Ezequiel Zaidenwerg: Un árbol habla sobre Orfeo

(Un poema de Denise Levertov)

Un árbol habla sobre Orfeo

Alba blanca. Quietud.              Cuando el murmullo comenzó

pensé que era una ráfaga de viento, que llegaba del mar a nuestro valle 

con rumores de sal, de horizontes sin árboles. Pero la blanca niebla

estaba quieta; las hojas de los otros permanecían extendidas,

inmóviles.

                        Sin embargo el murmullo se acercaba –y sentí

un cosquilleo atravesar mis ramas exteriores, casi como si 

hubieran encendido fuego debajo, demasiado cerca,

y hasta las ramas más pequeñas 

se secaran y fueran retorciéndose.

                                               Yo no estaba asustado,                                   

                                               sólo completamente alerta.

Fui el que lo vio primero,

porque me erguía en la ladera, detrás de los demás. 

Un hombre, parecía: dos

tallos en movimiento, el tronco breve, dos

ramas como brazos, flexibles, cada una con cinco

ramitas deshojadas en la punta,

y la cabeza coronada por un pasto marrón o a lo mejor dorado,

con una cara sin el pico de los pájaros,

más bien como la cara de una flor.

                                                           Cargaba algo

hecho con una rama, doblada cuando aún estaba verde,

con sarmientos trenzados y tensados a lo largo. De eso,

cuando lo tocaba, y de su voz,

que a diferencia de la voz del viento no necesitaba de

nuestras hojas y ramas para dar su sonido,

provenía el murmullo.

Pero no era ya un murmullo (él se había acercado

y detenido en mi primera sombra): era una ola que me empapó

como si un rápido chubasco 

surgiera desde abajo y desde los costados

en vez de desde arriba.

Y lo que yo sentía ya no era un cosquilleo seco:

            Me pareció que yo cantaba junto a él, y sentí que sabía 

lo que sabe la alondra; toda mi savia

buscaba el sol que ya se había levantado, la niebla estaba disipándose,

el pasto se secaba, y sin embargo mis raíces sentían que la música

las nutría debajo de la tierra.

            Él se acercó aun más, se recostó en mi tronco:

            la corteza tembló como una hoja que está a punto de abrirse.

¡Música! Cada una de mis ramas

                                               se estremeció de júbilo y temor.

Cuando empezó a cantar

la música dejó de ser sólo sonido:

hablaba, y yo escuché, como jamás escuchó antes un árbol,

y el lenguaje llegó hasta mis raíces,

se metió en mi corteza

                                               desde el aire,

y en los poros de mis brotes más tiernos

                                               con la delicadeza del rocío

y no había palabras en su canto, pero yo lo entendía.

            Cantaba sobre viajes,

                        de adónde van la luna y el sol mientras nosotros nos quedamos a oscuras,

de un viaje bajo tierra que soñaba emprender alguna vez,

más hondo aun que las raíces…

Cantaba de los sueños de los hombres, de guerras, de pasiones y de penas,

y yo, que soy un árbol, entendí las palabras. ¡Ay! Parecía que mi áspera corteza

iba a quebrarse como la del retoño que crece demasiado en primavera

y una helada tardía lo sorprende.

                                                           Cantaba sobre el fuego,

al que temen los árboles, y yo que soy un árbol, al calor de sus llamas me alegré.

Nuevos brotes nacieron de mí, aunque era ya verano.

            Su lira (ahora sé cómo le dicen)

parecía estar hecha a la vez de fuego y hielo, y sus cuerdas flamearon

hasta mi copa.

                        Yo volvía a ser semilla.

                                   Era un helecho en el pantano.

                                               Era carbón.

Y ahí en el corazón de mi madera

(tan cerca estaba de volverme hombre o dios) 

            había algo así como un silencio, como una enfermedad,

                        algo que se parece a eso que los hombres llaman aburrimiento,

                                                                                                                      algo

(el canto bajó un tono, como baja un arroyo sobre piedras)

            que enfriaría la llama de una vela, incluso mientras arde, dijo él.

Fue entonces,

                        cuando más claramente su fuerza me alcanzaba,

                                                           cambiándome, y creí que me desplomaría,

que el cantor comenzó 

a abandonarme.           Lentamente

se apartó de mi sombra corta del mediodía, y salió hacia la luz,

las palabras bailaban y saltaban encima de sus hombros y hacia mí,

            y los tonos fluviales de su lira lentamente se hacían

un murmullo

            de nuevo.

Y yo,

            aterrorizado,

            pero sin duda alguna

                                               de qué debía hacer

con angustia, apremiado,

                                               arranqué de la tierra una raíz tras otra,

el suelo retumbaba y se quebraba, el musgo se rompía por debajo,

y tras de mí los otros: mis hermanos,

a quienes desde el alba había olvidado. Ellos también lo habían

oído desde el bosque,

y dolorosamente arrancaban sus raíces

del suelo hecho de capas y capas de hojas muertas, 

removiendo las piedras, liberándose

                                   de sus profundidades.

Cualquiera esperaría que la lira y la voz 

dejaran de escucharse

en el fragor de la tormenta, pero no había tormenta

ni viento, solamente 

el aire que agitaban nuestras ramas y troncos al moverse.

           ¡Pero la música!

                                   La música llegó hasta nosotros.

Dificultosamente,

                                   tropezando con nuestras propias raíces,

con un crujir 

de hojas en respuesta,

nos pusimos a andar para seguirlo.

Todo el día estuvimos siguiéndolo, subimos y bajamos las colinas. 

                                                                                         Y aprendimos 

a bailar.

porque él se detenía donde el suelo era llano

                                y con su canto nos hacía saltar y dar vueltas

unos alrededor de otros, diseñando figuras al antojo de su lira.

Y él se reía hasta las lágrimas al vernos, de tan feliz que estaba.

                                                                                  Cuando cayó la tarde

llegamos a este sitio donde estamos ahora,  a esta lomada con su bosque añoso

que entonces era sólo pasto.

            Y con la última luz, entonó una canción de despedida.

            Aquietó nuestro anhelo.

            Con su canto volvió nuestras raíces resecas por el sol a la tierra,

           y les dio agua: una lluvia de música tan suave

                                                                       que casi no la oíamos

en medio de la noche sin luna.

Al alba, ya no estaba.

                                             Hemos estado aquí desde ese entonces,

en nuestra nueva vida.

                                   Seguimos esperándolo.

                                                           Pero él no ha vuelto aún.

Dicen que hizo su viaje debajo de la tierra, 

y que perdió lo que buscaba.

                                               Lo derribaron, dicen,

y cortaron sus miembros para usarlos de leña.

                                                                        Y dicen, además, 

que seguía cantando, cortada, su cabeza, y que cantando 

            por la corriente fue arrastrada al mar.

Tal vez ya no regrese.

                                  Pero siempre

recordamos lo que esa vez vivimos. 

                                               Vemos más.

                                                                       Y sentimos,

mientras vamos sumando más anillos,

algo que alarga nuestras ramas y ensancha nuestra copa más allá.

            Los pájaros y el viento,

                        no suenan peor que antes, sino más claramente:

nos hacer recordar nuestra agonía, y el modo en que bailamos.

Y la música.

(Traducido con Alejandro Crotto)

Ezequiel Zaidenwerg nació en Buenos Aires el 25 de marzo de 1981. Publicó los libros de poemas  Doxa (Vox, 2007); La lírica está muerta (Vox, 2011; Cástor y Pólux, 2017; Lyric Poetry Is Dead, en traducción de Robin Myers y con dibujos de Carmen Amengual: Cardboard House, 2018); Sinsentidos comunes, ilustrado por Raquel Cané (Bajo la luna, 2015); Bichos: Sonetos y comentarios, en colaboración con Mirta Rosenberg e ilustrado por Valentina Rebasa y Miguel Balaguer (Bajo la luna, 2017); y 50 estados: 13 poetas contemporáneos de Estados Unidos (Bajo la luna, 2018).Tradujo a Mark Strand, Ben Lerner, Anne Carson, Weldon Kees, Robin Myers, Joseph Brodsky, Mary Ruefle, Denise Levertov y Kay Ryan, entre otras y otros. Compiló y prologó la muestra de poesía argentina Penúltimos (UNAM, 2014). Desde 2005, administra el sitio zaidenwerg.com, dedicado a la traducción de poesía.

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