los animales furiosos (2003), Mansión Mabuse (2003), La saga del Sordo (2006), El principio de eternidad (2009), Nagasakipanema (2011), Gladis monogatari (2014), los video-poemas México lindo y querido (2010), La palabra (2012) y Ritornelo (2014). Su poesía ha sido reunida en un grueso volumen bajo el nombre de Oroboro (2014).
Ha impartido clases en la Universidad Iberoamericana, en el Claustro de Sor Juana, en el Centro de Capacitación Cinematográfica y en la UNAM. Ha ejercido el periodismo cultural en los periódicos Reforma, La Jornada Semanal, Milenio, y en las revistas Vuelta, Letras Libres, Universidad de México, entre otras nacionales y extranjeras. 
Es creador del Laboratorio de Escritura Autobiográfica, así como de Escritura Emocional Expresiva –método terapéutico basado en la externalización de los afectos a través de la escritura–, y es fundador de ZONaUNO, Seminario Permanente de Apreciación Poética.  

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