Un terrón de materia oscura

Años y años paseando mi belleza
entre hongos y caléndulas, 
esas estrellas frías y marrones
como faros inertes que han marcado
lo inútil de una vida cebada con notas
de instrumentos irreales
-guitarras percutidas por plectros invisibles,
una flauta armenia en la noche-
la belleza de un verso que se olvida a tiempo
y se salva de la cárcel del papel,
cuánto tiempo perdido en sobrevivir
con la delicadeza de una nínfula en un salón de vidrio
para llegar a nada.

Las aves más felices
son las que no entran al bosque
y vuelan en sus lindes.



En Girona

bajo el arco voltaico del cielo catalán
ante la judería
dijiste que el amor
era volver una y otra vez a la misma historia
y repetir la magia
de la saliva limpia y perfumada a menta
sobre órganos viriles
en la conformación de un todo
que estructuraras tú
y que ella aceptaría a pesar de los años,
a pesar del invierno último
y las cenizas del gato ocultas bajo tierra en el jardín.
Y no viste el río
ni las casas coloridas
ni el instante
en que bajé mi mano por tu mano imaginaria
y te besé. Entonces
vi que estaba solo ante un vino blanco
y decadente como nuestra historia,
en un punto remoto de la frontera con Francia
a la caza de un pasado que no fue.




San Antonio

Por El Cabo andará
la sombra de su ardiente y desmedida hora:
una fila de luces contra el horizonte
—casi ya en Yucatán—
su sonrisa perfecta, dientes
que mordían mis plantas y mis dedos,
la poesía misma
recipiente de los días y noches de verano
en Las Tumbas
cuando nadie entraba ya a la playa
estrellada y nocturna
pasto de picúas y otros peces luminosos
la sinfonía atómica de su cuerpo perfecto
tan solo comparable a mi cuerpo de entonces.
Allá en lo alto
tal vez mundos helados
contengan su figura
que dispersan supernovas y eventos estelares
infinitos del amor que fue,
contra el petrolero griego hundido entre las rocas
cuando ni yo sabía qué pasaba
y el mundo eran los ojos de los cangrejos
y los tábanos contra su mano
en la ventana
de una guagua Girón.



Figueres

Llegan con sus dóciles almas
los días del verano a las higueras
y ese perfume abrupto
reduce la fiebre de los labios
y la aglomeración de palabras apenas susurradas
en la línea divisoria de las aguas,
el bagnasciuga como el horizonte
-palabras que no puedes traducir porque existen apenas-
sobre ese olor freático y continuo
sentido al destapar una conserva dulce
cuando hundes la cucharilla
en la carne mestiza del higo
y te deleita el sabor moreno de los brazos
tendidos sobre músculos perfectos
y tatuajes dedicados al sol
de una radiante higuera.



Cortina rompevientos

Conseguir un pase fue una empresa delicada
en aquel colegio antiguo que llamaron La Beca,
cerca de la frontera que marcaban los pinos
y el salvaje monte. Él urdía una trampa,
me empujó a escapar sobre la cerca
una noche de luna y olor de limones salvajes,
un pase -habría dicho- que conseguí por ti
antes de enredarme, maldito,
en aquellos hierbazales con insectos luminosos
y la mancha siniestra de una vaca,
antes de sacar sobre mis hombros
la camisa azul del uniforme y echarme a la represa
su energía planetaria perfecta y olorosa
a las frutas de entonces,
a guayabas y pasillos aéreos a la vuelta
en medio del silencio del pase falseado,
mira cómo se mecen allá lejos
los pinos de la cortina
en su eterno crepitar.






José Félix León (Pinar del Río, 1973). Poeta y narrador cubano, reside en Barcelona. Ha publicado, entre otros, los libros: Demencia del hijo (Ediciones Loynaz, 1994), Donde espera la trampa que un día pisó el ciervo (Ediciones Abril, 1996), Correos/ bosques intermedios (Ediciones Vigía, 1997), Patio interior con bosque (Ediciones Unión, 1999) y Palinodia (Ediciones Cauce 2008). Estos poemas pertenecen a un libro inédito.

Share this Post