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Podemos coincidir en la idea de rescatar a José Ángel Buesa, para romper la perspectiva tradicional de poeta fácil que le endilgan los lectores exigentes. Y coincidir no significa creer que estamos haciendo un acto justiciero, sino un acto sedicioso que podrá incomodar a no pocos del gremio. Se puede mirar al poeta desde una luz menos privativa, y reconocer que sabía versificar, ganarse la gracia del lector común, enseñar

su estro en determinados momentos y vivir de su pluma. Hasta ahí podemos prestarnos al juego de la resurrección.

Pero otra cosa es tratar de aislar un tipo de escritura, y darle un apellido que no lleva, si al cabo sabemos que el término “poesía del sentimiento” es una redundancia más. Lo que se conjura como ganancia en la obra del crucense, esa vaguedad y falta de ambientación que debe tocar al lector universal, puede validarse del mismo modo que se haría con cualquier otro fabricador de ilusiones. La carencia de anécdota y vivencia íntima en sus poemas se convierte en sello de autenticidad, según los que hoy se adelantan a pagar su rescate, olvidando que todo artífice busca en la generalidad lo que confesar no puede, porque responde a códigos de fácil acceso, a modelos genéricos en tanto le sirvan de soporte a su mensaje prefabricado. El arte sin patetismo e irrisión es arte embotellado, y de ahí que cada asomo biográfico en todo libro que se niega a entregarse por las buenas sea plenamente justificable, y deseable. Se trata de credibilidad, y la razón que nos lleva a los unos a reverenciar lo que otros aborrecen. A veces somos reflejados en lo que leemos, y apostamos todo lo que tenemos por esa comunión pasajera. La poesía de Buesa, bien embotellada y etiquetada, era inteligente por saber adecuarse ante la mayor cantidad posible de feligreses.

Si se tienen razones urgentes para exponer una tesis de rehabilitación, búsquese mayor cobertura, porque de nada vale cargar con un arsenal de análisis literario y gastarlo en el siempre oportuno Poema del renunciamiento. Semejante tesis no ha de sostenerse en un pilar tan previsible y lamentable, y nos consta que aquel caramillo tuvo otros momentos de inspiración.

En definitiva, aunque se oponga resistencia a la idea, Buesa fue un personaje atractivo y en muchas maneras loable, pero también un poeta mediocre. Podemos leerlo sin complejos, y hasta defenderlo de tanta severidad conceptual que juzga sin hurgar dentro de otras poéticas disfrazadas, pero el resultado es invariable: poesía a granel, al por mayor, corriente.


Manuel Sosa. (Meneses, 1967) Poeta y ensayista. Se graduó en Lengua Inglesa, y ejerció como profesor universitario hasta 1998, año en que emigró de Cuba. Escribió para revistas y periódicos de la isla, sobre todo reseñas de libros y temas culturales. Sus poemas han aparecido en antologías cubanas, mexicanas, chilenas y norteamericanas. Ha residido en Toronto, Charlotte y Atlanta, y en esta última ciudad trabaja desde el 2000 como supervisor de servicios sociales.
Ha publicado los libros Utopías del Reino (Ediciones Luminaria, 1992. Premio David 1991, Premio de la Crítica 1993), Saga del tiempo inasible (Editorial Letras Cubanas, 1995. Premio Pinos Nuevos 1995), Canon (Ediciones Cairos, 2000, Todo eco fue voz (Ediciones Unión, 2007) y Una doctrina de la invisibilidad (Bluebird Editions, 2008)

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