Arte poética
 
         A José Antonio Fernández de Castro
 
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Quevedo
 
Tú, José Antonio, oficialmente culto,
y un cincuenta por ciento
de antologista de rapsodas criollos;
corifeo de artistas ultra-nuevos
e intelectual, pues te paseas entre ellos,
de seguro
que sabes de estas cosas más de un poco.
 
Hace cerca de un siglo, un bardo melenudo
que ostentaba una simiesca patillita
a una mujer le dijo: “¡Poesía eres tú!”
(Está claro que entonces no había feministas.)
 
Y hoy, después de cien años, casi, casi,
todavía hay legiones de liróforos,
pero de crema fría y miel rosada,
que, tomándola en serio, siguen aquella broma,
y, los ojos en blanco y la mano en el pecho
(lado izquierdo),
y la voz temblorosa y hueca,
nos largan una espínela como ésta:
 
          Desde que tú me miraste
          sólo conozco dolores.
          ¡Tales son las tristes flores
          que en mi corazón sembraste!
          Mi pobre alma traspasaste
          con los dardos de tus ojos
          y entre punzantes abrojos
          me condenaste a vivir,
          ¡o a eternamente morir
          ante tus plantas, de hinojos!
 
Y ella es su novia, pero no lo sabe.
 
Otros, reyes de mundos interiores,
de dieciséis a diecisiete,
deshollinan su espíritu lleno de telarañas
y exteriorizan su interior desguace,
dando a la rosa de los vientos
mil endechas alejandrinizadas.
Ejemplo:
          “¡Oh, qué angustia infinita y qué tristezas vagas
          se adueñan de mi espíritu en estos en estos grises días:
          me asedian los recuerdos de mis horas aciagas,
          mis nostalgias, mis tedios y mis melancolías!”
 
Son sus horas aciagas cuando papá les dijo:
“Hoy no te doy un medio para el cine,”
 
.(No cuento a los que cantan a la raza
y dicen que Maceo es biznieto del Cid,
y otras sandeces de la misma casta.)
 
De tal suerte,
el sonsonete eterno del chorro de melaza
o del chorro de acíbar.
 
La escala del Parnaso ha setenta escalones.
Ai otro extremo,
están los sedicentes poetas de vanguardia,
que decapitan el humo de sus metáforas
y degüellan el ritmo de sus parábolas;
y es Darío para ellos Tut-Ankh-Amen,
y de tal año para atrás el arte es nulo.
 
¡Qué espanto ante lo fuerte y lo prosaico!
¡Qué esclavitud!
¡Qué desdén por lo romántico y lo clásico!
¡Y qué impotencia!
 
Cursiladas y boberías.
Entre Bécquer y Marinetti hay un mundo de poesía.
 
Hay poesía en un par de aquesas,
hay poesía en un par de aquestas,
y hay mucha poesía entre ésa y ésa.
En la sonrisa estúpida de un niño,
en la caricia de una madre impura,
en el tímido ademán de un limosnero,
en la cadencia salvaje de la rumba,
en las eses de los borrachos
y hasta en un parte policíaco.
 
Hay poesía en el motor de un auto
y en el trapiche de cualquier ingenio,
en la Ludlow y linotipos de la imprenta,
en la mirada serenísima de Edison
y en la en la cuchilla del Dr. Nogueira.
Como en las albas tocas de Sor Juana,
hay poesía en la punta de una lanza
y en la velocidad de una bala.
Y en la sotana cándida de Pío,
y en los ojos del Dalai Lama
y en la dureza de la Kaaba.
 
Hay poesía en el negrito limpiabotas,
y en la bodega de Monestina
(Blanco y Animas)
y como en el geranio ventanero,
en un bosque de ceibas centenarias.
Y en los legajos de las notarías,
y en los libros mayores y en los diarios,
y la hay en la bolita y en el poker,
como la hay en las carreras de caballos.
Y hay poesía en un agua mala
y en el informe de un fiscal
y en una píldora de
opio y en el rabo del alacrán.
 
Hay poesía en el anacoreta,
y la hay en la masa proletaria,
en Prado 1; en la Loma del Príncipe,
y en la tragedia de un regimiento que pasa.
 
Hay poesía en una bicicleta
y en la barriga de un burgués
y en un cuello de celuloide
y en un juego de balompié.
Y en una trompada de Dempsey,
y del Bambino, en un batazo,
y en una pirueta de Chaplin
y en un gesto de Gloria Swanson.
Y en la espalda de los estibadores
y en los bíceps de hierro del herrero,
y en los bueyes que tiran del arado,
y en un trasatlántico raid aéreo.
 
Hay poesía en la frente de Lenin,
y hay quien la encuentra en il duce italo;
y hay poesía en el pipis y gañas
y en un policía de tránsito
y en el rabo del alacrán.
 
Y mucha y buena en una trompetilla,
y en los modales de una de una virulilla,
y en la campana y en la campanilla.
 
Hay poesía en un centro espiritista,
y hasta en una cocción vegetariana.
Y hay poesía en los editoriales
y poesía en la primera plana.
 
Y en las proclamas de Sandino
y en los millones de Henry Ford,
y en el drama grotesco de un tarrudo,
y en la nueva constitución.
 
Hay poesía en la rumba de un esqueleto,
y hay poesía en las gallinas cluecas
y en las blasfemias de un carretonero.
¡Mas la cuestión es dar con ella!
 
 

Proclama

Gente mezquina y triste,
que al par sabéis de las rebeldías vergonzantes e incógnitas
y de las renunciaciones cobardes y heroicas,
escuchad la voz de uno que habla por vosotras.

Yo soy el poeta de una casta que se extingue,
que lanza sus estertores últimos ahogada por el imperativo de la historia;
de una casta de hombres pequeños, inconformes y escépticos,
de los cómodos filósofos de «en la duda, abstente»,
que presienten el alba tras la negrura de la noche,
pero les falta fe para velar hasta el confín de la noche
(¿No oís el trueno sordo de la impotencia nuestra?)

Soy uno de los últimos que dicen trágicamente, «yo»,
convencido a la vez de que el santo
y seña de mañana tiene que ser «nosotros».

Yo soy el que en su día y en su medio
rompió con fiera alacridad moldes arcaicos;
al que los hierofantes tropicales ultranuevos,
a la sazón, de sibilino, desdeñosamente tildaron,
cuando el anarquismo de las imágenes aún no había cruzado
el charco,
arribando a las playas criollas
por la vía de los ajenos maestros consagrados.

Soy un hombre genuino de mi clase y mi medio,
soy el representante auténtico
de una casta que se va, que desaparece sin remedio.

Llevo hundidas hasta los tuétanos las raíces milenarias del pasado,
y clavadas en lo más hondo las saetas venenosas del ayer,
contra cuya punzadura mortífera, gallarda e inútilmente me
revuelvo,
y, aunque me cueste un triunfo, sinceramente lo confieso.

Veo mis taras y enrojezco hasta la punta del cabello;
y cegado por el resplandor de las hogueras del pasado,
no vislumbro el camino que me conduzca a donde se forja lo nuevo.

Palpo la vanidad de todos los dioses y me signo en la sombra
y a hurtadillas de mí mismo, alzo los ojos al cielo,
alimentando a la vez la sospecha de que eso, y nada más, es el cielo.

Y a sabiendas de que 2 y 2 han sido,
son y serán jamás no más que 4,
me estremecen los ruidos ignotos, de cuando en cuando.

Y ante el tumulto mayestático y positivo de las olas del océano,
me seduce la mezquina gota de agua aislada en el microscopio;
y gritando a ratos en voz alta «¡nosotros!»,
repito una y mil veces en voz muy baja «yo».

Soy de la estirpe de los hombres puentes;
y justifico la obsesión del ayer, que me retiene preso,
con la preocupación, pueril y remota,
del pasado mañana, que a nadie le importa;
soy capaz del absurdo de todos los obscuros sacrificios,
sin la convicción del profeta, del apóstol o de sus discípulos.

Quise en mi tiempo romper unos cuantos eslabones,
y me expresé en mi tiempo con palabras distintas,
y fui precursor en mi tiempo de lo que era diferente y contrario de ayer.
Hoy estoy solo, absolutamente solo,
y no soy de mañana ni de ayer.
Pero los de ayer me consideran de mañana
y los de mañana me juzgan un hombre de ayer.
Mas yo me yergo, altivo y arrogante,
cual pétreo monolito en medio del desierto,
y sé quién soy, y lo que soy, he sido y seré,
y lo que se me debe y lo que hice y lo que todavía puedo hacer.
Y sé que en mi tiempo di golpes de mandarria para quebrar cadenas,
y que si no pude romperlas fue porque no podía ser.
Y que si otros vinieron detrás y las rompieron,
algo menos duras las encontraron por los golpes con que no las pude romper.

Yo he cantado las congojas del hombre que no puede ser de mañana
y no quiere seguir siendo de ayer:
angustias que a nadie interesan, mas que experimentan
cuantos, como yo, no son de mañana ni de ayer,
y que están retratados en mis cantos,
con sus debilidades, sus dudas, sus anhelos
y los frenos que no saben o no se atreven a romper.

Y si no gusto a los bardos de ayer y de mañana.
¡qué le vamos a hacer!

Es doloroso despreciar a quien se ama,
y desgarrador confesar lo que uno es
cuando otra cosa muy diferente, muy diferente quisiéramos ser.
Y es ridículo hablar de sí mismo cuando a nadie le importa.
La justificación es que yo hablo a nombre de una casta a punto de perecer.
Por eso me dirijo a la gente mezquina y triste,
de las rebeldías vergonzantes y tímidas,
de quien soy el poeta, el cantor por excelencia…
¡Oh, casta que se extingue, que naufraga
en la devastadora tormenta
que se produce al choque del ayer con el mañana!




¿Ya?

              Senibus mors est in janua.
              SAN BERNARDO

¿Estoy a guardar el carro? ¿Ya?
Ha sido fugaz carrera larga,
raudo correr sin freno.
¿Estoy al guardar el carro? ¿Ya?
Claro que no sería ningún malogramiento.
Pero palabra que, desde lo más hondo
de mi ser, en el alma lo lamento.

Estoy ante la puerta del garage
de retorno de un viaje luengo y corto,
corto y luengo.
¿Es que va a abrirse ya la odiosa puerta?
De veras que lo siento.

¿Qué habrá detrás de la ominosa puerta?
¡Nadie lo sabe, nadie!
Ni los que dicen: algo porque su fe lo ordena,
ni los que dicen: nada,
porque así lo manda su no-fe tan sabia.
Aunque aquestos y aquellos crean a pie juntillas
lo que su fe y no-fe dictaminan.

¿Estoy al guardar el carro? ¿Ya?
¡Qué pena no seguir sabiendo lo que pasa
acá y allá! ¡Qué angustia! ¡Qué tristeza!
¡No poder hacer nada por los que atrás se quedan!
¡Ignorar qué será de los que aquí se quedan!
Hurtarse con el canto brutal del manisero
a la responsabilidad, amarga y grata,
de la aburrida monotonía cotidiana.

Pero, ¿tan pronto? ¿Ya? ¡Qué impertinencia!
“¡No!” –como dije otrora–. “!Yo no quiero!”
Todavía no quiero gozar del privilegio
de que habla Gregorio Nacianceno:
el olvido, el silencio.
Mas, ¿qué se le ha de hacer? No hay más remedio.

Haber agonizado unas escasa décadas
y sancochar una ropa vieja de versos
para que de aquí a unos cuantos evos
(¡vanidosillo que es el viejo!)
nadie sepa quien fue este gran poeta
o como algunos quieren, este antipoeta.
¡Qué molestia! ¡Qué pena!
Pero no hay más remedio.



Charada

Eran cuatro caballos y los cuatro de lana
eran cuatro caballos debajo de la cama.
         En el zurrón llevaba la alas un pastor,
en el zurrón llevaba las alas y eran dos.
         Saltaba por el campo un grillo malojero,
saltaba por el campo con zancos verdinegros.
         En el cielo reía una nube comadre,
en el cielo reía con una boca grande.
         El viento zalamero montaba en una palma,
el viento zalamero, ocultando la cara.
         En un reloj de cuco se asomó el pajarito,
en un reloj de cuco y una estrofa en el pico.
         La esquila de una cabra repicó en el ocaso,
la esquila de una cabra con cabrioleo raro.
         Y un granito de arena se paseó por mis ojos,
un granito de arena com un látigo roto. 
(Poemas seleccionados de Poesía y prosa)




José Zacarías Tallet. (Matanzas, 1893). Dedicó gran parte de su vida al periodismo. Durante su juventud vivió varios años en los Estados Unidos donde se hizo contador. A su regreso a Cuba ejerció varios empleos, muchos de ellos en revistas y periódicos donde actuó en varias posiciones, desde traductor hasta editor. Murió en La Habana. Fue presidente de la Universidad Popular «José Martí», editor y administrador de la Revista «América Libre», nacida en 1927 como órgano del centro universitario. En las décadas del ’20 y del ’30, Tallet tiene un desempeño profesional intenso: traductor de cables (dominaba el inglés), miembro del consejo de dirección de la revista Venezuela Libre, administrador de la revista América Libre, editor de la Revista de Avance, jefe del magazine del diario El Mundo, redactor de la revista Baraguá, articulista de los diarios El País y El Mundo, subdirector del periódico Ahora, sin contar sus numerosas colaboraciones para disimiles publicaciones (SocialChicCarteles, entre otras).

Publicó: Vivo aún (1978), un cuaderno de 50 páginas; al cual suceden el volumen de Poesía y Prosa (1979), Curiosidades de la Historia (1983) y Evitemos gazapos y gazapitos, en dos tomos, 1985, con más de una edición. En 2007 Fernando Carr Parúas publicó su biografía, Cosas jocosas en poesía y prosa, con numerosas anécdotas muy simpáticas

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